domingo 26 de abril de 2009

El precio de la fama - Cuentacuentos 51

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Encontró entonces en ellas una esperanza milagrosa. Llamó al carcelero para pedirle cuadernos y bolígrafos con los que escribir. En mitad de la portezuela de hierro se abrió un pequeño orificio a la altura del suelo, por donde pasaron unas cuantas libretas y un paquete de bolígrafos. El carcelero le recordó que disponía de cuarenta y ocho horas para acabarla.

Miguel intentó deducir el tiempo que le iba quedando a medida que escribía, a tanto por página y según la sombra que producía la claridad que penetraba por los barrotes. Debía escribir con más rapidez, pues no llegaría al límite del tiempo exigido, perdiendo su vida en un intento absurdo por salvarse. Decidió agazaparse en el suelo, arrodillado y con los codos apoyados sobre el firme, sin dejar de pasar hojas y hojas que iba llenando con la historia que iba creando a medida que pasaba el tiempo. Se daba un respiro cada cierto tiempo para agradecer a la musa la oportunidad brindada y poder intentar salir de esta.

El carcelero hizo resbalar un plato por el mismo orificio, pero Miguel no le prestó atención. Quería acabar con aquello cuanto antes y poder ser libre. Ya comería más tarde, de camino a su casa. En lugar de mirar el plato, vociferó al carcelero para pedirle un par de cuadernos más. Y así lo hizo. Y la noche pasó alígera dando paso a la nueva claridad. Para Miguel no fue un inconveniente escribir en completa oscuridad, ya que conocía a la perfección su oficio, sus medidas y su propia letra; como tantos miles de cuadernos como ésos había escrito a lo largo de su carrera. Escuchó ruidos matinales, coches pasando a muchos metros más abajo; incluso las risas y gritos de una comitiva de niños que debían dirigirse a la escuela por la acera pegada a su celda. Nada le importaba más que acabar la novela que le devolvería su vida.

El día transcurrió igual que el anterior: agazapado, sin dormir, con un agudo dolor lumbar que le impedía imaginar ponerse en pie. Sus rodillas huesudas inmunes al dolor y sus codos pelados y escocidos de hacerlos resbalar sobre la gravilla del suelo en cada párrafo que avanzaba. Las tripas le avisaron que debía alimentarse y su mente, y sus ganas de supervivencia, le alentaban a disgregar el hambre de la necesidad. Los platos se acumulaban a su lado sin prestarles ni un mínimo vistazo; ni olisquearlos para no perder concentración. Le faltaba poco ya. Un par de capítulos más para realizar con satisfacción el final de la trama y sería igual de libre que su protagonista. Pero ese final, como casi todos, le resultaba peliagudo a esclarecer. Y las horas pasaron muertas entre dolores de espalda, rugidos estomacales y divagaciones rocambolescas en su mente, entremezclando el final de la historia con el final que le esperaba a él si, en cuestión de un par de horas, a lo mínimo, no acababa la novela para el cautivador.

Una luz iluminó sus ideas cuando escuchaba ruidos por lo que debía ser el pasillo que conducía a su celda. Miró los platos y luego a la puerta. No sentía dolor de ningún tipo en esos momentos. Tan solo quería escribir, lo más rápido posible antes de que los pasos que se acercaban se detuvieran frente al portón. Y así ocurrió.

El engranaje de la puerta chirrió estrepitosamente y una fuerte luz inundó el reducto donde Miguel continuaba arrodillado, escribiendo la última palabra y sonriendo bajo su mata de pelo grisácea. Giró la cabeza con la esperanza de poder entregar con éxito el manuscrito y obtener su libertad a cambio.

Una sombra lánguida, esbelta y de buenos andares atravesó el umbral de luz. Un hombre bien vestido, con el pelo engalanado hacia atrás y un lujoso bastón en una de sus manos, se acercó al reo y recogió las seis libretas escritas. Las fue hojeando lentamente mientras el carcelero penetraba en la celda. Cuando el hombre engalanado hubo terminado su revisión, entregó las libretas al carcelero y se apoyó en el bastón de mango nacarado.

-Muy bien, Miguel –dijo con una voz melosa y afeminada -. Me gusta el final. Me gusta el principio y, conociéndote, seguro que es igual de buena que todas las que has presentado a concursos. Necesitas un descanso.

El lánguido afeminado abandonó la celda para dejar paso al carcelero. Miguel intentó incorporarse, pese al dolor que le provocaba su cuerpo. Tardó un tiempo en notar el otro dolor que le libraría de este mundo asquerosamente terrenal y materialista.

viernes 3 de abril de 2009

Mensajes - Cuentacuentos 50

-Yo sólo quería un café y, ¿ahora resulta que su destino está en mis manos?

En el bar, el murmullo de la gente repartida por todo el local ensordecía las palabras de Marcos. Pedro lo miraba sonriendo mientras sorbía el contenido de su tercera taza de café.

-Quizá sea una broma, Marcos. ¿Estás seguro que no la conoces de nada?

-¡Que no, tío! –contestó exaltado -. ¡Que no la he visto en mi vida!

-Qué raro… No sé… Puede que hoy no sea tu día de suerte.

-¡Encima!

-Pero tranquilo… ¿qué dices que te ha escrito?

Marcos le pasó unos papeles doblados por debajo de la mesa. El amigo los mantuvo escondidos, haciendo el esfuerzo de distinguir las letras a esa distancia.

-Están por orden –señaló Marcos -, según me los ha ido dejando.

Y en efecto seguían ese orden: “No sé quién eres, pero sólo con verte entrar me has causado muy buena impresión. Espero no ser muy atrevida.”

-Bueno… -comentó Pedro -. La chica parece simpática, ¿no?

-¡Lee, coño!

-Voy, voy…

El segundo era algo más precipitado: “Desearía poder quedar contigo cuando acabe con mi turno. ¿A las diez va bien? Pídeme otro café para decirme si es que sí.”

-Y se lo has pedido, ¿no?

-¡Claro! Pensé que no era más que una broma.

-Piensas demasiado.

El tercero iba más directo: “Al menos podías haberme dicho algo cuando me he acercado a traerte el café. Tu sonrisa burlona me ha hecho sentir violenta. ¿Qué es lo que quieres?”

-Joder…

-¿Sólo se te ocurre eso? –dijo Marcos, obstinado -. ¿Joder?

-Es que a esta muchacha se le va un poco la pinza.

Marcos se dejó caer contra el respaldo, cerrando los ojos a la vez que se frotaba las sienes. Pedro dedicó un último vistazo para leer el cuarto y último de los mensajes: “Ni siquiera te dignas a girarte para verme. Eres un estúpido como todos los demás. Te odio.”

-Qué fuerte, qué fuerte… ¡qué fuerte! –Pedro alzó la taza a modo de brindis -. Eres un campeón, colega. ¿Cómo lo haces?

-¿Cómo hago el qué?

-Ligar así de simple. Además, parece que has causado un flechazo tremendo.

-Poca broma, capullo. Que bastante mal me siento. Calla, calla. Que se acerca de nuevo.

Los chicos miraron hacia el lado opuesto del que se acercaba una joven muy bella, con el rostro compungido y agazapado. Su pelo negro ocultaba parcialmente una cara de muñeca rusa con mirada perdida. Como la mirada de las mudas muñecas de porcelana que cubrían el lecho donde una abuela cualquiera expiró con su último halo. La joven avanzaba entre la multitud bochornosa deslizándose con suavidad, ingrávida, flotante. Daba la impresión que sus pies no rozaran el suelo sucio que a la clientela universitaria gustaba corromper con la suciedad de sus desechos y las colillas de su futuro cáncer pulmonar. Se acercó a la mesa de los muchachos y esperó allí unos segundos. Para Marcos fueron horas. Finalmente dejó caer el quinto papel doblado sobre la falda del joven que no la miraba, que la ignoraba por temor a reprocharse a él mismo algo más sucio que el suelo pisoteado por pies de estudiantes y cabezas de gambas, succionadas y luego arrojadas a la suerte de ser aplastadas. Giró sobre su cuerpo impávido y solemne y desapareció por el pasillo que separaba la barra de los aseos. Marcos cogió el papel. El pulso hacía que temblara y no lograra alcanzar a coger la punta con los dedos. Estaba nervioso. Al fin logró apresar la esquina con fuerza y, justo antes de abrir el mensaje y descubrir que en aquél preciso instante prefería estar bajo tierra, miró a Pedro buscando su aceptación. Pedro bajó y alzó la cabeza muy lentamente, mirando a ambos lados en busca de esos ojos que siempre vigilan lo que no deben. Marcos abrió por fin el papel y leyó el mensaje con pavor: “Pensaba que contigo podría escapar del tormento que he conocido con los de tu calaña. No eres más que un ladrón de ilusiones que rompes el corazón a personas débiles y frágiles como yo. No te molestaré nunca más. Lo juro. Voy a poner fin a esto ahora para librarnos a los dos del lastre de nuestros sentimientos incompatibles.”

-¡Esta tía está loca! –gritó al amigo mientras le lanzaba el trozo de papel. Pedro leyó las mismas palabras y su rostro se ensombreció gradualmente.

En el bar, la gente seguía igual de impasible que los minutos anteriores, las horas anteriores. Pero a Marcos le pareció que había ojos que le miraban, ojos que le denunciaban y le acusaban de lo que estaba a punto de ocurrir en el fondo de aquel pasillo que se adentraba en la penumbra que nadie se atreve a iluminar. Marcos se levantó con un espasmo y salió disparado hacia esa zona oscura. Pedro se colocó a su espalda para darle confianza y apoyo. Al final del pasillo llegaron a una puerta metálica cerrada. Marcos apoyó su mano en ella para escuchar qué ocurría detrás. Notó el frío del hierro y sintió que tras esa puerta había algo más frío, y dolido. Y silencioso. No se escuchaba nada más que las vibraciones del hierro que hacía rebotar el murmullo del gentío inalterable. Agarró el pomo con fuerza, respiró hondamente y entró a su suerte, rezando para que nada hubiera ocurrido en el tiempo perdido de su decisión. Tras la puerta había una oscuridad más negra aún. Dio un paso al frente. Dio un segundo paso. Y entonces notó el ruido metálico, el estallido del fogonazo que impactó sobre sus ojos y escuchó algo que le dejó más helado que el propio hierro que acababa de cruzar:

-¡Felicidades! –gritaron todos sus amigos al unísono. Y entonces vio a la chica del pelo negro cómo se acercaba con una taza más de café en sus manos; sonriente y sonrojada.

Tras él, Pedro se aguantaba la risa.

lunes 30 de marzo de 2009

El sonido del silencio I - Cuentacuentos 49

Cuando ya no supiéramos de qué hablar, nos acurrucaríamos en un rincón a dormir abrazados. Hablaríamos entonces con miradas melancólicas, intentando descifrar el pensamiento del otro. Ya no valdrían gran cosa las caricias en la mejilla, ni entrelazar los dedos entre el pelo. No serviría de nada el contacto de los labios para notar el frío de la piel. Callaríamos como callan los cobardes que tienen tanto que decir y tan poco que protestar. Esconderíamos la cabeza entre los brazos, ajenos ya a la ternura del principio, olvidando lo que ocurre fuera de las cuatro paredes; más allá de la falsa burbuja que hemos creado para aislarnos del mundo. Tú verías el temor en mi mirada. Yo adivinaría la humedad de la lágrima que desciende por tu mejilla, y no haría nada por frenar el surco que gravaría en tu piel.

Cuando ya no supiéramos de qué hablar, quedaríamos mudos ante el horror que nos espera en el exterior. Esperándonos. Acechándonos. Pero no. Hemos creado esa maldita falsa burbuja que, pensamos, nos va a ayudar. Y cuando escuchemos el silbido acercándose, te diré entonces, susurrándote, un te quiero; antes que el estruendo de la explosión nos separe del todo para siempre.

martes 3 de febrero de 2009

La última luna - Cuentacuentos 48

La luna estaba zurcida al techo ennegrecido, haciendo de él un cielo tenebroso. Las nubes ocultaban parcialmente el resplandor blanco, difuminando su contorno bizarro. Y el sonido del oleaje lejano se dejaba escuchar sosegado, batiéndose contra las rocas del mismo color azabache del cielo. Más lejano que el rompeolas eran los destellos plateados del agua fría en penumbra. El olor a salitre marino, un olor agudo y denso, que penetraba hasta el recoveco más profundo de mis pulmones, me mostraba su aroma más tétrico y mortuorio; haciéndome pensar en todos esos cuerpos engullidos en sus profundidades, compadeciéndome de ellos y de sus últimos halos acuosos. Y eso me hace temblar por dentro.

Esta es la última noche que podré disfrutar de su calma compañía. La última vez que la luna, escondida ahora tras un velo grisáceo, me reflejará con su luz mágica y enternecedora el rostro que tantos años hace que no me devuelve un espejo limpio y franco. Y las horas muertas continúan pasando, esta noche más vivas que nunca. Confesándome a cada segundo que ha pasado uno más, o me queda uno menos. Y así desde que cayó el ocaso, hace ya no sé cuántas horas.

Un leve, muy leve, resplandor asoma por la parte oriental. Ese es el fulgor que detestaba recibir hoy. Poco a poco se alza tímidamente sobre el horizonte invisible, dejando ver su llegada con una caricia rojiza sobre el océano que se extiende frente a mí. La mar está roja. La mar está ensangrentada, rememorando la sangre que ha absorbido a lo largo de su vida. Pero es la primera vez que veo ese rojo intenso. Quizá porque me está esperando. Me da la bienvenida. Me llama. Me desea… y los pasos, seguidos por el sonido del resorte y el crujir de las bisagras, me avisan que ya es la hora de reunirme con ella.

–Es la hora –me anuncia su lacayo, alzando los grilletes.

Y mientras me maniata con las toscas arandelas, miro atrás, a través de los barrotes.

–Ya voy, amada mía –susurro hacia mi mar querida–. Pronto seré tuyo por siempre.

martes 20 de enero de 2009

20-01-1959 - Cuentacuentos 47

–Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo.

–¿Por qué dices eso?

–Porque es así, cariño –dijo, agachando la cabeza para concentrarse en la carta que estaba escribiendo–. Porque es así…

–No te entiendo.

–No hay nada que entender.

–Pero siempre has estado a nuestro lado. Siempre has pensado en los que te rodean. ¿A qué viene esa conclusión tan precaria?

–¿Otra vez? –dijo mirándola por encima de las gafas–. Pues porque es así, y ya está.

–Claro. Ya me explicarás cuándo decidiste pensar en ti mismo. Porque habrán pasado muchos años, ¿no crees?

–Pues sí, cariño. Mañana hará cincuenta años y unos pocos meses.

–¿Mañana?

–Sí, mañana. Es nuestro aniversario de bodas, ¿olvidaste?

–¡Claro que no! –contestó enojada–. ¿Cómo voy a olvidarme? Son nuestras bodas de oro. Mañana hace cincuenta años que me casé contigo. Y firmaría cincuenta más si pudiese. Pero continúo sin entender a qué viene tu comentario. ¿Cómo que “unos pocos meses”?

–Porque hay algo que nunca te he explicado.

–¿Y vas a hacerlo ahora?

–Verás… Ya sabes cómo me había tratado la vida antes de conocernos, ¿no?

–Claro. Bastante mal, según contaste.

–Pues bien. Pocos meses antes de casarnos, yo no te conocía más que de verte caminar por el barrio, portando la lechera metálica que cada mañana ibas a rellenar a casa del Matías. Sabía quién eras, pero sólo de oídas. El mismo día que me despidieron, volví a casa para continuar escribiendo. Creía tanto en aquella novela que me daba igual tener trabajo que no tenerlo. Pero me hacían falta fondos para subsistir. Y sabiendo quién eras, y la fortuna que disponía tu familia, accedí a ofrecerte mi amor eterno por un simple cambio.

–Pero…

–Así es, querida. Pero no es todo. Deja que continúe –se colocó bien las gafas y prosiguió hablando sosegadamente–. Nunca te he engañado, lo sabes bien. Y ya sé que no es nada romántico lo que te estoy explicando. Pero fue así, tal y como te cuento. Gracias a ti, y a tu callada ayuda económica, logré publicar la novela que nos hizo más ricos de lo que eras tú entonces. A partir de ahí todo salió rodado. Necesitaba ese empujón para poder vivir de mi sueño y tú me lo prestaste a modo de amor ciego. Y te lo he agradecido durante cincuenta años. Dándote una vida plena y enriquecida; dándote también dos hijos preciosos a los que hemos sabido criar con buen ejemplo y temple. Nunca nos ha faltado de nada, ni hemos pasado por malos momentos. ¿Cierto?

–Sí… –contestó abatida.

–Y gracias también a tu deseo de ser una buena ama de casa, he tenido todo el tiempo del mundo para poder continuar escribiendo y publicando todas las novelas que nos han permitido vivir esta vida llena de confort y bonanza. Nunca he tenido queja de ti, y te lo he agradecido como mejor he sabido hacer. Siempre me has cuidado y mimado como jamás nadie lo había hecho hasta entonces. Fue por eso, por verte feliz, por lo que nunca te había explicado nada de esto. Pero estoy cansado ya de guardar este feo secreto, que me lleva carcomiendo desde hace tanto tiempo… ¿entiendes ahora?

–No sé qué decir… Me has dejado entristecida.

–Lo siento, cariño. Pero debía hacerlo.

–¿Y ahora qué?

–Ahora desearía quedarme un momento a solas mientras acabo de escribir esta carta. ¿Podrías prepararme un café bien calentito? Luego, si quieres, te explicaré el final de esta historia.

La anciana se levantó del butacón, perpleja. Se acercó a su marido y le dio un ligero beso en la frente. Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Su confusa cabeza retrocedió las imágenes de cincuenta años atrás, mientras descendía las escaleras lentamente. Al llegar al primer rellano escuchó un estallido procedente del piso de arriba. Se llevó las manos a la boca hasta que el eco del disparo desapareció de la estancia. Luego, inmóvil, notó como sus ojos temblaban y dejaban escapar unas lágrimas confusas; tan confusas como lo era ahora toda su vida pasada.

lunes 19 de enero de 2009

Uña y Carne - Cuentacuentos 46

Tengo un amigo escritor al que le gusta llevar la contra en muchas ocasiones. Aunque a veces gana él, a veces gano yo. Es una especie de rifirrafe que llevamos desde hace muchísimos años; y que aún hoy en día seguimos disputándonos.

Mi amigo escritor le gusta sentarse a crear novelas de misterio y suspense. Son los dos géneros con los que más disfruta. Cuando escucho que llega con prisas, se apodera de la silla y enciende el editor de textos; y huelo su café siempre humeante; y se enciende el primer cigarrillo para acabar de abrir su mente, buscando ideas para atacar esa hoja en blanco, o ese capítulo que tiene a medio hacer y que yo nunca le dejo terminar como él desea. Me divierto con él, y viceversa; supongo.

Cuando consigue retomar el hilo de la historia es cuando entro yo en escena y le digo que no, que por ahí van mal los tiros; que podría hacerse de esa otra manera. Y él que borra lo que escribe y teclea lo que yo le comento; a regañadientes.

–¿Pero qué no lo ves? –le digo–. ¿No sería mejor hacerlo ir por el otro lado?

–¿Pero qué puedo hacer salir por el otro lado que quede bien ahí?

–Pues el sospechoso de los dos capítulos anteriores. Ese bajito, calvo y tartamudo. ¿No podría él tener algo que ver?

Y mi amigo el escritor que se enciende otro cigarro y piensa si es buena idea o no, lo que le he comentado. Él sabe que esa historia está inventada ya en su cabeza; y que entre los dos la hemos hecho cuajar con suavidad. Pero se empeña en hacer las cosas a su manera sin escuchar la experiencia de quien sí sabe cómo conducirla. Y al fin cede su rebeldía y hace caso a la voz amiga.
Somos como uña y carne, pese a los malentendidos que llevamos a diario. Y los dos formamos parte de algo que nace a raíz de nuestro esfuerzo.

Él, mi amigo, es el que escribe la historia; y yo, su fiel compañero, soy quien la narro.

martes 13 de enero de 2009

Eterno - Cuentacuentos 45

–Una tras otra, las flores se fueron marchitando con el suave roce de mis dedos. ¿Ves? La condena no ha cesado. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, pese a los siglos, la costumbre se me hace extraña. El tiempo logró devorarme por completo aun dejándome vivo para verlo. Es así. No hay más. Pero no me tengas miedo. Pasa, ven; siéntate a mi lado y disfruta de poder estar junto una vida increíblemente abnegada.

»Aquí donde me ves, no tengo edad. No recuerdo el día que nací; aunque hace tanto… que dudo que nadie jamás lo supiera con exactitud. Mis ojos lo han visto todo, y lo verán por fortuna o desgracia. Podría hablarte de las mil y una cosas in-imaginarias para una mente como la tuya; para un cuerpo como el tuyo que tan solo ha sobrevivido unos pocos años. Tampoco recuerdo experimentar algún tipo de sentimiento por nada ni por nadie; ni siquiera he logrado saber qué es el sufrimiento humano del que tanto prodigan los libros que he ido leyendo a lo largo de mi eternidad. Soy inmune a todo. Porque soy eterno. Y en este mundo, en tu mundo, sólo hay tres seres eternos: Dios, el Diablo y Yo. Pero Yo soy real, como puedes comprobar. Aquí no hay Dios que te ampare ni Diablo que te dañe; pero Yo sí estoy a tu lado. Puedo rozarte con mis dedos sin marchitar tu hermosa belleza. Y hablarte, escucharte; oler tu fragancia de doncella y ver esos labios carnosos pidiendo deseosamente que sean mojados. Dame tu mano. ¿Lo notas? ¿Notas el frío de mis manos? ¿De mi cara? ¿De mi cuerpo? ¿Percibes algún latido bajo este torso helado? No… claro que no. Mi corazón se paró el mismo día que dejé la mortalidad para volverme eterno como las rocas. Eso es: mi corazón se convirtió en roca en ese maldito momento. Y nadie ha conseguido jamás hacerlo latir de nuevo. Tampoco serás tú quien lo haga palpitar ahora.

»No puedo ofrecerte mi amor; menos mi corazón. Lo único que está en mis manos es hacer que me acompañes a lo largo de una vida sin fin, y hacer que conozcas aquello que nadie será capaz de conocer jamás. La decisión debe salir de tus labios.

–¿Cómo lograrás hacerlo?

–Con un ínfimo y casi imperceptible beso en tu cuello.