Miguel intentó deducir el tiempo que le iba quedando a medida que escribía, a tanto por página y según la sombra que producía la claridad que penetraba por los barrotes. Debía escribir con más rapidez, pues no llegaría al límite del tiempo exigido, perdiendo su vida en un intento absurdo por salvarse. Decidió agazaparse en el suelo, arrodillado y con los codos apoyados sobre el firme, sin dejar de pasar hojas y hojas que iba llenando con la historia que iba creando a medida que pasaba el tiempo. Se daba un respiro cada cierto tiempo para agradecer a la musa la oportunidad brindada y poder intentar salir de esta.
El carcelero hizo resbalar un plato por el mismo orificio, pero Miguel no le prestó atención. Quería acabar con aquello cuanto antes y poder ser libre. Ya comería más tarde, de camino a su casa. En lugar de mirar el plato, vociferó al carcelero para pedirle un par de cuadernos más. Y así lo hizo. Y la noche pasó alígera dando paso a la nueva claridad. Para Miguel no fue un inconveniente escribir en completa oscuridad, ya que conocía a la perfección su oficio, sus medidas y su propia letra; como tantos miles de cuadernos como ésos había escrito a lo largo de su carrera. Escuchó ruidos matinales, coches pasando a muchos metros más abajo; incluso las risas y gritos de una comitiva de niños que debían dirigirse a la escuela por la acera pegada a su celda. Nada le importaba más que acabar la novela que le devolvería su vida.
El día transcurrió igual que el anterior: agazapado, sin dormir, con un agudo dolor lumbar que le impedía imaginar ponerse en pie. Sus rodillas huesudas inmunes al dolor y sus codos pelados y escocidos de hacerlos resbalar sobre la gravilla del suelo en cada párrafo que avanzaba. Las tripas le avisaron que debía alimentarse y su mente, y sus ganas de supervivencia, le alentaban a disgregar el hambre de la necesidad. Los platos se acumulaban a su lado sin prestarles ni un mínimo vistazo; ni olisquearlos para no perder concentración. Le faltaba poco ya. Un par de capítulos más para realizar con satisfacción el final de la trama y sería igual de libre que su protagonista. Pero ese final, como casi todos, le resultaba peliagudo a esclarecer. Y las horas pasaron muertas entre dolores de espalda, rugidos estomacales y divagaciones rocambolescas en su mente, entremezclando el final de la historia con el final que le esperaba a él si, en cuestión de un par de horas, a lo mínimo, no acababa la novela para el cautivador.
Una luz iluminó sus ideas cuando escuchaba ruidos por lo que debía ser el pasillo que conducía a su celda. Miró los platos y luego a la puerta. No sentía dolor de ningún tipo en esos momentos. Tan solo quería escribir, lo más rápido posible antes de que los pasos que se acercaban se detuvieran frente al portón. Y así ocurrió.
El engranaje de la puerta chirrió estrepitosamente y una fuerte luz inundó el reducto donde Miguel continuaba arrodillado, escribiendo la última palabra y sonriendo bajo su mata de pelo grisácea. Giró la cabeza con la esperanza de poder entregar con éxito el manuscrito y obtener su libertad a cambio.
Una sombra lánguida, esbelta y de buenos andares atravesó el umbral de luz. Un hombre bien vestido, con el pelo engalanado hacia atrás y un lujoso bastón en una de sus manos, se acercó al reo y recogió las seis libretas escritas. Las fue hojeando lentamente mientras el carcelero penetraba en la celda. Cuando el hombre engalanado hubo terminado su revisión, entregó las libretas al carcelero y se apoyó en el bastón de mango nacarado.
-Muy bien, Miguel –dijo con una voz melosa y afeminada -. Me gusta el final. Me gusta el principio y, conociéndote, seguro que es igual de buena que todas las que has presentado a concursos. Necesitas un descanso.
El lánguido afeminado abandonó la celda para dejar paso al carcelero. Miguel intentó incorporarse, pese al dolor que le provocaba su cuerpo. Tardó un tiempo en notar el otro dolor que le libraría de este mundo asquerosamente terrenal y materialista.



