lunes 8 de febrero de 2010

Sigue el juego - Cuentacuentos 54

-Cuando te vi supe que no ibas a darme problemas –le susurré al oído mientras limpiaba la hoja ensangrentada en su asquerosa camiseta gótica -. Ahora duerme tranquilo.

Abandoné el lugar bordeando ese local pervertidor de juventud. Al volver a pasar por delante de la puerta de entrada me encontré de nuevo con los dos porteros. Les hice una leve inclinación de cabeza, a modo de despedida. Cuando me disponía a atravesar la carretera, uno de ellos, el de la cara más angulosa y la cabeza rapada, me lanzó un grito:

-¡Eh, tú!

Ya estamos… los dos niñatos han dado el aviso y éstos quieren acabar la noche en una nevera inoxidable y un cartelito colgando del dedo del pie. Me giro lentamente hacia mi derecha, ocultándome la mano a su vista mientras empuñaba una vez más el pesado cuchillo. Hoy vas a hacer extras, le digo a “mi pequeño”. Miro fijamente al calvo afilado y veo que no se mueve.

-¿Sí? –pregunto, para ver cómo reacciona.

-Bonita moto, ¿eh? –dice sonriendo -. ¡Anda que no debes fardar con ella!

-Sí… -serás hijo de puta… -. Es una buena moto, sí.

-¿Y te vas solo? ¡A una moto como esa le hace falta una tía despampanante!

-No ha sido mi noche de suerte –le contesto y empiezo a cruzar la carretera -. Esto está muerto hoy.

Y dejo a los dos chimpancés blancos riéndose y frotándose las manos. Arranco la moto y desaparezco de ese asqueroso pueblo, con un habitante menos.



Misión cumplida, por ahora. Al menos tengo en mi poder ese maldito sobre, que intentaré utilizar como moneda de cambio para poder averiguar quién es mi misterioso cliente. El viaje será largo. Madrid. 535 kilómetros me separan de la próxima reunión. Quizá allí encuentre mi objetivo y logre matar dos pájaros de un tiro. Y, aunque la curiosidad me apremia, me corroe por dentro, es tarde y debo descansar.

Otro golpe de muñeca y enfilo la costa hasta Sitges.



-¡Vaya! -dice sorprendida -. ¿Conseguiste lo que buscabas?

-Sí. No fue demasiado dificil.

-Entonces... ¿qué tal si tomamos el café que prometiste antes de irte? Ya sé que es muy tarde y debes estar cansado, pero seguramente que seas la única persona no bebida que sigue despierta, y un poco de charla me aliviaría la noche.

Marina es una belleza de 27 años que desperdicia las noches del fin de semana trabajando en este agujero, y todo para poder costearse los estudios. Te invitaría a venirte conmigo, preciosa. Pero acabaríamos muertos los dos.

-Ves preparando ese café -le digo -. voy a ponerme algo más cómodo.

Al bajar de la habitación huelo el aroma del café, que se desprende desde la habitación contigua a la recepción. Allí está Marina, sentada en un mullido sillón y esperando mi compañía.

-Mira -me dice mientras sirve el café -. eres un tipo un poco extraño, ¿sabes? Apareces aquí desde no sé donde, y en moto. Apenas llegas, dejas tus cosas y preguntas por ese pueblo de mala muerte, a medianoche. Y antes de irte me prometes un café. Eres simpático y reservado. Quizá eso me atrae de ti. Y no creas que soy de labia fácil para decirte estas cosas, pero... tú no serás traficante de drogas, ¿no?

Mi media sonrisa casi la convence de que así es. Pero no creo que quede convencida.

-Y si lo fuera... ¿llamarías a la policía?

-¡No! -exclama sonriendo -. La verdad es que me da igual si eres un camello, un poli, o todo lo contrario. Esto es Sitges, guapo. Y aquí te acostumbras a ver y a conocer de todo.

Parece una chica maja.

Vamos a probar.

-Verás... soy un busca-personas.

-¿En serio? -pregunta con una carcajada -. ¿Y eso de qué va?

-Me piden que busque a alguien por algo, lo consigo y lo hago desaparecer.

Mi rostro, serio al desvelar mi secreto, hace que crea cada palabra que acabo de pronunciar. No se inmuta ni se mueve. Me mira fíjamente a los ojos sin pestañear. Sabe que es verdad.

-Pero no te preocupes -prosigo -. No entras dentro de mi misión. Es más, ya me has ayudado bastante indicándome como llegar a ese pueblo.

-Yo...

-No te sientas culpable.

-¿Antes me has dicho que has encontrado lo que buscabas?

Asiento con la cabeza.

-Eso quiere decir que...

Vuelvo a asentir con la cabeza.

-Dios...

-No metas a Él en esto, que ya hizo bastante.

-¿Y ahora?

-Ahora nos tomaremos el café con tranquilidad, charlaremos todo lo que haga falta y me iré a descansar. Mañana tengo un largo camino hasta Madrid y no quisiera quedarme dormido sobre la moto. Cuando me vaya, nos daremos un par de besos y, si quieres, incluso puede que vuelva a visitarte.

-¿Y si mientras duermes aviso a la policía?

-No lo harás.

Marina se levanta como un resorte al escuchar las campanillas de la puerta de entrada. Me mira fijamente y coloca un dedo sobre sus labios. Desaparece tras el marco.

Un minuto de silencio que se posterga hasta un segundo, y un tercero.

De pronto vuelve a aparecer frente a mí con un pequeño paquete entre sus manos.

-¿Hanibal Thuris?

Le confirmo que soy yo.

-Esto es para ti.

En el paquete había escrito mi nombre.

En el reverso: “SDLH”.

Miro a Marina y pienso: el juego no ha acabado.

martes 26 de enero de 2010

Fear of the Dark - Cuentacuentos 53

Conduje por la costa a lomos de mi Harley, pensativo, mientras la brisa dulce y cálida que fluye sobre el Mediterráneo se amoldaba a los surcos de mi rostro. Una bonita postal veraniega: las curvas del acantilado, el mar apacible y brillante, y el sol que se desdibujaba lentamente entre el suave oleaje, esforzándose por no dar paso a la noche.

Faltaba poco para llegar a mi destino. Un par de poblaciones más hacia el Sur y se iniciará la misión que me ha sido encargada. Todo será cuestión de aparcar la moto, abrir el sobre y localizar el objetivo. Parece tarea fácil. El Vendrell no es un pueblo tan grande para lograr esconderse de mí, así que no creo que haya ningún problema.

Pienso una vez más y sonrío. Qué gracia, ¿no? Hubo un tiempo en que estuve al otro lado. Recuerdo cuando me dieron un sobre cargado de billetes por dar caza a un hombre extraño que se hacía llamar “El Señor de las Historias”, el mismo hombre enigmático que ahora paga mis servicios. No sé por qué se ha decidido por mí si una vez ya fallé, y él lo sabe mejor que nadie. En fin… lo único que me pone nervioso es no haberle visto nunca el rostro; ni cuando tuve que liquidarlo ni ahora, prestándole servicio. Extraño, sí, pero quizá por eso aún sigue con vida.

Cae la noche. El reflejo de la luna se acuesta sobre una población más grande de lo que imaginaba. El faro de la moto me señala un gran letrero donde un violonchelista me da la bienvenida a su pueblo natal y la gran biblioteca pública se presenta en el último recodo de la zigzagueada carretera. El tramo que cruza la villa se extiende en una inacabable recta despoblada de vida humana, donde las farolas de luz anaranjada mortifican aún más el desolado paisaje de casas desvencijadas y vías de tren en desuso. No me gusta el escenario. Golpe de muñeca y rugido por el tubo de escape, y abandono a toda prisa ese iluminado cementerio de asfalto, dejando atrás el reverbero estruendoso de mi máquina americana.

Al final de esta maldita recta veo unas luces de colores. Parece un bar. Un buen trago no irá mal mientras estudio las instrucciones y demás contenido. A un lado y al otro de la carretera está plagado de coches. Aparcaré frente al local para poder controlar que ninguna persona que no valore su vida se atreva a rozarla. Sólo me llevo el sobre, la cartera, y el machete a buen recaudo bajo la gabardina, regalo de mi última víctima. Pobre desgraciado.

El local parece normal. “Rustic Arms”, reza el letrero gótico que gobierna la entrada, gobernada ésta, a su vez, por dos gorilas vestidos de negro con rasgos de ser primos lejanos del mismísimo Vlad Dracul.

Bonito local. Bonito ambiente. Oscuro, con la música bastante alta y una armadura medieval que me da la bienvenida. La pista de baile pequeña, lo justo para que se entremezclen las hormonas de los alcohólicos que danzan sin sentido con las que intentan bailar a ritmo sin que se les baje demasiado el escote, a tres centímetros del ombligo.

/All I ever wanted

All I ever needed

Is here in my arms

Words are very unnecessary

They can only do harm/

De la izquierda proviene una fuente de luz mayor y más clara. Es la barra. Un buen sitio para empezar el trabajo.

-¿Qué te pongo? –pregunta un joven con aire hermafrodita.

-Jack Daniel’s.

-¿Chupito?

-Vaso de tubo, y bien lleno.

El joven estrafalario hace ademán de servírmelo con hielo pero ve que mi rostro se lo niega frunciendo el ceño. Mientras lo sirve miro la información que contiene el sobre: una fotografía de un joven con el mismo rostro asexuado que el del camarero, y una nota redactada a ordenador. Una nota tan extraña como el propio Señor de las Historias, pidiendo que le sea devuelto “el sobre”. Comenta que es algo tan valioso que da por seguro que el objetivo lo llevará encima. “El sobre”, algo tan sumamente vulgar en otras circunstancias, y por lo que alguien debe morir esta noche. Noto una mano que me roza el hombro y me giro bruscamente.

-Su… su bebida, señor –susurra el camarero contrariado por mi reacción.

Al pagarle observo que el joven mira fijamente la cicatriz que cruza de arriba abajo el lado izquierdo de mi cara. Sus ojos intentan mostrar indiferencia, pero tiemblan. Puedo verlo.

-Accidente laboral –le comento mientras rozo el bulto que la empuñadura del machete que me marcó de por vida, y que asoma bajo el cuero negro de mi gabardina. Entonces le muestro un amago de sonrisa -. No te preocupes. Estoy acostumbrado a que me miren de esa forma.

-No, no… si yo no miraba…

-Por cierto –tendí la mano, y entre mis dedos la fotografía -. ¿Te resulta familiar este chico?

-¿Ese? –contestó entornando los ojos, mostrando que sí le conocía -. Es guapito, ¿no? Un tanto extraño y aburridísimo. Pertenece al club de lectura. Demasiado joven para mí, pero no conozco tus gustos.

Mis gustos, dice el desgraciado. Mis gustos no son culitos de jóvenes depilados ni cuerpos de niñas pintorreadas que gritan con solo verla. A mí me gusta más lo antiguo, lo seguro. Aquello que pagando lo disfrutas, sin preguntas ni un hasta luego, cariño.

-¿Dónde puedo encontrarle?

-Está allí al final –dijo señalando hacia la esquina opuesta, donde un punto de luz iluminaba unos grandes y rojos sillones orejeros que sobresalen por encima de las cabezas sin cerebro que se tambalean por la pista de baile -. Aquél es el punto de lectura, para los más aburridos. Me parece que pierdes el tiempo con él, grandullón.

-Te equivocas. Por cierto… ¿sabes cómo se llama?

-Aquí no nos conocemos por los nombres. Te diré que se hace llamar Hell. Aunque la fuerza del nombre no acompaña del todo al individuo. Si no ya lo verás.

-Iré a comprobarlo –le correspondí con un billete de cincuenta -. Gracias por la información. Y recuerda que a partir de ahora eres mi cómplice.

Abandono la barra, dejando al muchacho con una sonrisa por la propina y esperando que un rato más tarde, cuando acabe mi trabajo, no se sienta culpable por ello. Hell… un nombre corto y con fuerza. A mí me quedaría bien ese apodo. Hell: infierno… allí es donde voy a enviarle.

/Hey Satan, payin’ my dues

Playin’ in a rockin’ band

Hey momma, look at me,

I’m on my way to the Promised Land

Whoo!

I’m on the highway to Hell!

Highway to Hell!/

-¿Hell? –pregunto al chico de la foto que guardo en el bolsillo.

-¿Sí? –responde un ser esmirriado, pequeño y vestido de negro. Su voz es suave y amorfa, como todo él.

Pienso rápidamente que mi indumentaria está muy acorde con la del resto de parroquianos desquiciados y que eso lo mantiene tranquilo.

-Lo siento –prosigue él de repente -. Pero si buscas algo conmigo lo tienes claro. No soy de esos.

-No, no. Tranquilo. ¿Podemos hablar a solas un momento?

El chico/gato negro hace un gesto con la barbilla para que los otros dos contertulianos que le acompañan en la lectura desaparezcan por un instante. Sigo con la mirada el camino que toman y me percato que van a la barra a por algo. Eso está bien, cachorro de presa.

-Verás… me manda un amigo tuyo porque me ha dicho que le debes devolver algo que cogiste por equivocación –así, sin más. ¡Bang! Directo al grano. El chaval hace ademán de llamar la atención pero abro lo suficiente la gabardina para que la prominente y brillante hoja le haga cambiar de opinión -. Y vigila con chillar y arañar, que tengo un tremendo dolor de cabeza. ¿Salimos?

Agarro al chico del brazo y lo aproximo a mi cuerpo. Le doblo en altura y en anchura. Le doblo también la edad. Salimos fugazmente por la puerta de emergencia que da a un descampado cercano a las vías, lleno de sombras y matorrales. Seguramente que el que nos vea pensará que el niño se ha estrenado hoy. Lo lanzo al suelo, en la zona más oscura. Antes de que articule palabra alguna le lanzo un derechazo en toda la boca para que interprete lo que puede ocurrirle si no colabora.

-¿Y bien?

El mocoso extrae un sobre de debajo de su jersey. “El sobre”, pienso. El maldito y jodido sobre. Lo arranco de sus manos y lo observo detenidamente. Un sobre abultado, roñoso y pesado, que había estado lacrado para preservar su contenido a malditas sabandijas como la que está aplastando mi pie para que no escape. Saco lo que hay en su interior y quedo sorprendido al ver que no se trata más que de simples hojas, cientos, de diferentes colores y texturas, en las que hay escritas una sola frase en cada una de ellas.

-¿Se puede saber qué broma es esta? –grité con furia al sentirme engañado.

-No… es una… broma –contestó el muchacho entre sollozos -. Has… venido a por esto… las frases del Señor… de las Historias…

-¡Explícate!

-Son… las frases con las que cada… semana… cientos de personas escriben una historia… que después recoge él en un gran libro…

Maldita sea mi suerte, me digo tragando con asco.

-¿Por qué las robaste?

-Porque… quería descubrir quién era él… y pensé… que aquí dentro hallaría lo que estaba buscando.

-Te equivocaste, pequeño… -susurré, pensando en la vez que yo también me equivoqué al creer que podía dar con él.

-Lo… lo siento… -gimió entre lágrimas, haciendo un intento de avanzar hacia la luz. La luna corta con su haz la distancia que nos separa. Bonito cuadro. Estás en las sombras, chaval… pienso, ¿sientes temor a la oscuridad?

/I am the man who walks alone
And when I'm walking a dark road
At night or strolling through the park

When the light begins to change
I sometimes feel a little strange
A little anxious when it's dark

Fear of the dark, fear of the dark
I have constant fear that something's
always near
Fear of the dark, fear of the dark
I have a phobia that someone's
always there/

La cara del muchacho atemorizado se clava en mis retinas.

Está oscuro.

Está solo.

Esta vez no puedo volver a fallar.

Esta vez… de la hoja resbala una sangre que no es la mía.

martes 19 de enero de 2010

A pasado tanto tiempo... - Cuentacuentos 52

“Tú y yo nos conocemos, pero ha pasado mucho tiempo. Ha llegado la hora del reencuentro.”

La nota temblaba.

Su mano temblaba.

Igual que su brazo y el resto de su cuerpo.

-¿Quién puede ser? –preguntó su compañero, refiriéndose al mensaje.

-No lo sé, Marcos. No lo sé.

Y era cierto que Tarapiella no se imaginaba quién podía haber escrito esa extraña nota. La caligrafía era exquisita y perfecta, con trazos firmes y uniformes. Los mismos trazos que los encontrados en el cuerpo de la chica. Mírala de nuevo, Tarapiella, por mucho que te duela. Mira ese cuerpo que fue perfecto antes que tu conocido lo estropeara. Estaba en la flor de la vida, la pobre. Podría ser tu hija. O tu joven amante de fin de semana. Porque te gustan así, ¿no? Quizá es por eso que este cadáver te duele más que los dos anteriores: porque te gusta; porque te recuerda a algún revolcón con olor a juventud y bebida como obsequio, y el dinero de la mañana con el que la ayudaste a pagar algo de la universidad. ¿Recuerdas? Se parece tanto que el cuerpo te ha temblado al pensar que era ella. Sí… se parece mucho. Quizá tuviera los ojos verdes también. A saber dónde los habrá arrojado, el muy cerdo. El cerdo que te conoce. No te atreves a levantar la vista y mirarla fijamente a sus ojos vacíos, a sus cuencas profundas y ensangrentadas.

-¿En qué piensas, Tarapiella? –la voz de Marcos lo sacó del pensamiento.

-En nada –mintió, visualizando en su interior el polvo veinteañero -. Bueno, en una chica que conocí el invierno pasado.

-¿Y qué es de esa chica? ¿Se le parece mucho?

-Sí, muchísimo. Supongo que aún debe estar en la universidad.

-¿Una universitaria? –esbozó una sonrisa irónica -. Joder, Tarapiella, ¿le sacabas veinticinco años?

-Treinta. Y se acabó la conversación.

La puerta de la habitación se abrió estrepitosamente.

-¡Inspector! ¡Subcomisario! –gritaba el agente con resuello -. Han encontrado un cuarto cadáver a tres calles de aquí… con otra nota para usted, inspector Tarapiella.

Vaya mañana, Tarapiella.

Vaya lunes, comienzo de la semana…

Vaya 1 de enero…

domingo 26 de abril de 2009

El precio de la fama - Cuentacuentos 51

Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Encontró entonces en ellas una esperanza milagrosa. Llamó al carcelero para pedirle cuadernos y bolígrafos con los que escribir. En mitad de la portezuela de hierro se abrió un pequeño orificio a la altura del suelo, por donde pasaron unas cuantas libretas y un paquete de bolígrafos. El carcelero le recordó que disponía de cuarenta y ocho horas para acabarla.

Miguel intentó deducir el tiempo que le iba quedando a medida que escribía, a tanto por página y según la sombra que producía la claridad que penetraba por los barrotes. Debía escribir con más rapidez, pues no llegaría al límite del tiempo exigido, perdiendo su vida en un intento absurdo por salvarse. Decidió agazaparse en el suelo, arrodillado y con los codos apoyados sobre el firme, sin dejar de pasar hojas y hojas que iba llenando con la historia que iba creando a medida que pasaba el tiempo. Se daba un respiro cada cierto tiempo para agradecer a la musa la oportunidad brindada y poder intentar salir de esta.

El carcelero hizo resbalar un plato por el mismo orificio, pero Miguel no le prestó atención. Quería acabar con aquello cuanto antes y poder ser libre. Ya comería más tarde, de camino a su casa. En lugar de mirar el plato, vociferó al carcelero para pedirle un par de cuadernos más. Y así lo hizo. Y la noche pasó alígera dando paso a la nueva claridad. Para Miguel no fue un inconveniente escribir en completa oscuridad, ya que conocía a la perfección su oficio, sus medidas y su propia letra; como tantos miles de cuadernos como ésos había escrito a lo largo de su carrera. Escuchó ruidos matinales, coches pasando a muchos metros más abajo; incluso las risas y gritos de una comitiva de niños que debían dirigirse a la escuela por la acera pegada a su celda. Nada le importaba más que acabar la novela que le devolvería su vida.

El día transcurrió igual que el anterior: agazapado, sin dormir, con un agudo dolor lumbar que le impedía imaginar ponerse en pie. Sus rodillas huesudas inmunes al dolor y sus codos pelados y escocidos de hacerlos resbalar sobre la gravilla del suelo en cada párrafo que avanzaba. Las tripas le avisaron que debía alimentarse y su mente, y sus ganas de supervivencia, le alentaban a disgregar el hambre de la necesidad. Los platos se acumulaban a su lado sin prestarles ni un mínimo vistazo; ni olisquearlos para no perder concentración. Le faltaba poco ya. Un par de capítulos más para realizar con satisfacción el final de la trama y sería igual de libre que su protagonista. Pero ese final, como casi todos, le resultaba peliagudo a esclarecer. Y las horas pasaron muertas entre dolores de espalda, rugidos estomacales y divagaciones rocambolescas en su mente, entremezclando el final de la historia con el final que le esperaba a él si, en cuestión de un par de horas, a lo mínimo, no acababa la novela para el cautivador.

Una luz iluminó sus ideas cuando escuchaba ruidos por lo que debía ser el pasillo que conducía a su celda. Miró los platos y luego a la puerta. No sentía dolor de ningún tipo en esos momentos. Tan solo quería escribir, lo más rápido posible antes de que los pasos que se acercaban se detuvieran frente al portón. Y así ocurrió.

El engranaje de la puerta chirrió estrepitosamente y una fuerte luz inundó el reducto donde Miguel continuaba arrodillado, escribiendo la última palabra y sonriendo bajo su mata de pelo grisácea. Giró la cabeza con la esperanza de poder entregar con éxito el manuscrito y obtener su libertad a cambio.

Una sombra lánguida, esbelta y de buenos andares atravesó el umbral de luz. Un hombre bien vestido, con el pelo engalanado hacia atrás y un lujoso bastón en una de sus manos, se acercó al reo y recogió las seis libretas escritas. Las fue hojeando lentamente mientras el carcelero penetraba en la celda. Cuando el hombre engalanado hubo terminado su revisión, entregó las libretas al carcelero y se apoyó en el bastón de mango nacarado.

-Muy bien, Miguel –dijo con una voz melosa y afeminada -. Me gusta el final. Me gusta el principio y, conociéndote, seguro que es igual de buena que todas las que has presentado a concursos. Necesitas un descanso.

El lánguido afeminado abandonó la celda para dejar paso al carcelero. Miguel intentó incorporarse, pese al dolor que le provocaba su cuerpo. Tardó un tiempo en notar el otro dolor que le libraría de este mundo asquerosamente terrenal y materialista.

viernes 3 de abril de 2009

Mensajes - Cuentacuentos 50

-Yo sólo quería un café y, ¿ahora resulta que su destino está en mis manos?

En el bar, el murmullo de la gente repartida por todo el local ensordecía las palabras de Marcos. Pedro lo miraba sonriendo mientras sorbía el contenido de su tercera taza de café.

-Quizá sea una broma, Marcos. ¿Estás seguro que no la conoces de nada?

-¡Que no, tío! –contestó exaltado -. ¡Que no la he visto en mi vida!

-Qué raro… No sé… Puede que hoy no sea tu día de suerte.

-¡Encima!

-Pero tranquilo… ¿qué dices que te ha escrito?

Marcos le pasó unos papeles doblados por debajo de la mesa. El amigo los mantuvo escondidos, haciendo el esfuerzo de distinguir las letras a esa distancia.

-Están por orden –señaló Marcos -, según me los ha ido dejando.

Y en efecto seguían ese orden: “No sé quién eres, pero sólo con verte entrar me has causado muy buena impresión. Espero no ser muy atrevida.”

-Bueno… -comentó Pedro -. La chica parece simpática, ¿no?

-¡Lee, coño!

-Voy, voy…

El segundo era algo más precipitado: “Desearía poder quedar contigo cuando acabe con mi turno. ¿A las diez va bien? Pídeme otro café para decirme si es que sí.”

-Y se lo has pedido, ¿no?

-¡Claro! Pensé que no era más que una broma.

-Piensas demasiado.

El tercero iba más directo: “Al menos podías haberme dicho algo cuando me he acercado a traerte el café. Tu sonrisa burlona me ha hecho sentir violenta. ¿Qué es lo que quieres?”

-Joder…

-¿Sólo se te ocurre eso? –dijo Marcos, obstinado -. ¿Joder?

-Es que a esta muchacha se le va un poco la pinza.

Marcos se dejó caer contra el respaldo, cerrando los ojos a la vez que se frotaba las sienes. Pedro dedicó un último vistazo para leer el cuarto y último de los mensajes: “Ni siquiera te dignas a girarte para verme. Eres un estúpido como todos los demás. Te odio.”

-Qué fuerte, qué fuerte… ¡qué fuerte! –Pedro alzó la taza a modo de brindis -. Eres un campeón, colega. ¿Cómo lo haces?

-¿Cómo hago el qué?

-Ligar así de simple. Además, parece que has causado un flechazo tremendo.

-Poca broma, capullo. Que bastante mal me siento. Calla, calla. Que se acerca de nuevo.

Los chicos miraron hacia el lado opuesto del que se acercaba una joven muy bella, con el rostro compungido y agazapado. Su pelo negro ocultaba parcialmente una cara de muñeca rusa con mirada perdida. Como la mirada de las mudas muñecas de porcelana que cubrían el lecho donde una abuela cualquiera expiró con su último halo. La joven avanzaba entre la multitud bochornosa deslizándose con suavidad, ingrávida, flotante. Daba la impresión que sus pies no rozaran el suelo sucio que a la clientela universitaria gustaba corromper con la suciedad de sus desechos y las colillas de su futuro cáncer pulmonar. Se acercó a la mesa de los muchachos y esperó allí unos segundos. Para Marcos fueron horas. Finalmente dejó caer el quinto papel doblado sobre la falda del joven que no la miraba, que la ignoraba por temor a reprocharse a él mismo algo más sucio que el suelo pisoteado por pies de estudiantes y cabezas de gambas, succionadas y luego arrojadas a la suerte de ser aplastadas. Giró sobre su cuerpo impávido y solemne y desapareció por el pasillo que separaba la barra de los aseos. Marcos cogió el papel. El pulso hacía que temblara y no lograra alcanzar a coger la punta con los dedos. Estaba nervioso. Al fin logró apresar la esquina con fuerza y, justo antes de abrir el mensaje y descubrir que en aquél preciso instante prefería estar bajo tierra, miró a Pedro buscando su aceptación. Pedro bajó y alzó la cabeza muy lentamente, mirando a ambos lados en busca de esos ojos que siempre vigilan lo que no deben. Marcos abrió por fin el papel y leyó el mensaje con pavor: “Pensaba que contigo podría escapar del tormento que he conocido con los de tu calaña. No eres más que un ladrón de ilusiones que rompes el corazón a personas débiles y frágiles como yo. No te molestaré nunca más. Lo juro. Voy a poner fin a esto ahora para librarnos a los dos del lastre de nuestros sentimientos incompatibles.”

-¡Esta tía está loca! –gritó al amigo mientras le lanzaba el trozo de papel. Pedro leyó las mismas palabras y su rostro se ensombreció gradualmente.

En el bar, la gente seguía igual de impasible que los minutos anteriores, las horas anteriores. Pero a Marcos le pareció que había ojos que le miraban, ojos que le denunciaban y le acusaban de lo que estaba a punto de ocurrir en el fondo de aquel pasillo que se adentraba en la penumbra que nadie se atreve a iluminar. Marcos se levantó con un espasmo y salió disparado hacia esa zona oscura. Pedro se colocó a su espalda para darle confianza y apoyo. Al final del pasillo llegaron a una puerta metálica cerrada. Marcos apoyó su mano en ella para escuchar qué ocurría detrás. Notó el frío del hierro y sintió que tras esa puerta había algo más frío, y dolido. Y silencioso. No se escuchaba nada más que las vibraciones del hierro que hacía rebotar el murmullo del gentío inalterable. Agarró el pomo con fuerza, respiró hondamente y entró a su suerte, rezando para que nada hubiera ocurrido en el tiempo perdido de su decisión. Tras la puerta había una oscuridad más negra aún. Dio un paso al frente. Dio un segundo paso. Y entonces notó el ruido metálico, el estallido del fogonazo que impactó sobre sus ojos y escuchó algo que le dejó más helado que el propio hierro que acababa de cruzar:

-¡Felicidades! –gritaron todos sus amigos al unísono. Y entonces vio a la chica del pelo negro cómo se acercaba con una taza más de café en sus manos; sonriente y sonrojada.

Tras él, Pedro se aguantaba la risa.

lunes 30 de marzo de 2009

El sonido del silencio I - Cuentacuentos 49

Cuando ya no supiéramos de qué hablar, nos acurrucaríamos en un rincón a dormir abrazados. Hablaríamos entonces con miradas melancólicas, intentando descifrar el pensamiento del otro. Ya no valdrían gran cosa las caricias en la mejilla, ni entrelazar los dedos entre el pelo. No serviría de nada el contacto de los labios para notar el frío de la piel. Callaríamos como callan los cobardes que tienen tanto que decir y tan poco que protestar. Esconderíamos la cabeza entre los brazos, ajenos ya a la ternura del principio, olvidando lo que ocurre fuera de las cuatro paredes; más allá de la falsa burbuja que hemos creado para aislarnos del mundo. Tú verías el temor en mi mirada. Yo adivinaría la humedad de la lágrima que desciende por tu mejilla, y no haría nada por frenar el surco que gravaría en tu piel.

Cuando ya no supiéramos de qué hablar, quedaríamos mudos ante el horror que nos espera en el exterior. Esperándonos. Acechándonos. Pero no. Hemos creado esa maldita falsa burbuja que, pensamos, nos va a ayudar. Y cuando escuchemos el silbido acercándose, te diré entonces, susurrándote, un te quiero; antes que el estruendo de la explosión nos separe del todo para siempre.

martes 3 de febrero de 2009

La última luna - Cuentacuentos 48

La luna estaba zurcida al techo ennegrecido, haciendo de él un cielo tenebroso. Las nubes ocultaban parcialmente el resplandor blanco, difuminando su contorno bizarro. Y el sonido del oleaje lejano se dejaba escuchar sosegado, batiéndose contra las rocas del mismo color azabache del cielo. Más lejano que el rompeolas eran los destellos plateados del agua fría en penumbra. El olor a salitre marino, un olor agudo y denso, que penetraba hasta el recoveco más profundo de mis pulmones, me mostraba su aroma más tétrico y mortuorio; haciéndome pensar en todos esos cuerpos engullidos en sus profundidades, compadeciéndome de ellos y de sus últimos halos acuosos. Y eso me hace temblar por dentro.

Esta es la última noche que podré disfrutar de su calma compañía. La última vez que la luna, escondida ahora tras un velo grisáceo, me reflejará con su luz mágica y enternecedora el rostro que tantos años hace que no me devuelve un espejo limpio y franco. Y las horas muertas continúan pasando, esta noche más vivas que nunca. Confesándome a cada segundo que ha pasado uno más, o me queda uno menos. Y así desde que cayó el ocaso, hace ya no sé cuántas horas.

Un leve, muy leve, resplandor asoma por la parte oriental. Ese es el fulgor que detestaba recibir hoy. Poco a poco se alza tímidamente sobre el horizonte invisible, dejando ver su llegada con una caricia rojiza sobre el océano que se extiende frente a mí. La mar está roja. La mar está ensangrentada, rememorando la sangre que ha absorbido a lo largo de su vida. Pero es la primera vez que veo ese rojo intenso. Quizá porque me está esperando. Me da la bienvenida. Me llama. Me desea… y los pasos, seguidos por el sonido del resorte y el crujir de las bisagras, me avisan que ya es la hora de reunirme con ella.

–Es la hora –me anuncia su lacayo, alzando los grilletes.

Y mientras me maniata con las toscas arandelas, miro atrás, a través de los barrotes.

–Ya voy, amada mía –susurro hacia mi mar querida–. Pronto seré tuyo por siempre.