miércoles, 5 de diciembre de 2007

Especial navidades, propuesta de Yasi - Cuentacuentos 26

Un haz azulado cubre con su vago resplandor un punto recóndito en algún lugar del norte; muy al norte. El frío es lo único que recorre los bosques, adentrándose en ellos, rozando con su helada brisa la corteza de los pinos. Las bajas temperaturas obligan a sus habitantes a permanecer encerrados en sus casas al abrigo de la chimenea. Contrastando la oscuridad, cientos de luces brillan en el interior de las casas; a un lado del gran lago helado. En el otro lado, con la única luz de la aurora boreal, una figura arrastra una tela cargada de troncos. El surco que deja sobre la nieve señala el recorrido, perdiéndose en el bosque. Se detiene a respirar unos segundos. Su cabeza queda escondida en una densa nube de vaho. Murmura algo para sí mismo y reanuda la caminata que le lleva hasta su cabaña.

Una vez allí deja el montón al lado de la chimenea y la recarga con un par de troncos bien gordos. Revive la llama con el fuelle y se sirve un vaso de vino con especias para quitarse el frío del cuerpo.

-Hoy es el día, señor. –dice una voz al otro lado del sillón.

-Lo sé, amigo. Lo sé. –contesta el viejo, ronroneando.

-¿Quiere que empiece a hacer los preparativos? –de detrás aparece una figura pequeña con grandes orejas verdes y un sombrero puntiagudo.

-¿Compraste lo que te pedí? –Le preguntó; tras esto dio un sorbo al vino.

-Todo, señor… -contestó cabizbajo.

Un timbre telefónico perturba la tranquilidad de la sala. El viejo se acerca a la columna central y descuelga el auricular del aparato que pende de la madera.

-¿Sí?

-¿Qué tal, gordinflón? –dijo una voz al otro lado de la línea. – ¿Me reconoces?

-Espera un segundo. –el viejo tapa el auricular con la mano y dice a su compañero. –Baja al sótano y espérame allí.

-¡Como ordene el señor! –dijo el otro.

-Señor Bush. –prosiguió con el teléfono. –Pensaba que se olvidaría de mí este año.

-Ya ves que no, viejo. Te llamo para que me confirmes que te ha llegado el paquete que te envié hace un par de semanas.

-Así es. –el viejo miró el paquete, aún por abrir, que había sobre la mesa. –Uno nuevo, como cada año.

-¿Te lo has probado ya?

-No aún. Pensaba hacerlo esta noche, después de la cena.

-Pues espabila que tienes mucho trabajo por delante, viejo.

-Señor Bush… -carraspeó la garganta un par de veces. – ¿No podría conseguir a otra persona que hiciera este trabajo? Estoy muy viejo ya y no sé si mi cuerpo…

-Además de viejo te estás volviendo chalado. –una carcajada sale del auricular. – ¿Crees que otro estúpido sería capaz de hacer lo que tú haces?

-Pero, señor…

-¡Ni peros ni pollas! –gritó. –Si sigues vivo es gracias a nosotros, así que, ¡cumple con tu cometido! ¡Ah! Y no te olvides empezar primero por visitar a mi hija, ¿de acuerdo?

-Como usted ordene, señor. –dicho esto colgó el teléfono y se acabó el vaso de vino, ahora casi frío.

Se acercó a la lumbre para entrar un poco más en calor y paseó la mirada por las fotografías, dibujos, figuras,… que colgaban sobre la chimenea. Antiguos obsequios que los niños de todas las épocas le habían regalado.

Hizo volcar un poco más de vino en el vaso y bajó las escaleras que conducían al sótano. Allí estaba Rudölph esperándole sentado en una silla con los pies colgando. Su eterna sonrisa había dado paso a una mueca de desilusión. Sus largas orejas estaban ahora reposando sobre los hombros.

El viejo terminó el vaso de un largo sorbo que le costó tragar. En su garganta se formaba un nudo que crecía a cada paso que daba por la estancia. Rudölph lo seguía con la mirada, callado.

Se subió a una silla y pasó la cabeza por el lazo de cuerda que colgaba del techo, colocándosela con paciencia bajo su barba.

-¿Estás seguro que es de calidad? –preguntó al pequeño amigo.

-De la mejor, señor. Como usted me mandó.

Deslizó el lazo hasta notar la presión de la cuerda y esbozó una sonrisa al mirar a su pequeño amigo verde. Tiró dos o tres veces para cerciorarse de la sujeción y respiró tan hondo como sus ancianos pulmones le permitieron.

-Que pases una feliz navidad, amigo.

-Usted también, Santa. –le contestó mientras de sus ojos brotaban tantas lágrimas que pronto lo vio todo borroso.

-How, how,… ¡Crack!

4 comentarios:

Jara dijo...

Asesinooooo que era un cuento para niños!!! tu no te has leido las instrucciones no??

anda que... ya te vale

Marisela dijo...

No me digas que también Bush manda en Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel y los Reyes magos.
Yo que a mis años sigo creyendo con toda mi ilusión, me acabas de quitar la inocencia de un plumazo y además, has hecho que sienta una terrible pena por este entrañable personaje.
Está visto que nada que venga de EEUU lo puedo aguantar. Lo anglosajón, rima con cojón y con mojón jajajaja, pero tu relato está estupendamente escrito.
Espero que te traigan carbón que también rima, porque te lo mereces por infame que has sido conmigo.
Otro abrazo.

Carlos dijo...

Si es que al final, los Reyes killo. Y bueno que se anden con ojo que el tio Sam ya está por aquellas tierras!
Una historia de Navidad, porque no todo es Coca cola!
Un abrazo campeón!!

Munlight_Doll dijo...

Esto más que un cuento para niños es un cuento para adultos. Me ha gustado mucho la sátira sobre el origen consumista y megalómano de la Navidad, aunque has de saber que Papá Noel, más que creado por los yankis, fue "robado" :P

El duendecillo es adorable :)

Y creo, Hell, que este es el relato que más me ha gustado de los que te he leído, ¡lo tiene todo! :D
Besos y aplausos,
Mun