miércoles, 28 de noviembre de 2007

Chowarit el guerrero (II) - Cuentacuentos 24

Las turbulencias presagiaban lo peor y Eschna no dejaba de observarlas. Nmrat hizo ademán de entrar en su cabaña pero se quedó quieto, apoyado en uno de los palos, contemplando a su mujer arrodillada con la mirada perdida hacia el interior del cuenco.

-¿Qué ves, querida? –preguntó el brujo.

Eschna giró la cabeza y clavó la vista en los ojos de su marido. Nmrat supo entonces que algo no iba bien. Se acercó a ella lentamente hasta llegar a su lado. Le atrapó el hombro con suavidad y dejó caer su cuerpo hasta que las rodillas tocaron la tierra batida del suelo.

-Nmrat, mi amado. –dijo ella con voz temblorosa. –Un mal augurio está por llegar. El agua está nerviosa. Observa las turbulencias del fondo del cuenco, formando una nebulosa grisácea.

El cuenco dorado contenía una gran cantidad de agua cristalina. Por debajo de la superficie podían verse las turbulencias grisáceas cómo formaban remolinos horizontales curvados paralelamente a la pared. Una pequeña masa se despegó de uno de los remolinos y balanceaba a la deriva. Esa minúscula nube cambiaba lentamente de forma hasta que adoptó la más parecida a un pájaro. Se situó en el centro del cuenco y empezó a batir lo que parecían ser las alas. El agua comenzó a agitarse de forma violenta y Nmrat y Eschna se echaron atrás. El pájaro brumoso salió del agua unos instantes y volvió a sumergirse después de un gran salto. Tras esto volvió la calma.

Nmrat avanzó a gatas por el suelo hacia el cuenco; su mujer intentó seguirle pero la detuvo. Se llevó el dedo a los labios para exigirle silencio. Al asomarse por el borde del recipiente vio que las turbulencias habían desaparecido, al igual que el pájaro nebuloso. Pero en la superficie flotaba algo blanco. Algo parecido a una pluma. Avisó a Eschna que se acercara y viera lo mismo y los dos se miraron extrañados.

-Guárdala en el cofre, Eschna. –pidió el marido. –Mañana la enseñaremos. Ahora no es momento.

-Pero Nmrat, esto es un aviso; lo sabes. –advirtió levantando la pluma frente a su cara. – ¿Y si ocurriera algo antes del alba?

-Es una pluma. Y por una simple…

-¡Mira! –le espetó la mujer al darle la vuelta a la pluma. Los dos abrieron bien los ojos al ver el nombre del guerrero grabado en el reverso. -¿Aún crees que no debemos avisar a nadie?

-Prepara el oráculo, ahora vuelvo.

El viejo asió el candil y salió raudo de la tienda. Intentó hacer el mínimo ruido posible al pasar entre el poblado. Por suerte había luna llena y su luz, junto con la del pequeño candil, iluminaba bien el lugar. La maraña de tiendas, que bajo la luna blanca profería un cuadro fantasmal, se dividía entre sí según el estatus jerárquico de la tribu. Nmrat llegó hasta el claro donde el gran tótem vigilaba las noches. En ese punto se encontraba en mitad del poblado. A un lado descansaban los obreros; al otro los pensadores, guerreros y artesanos; al norte las mujeres que velaban por la reina y al sud, custodiado por cuatro antorchas de gran tamaño, la tienda real. El brujo se reverenció ante el tótem e hizo una plegaria para que las fuerzas de su comunidad vuelvan a construir el reino que les había sido devastado. Se agachó a recoger un puñado de tierra que lanzó al ídolo en tres veces. Bajó la cabeza y prosiguió su camino.

La tienda de Chowarit estaba en silencio. Apartó una de las telas e introdujo en candil para poder ver en su interior. Allí estaba el guerrero estirado sobre un manto de hierba. Durmiendo boca arriba, desnudo. En una de sus manos aferraba la espada siempre lista. Nmrat se acercó con sigilo hasta situarse a su lado. Se agachó y respiró hondo.

-Chowarit. –le susurró el brujo tanteándole el hombro. –Chowarit, despierta.

El guerrero se apartó con un gesto rápido, rodando sobre sí mismo y colocándose de rodillas con la espada en alto. El brujo se acercó la luz a su rostro para identificarse y apaciguar al joven.

-Chowarit. Debes venir conmigo a la tienda.

-¿Qué ocurre, brujo? –preguntó mientras dejaba su arma y agarraba una pieza de cuero para taparse.

-Eschna ha visto algo en el cuenco del destino. Ven conmigo, debemos presenciar el oráculo.

Bajo la luz de la luna las figuras de los dos hombres caminaban entre las demás tiendas como sombras. Al llegar a la cabaña del brujo vieron a la mujer sentada. Sus ojos estaban en blanco y sostenía la pluma entre las manos. Nmrat hizo un gesto para que el guerrero se sentara con él frente a la mujer. Ésta empezó a temblar. Por entre las telas de la tienda se introdujo una leve brisa caliente. El brujo agarró la mano de Chowarit y los dos agacharon la cabeza esperando el mensaje. La boca de Eschna emitía sonidos cada vez más descifrables hasta que el balbuceo dio paso a palabras.

-Fyijan. El cuervo. Blanco. La guía… la guía… -el temblor de la cabeza se acrecentó. –El cuervo guíaaa el senderooo… del viento. Entre el viento. Fyijan no ha terminado. La torreeee no sólo tiene altura. Los dioses negros te esperan y el cuervooo blanco te guía… ¡Ülrôf!

-¿Ülrôf? –preguntó el guerrero levantando rápidamente la cabeza.

-Schhh. –Nmrat hizo callar al joven. –Está recibiendo el mensaje, deja que termine.

-Ülrôf conoce el cuervooo blanco que te hará de guíaaa entre el viento. La torre de Fyijan no solo subeee al cielo, también baja al infierno. Allí Ülrôf te hablará, perooo es peligroso. Debes tener cuidado. –dicho esto, Eschna dejó caer su cabeza a peso y restó inmóvil.

De su mano se deslizó la pluma blanca y fue por el aire hasta reposar sobre las piernas de Chowarit. El guerrero miró la pluma y luego al brujo. Este le hizo ademán de cogerla. Chowarit la levantó por la raíz y se quedó helado al ver su nombre grabado en ella.

-¿Sabes qué debes hacer? –preguntó Nmrat.

El joven asintió con la cabeza. Se levantó y le observó a los ojos, giró la cabeza para ver a la mujer y volvió a fijarse en el brujo. Este asió su mano y la besó para protegerlo con sus hechizos. Quizá, por esta vez, no le sirvieran de nada.

Chowarit salió de la tienda de los brujos y caminó entre el poblado hacia su choza. Bajo la luz blanca de la luna, el guerrero no era más que una ínfima sombra deslizándose por una telaraña.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Recuerdos de infancia - Cuentacuentos 23

“El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación.”

Es lo que reza un panfleto que he encontrado esta mañana en uno de los bolsillos de mi abrigo. Debí recogerlo ayer por la tarde mientras paseaba por los grandes almacenes. Hoy en día es fácil decir esto en la sociedad que, por suerte, hemos logrado fomentar. Pero cuarenta años atrás y en este condado (supongo que en el resto del estado existía el mismo problema), era algo impensable.

A los siete años vivía en una pequeña granja situada en Black Belt, Alabama. Mi padre trabajaba en las minas de carbón, mi madre cuidaba de la tierra que nos había sido cedida y yo estudiaba cuando podía. Eran tiempos difíciles y los problemas económicos hicieron que mi padre me apartara de los libros y pusiera en mis manos una guadaña para segar lo que iba a servir de comida al ganado.

Morey, mi padre, llegaba a casa tarde y muchas de las veces habiendo ingerido altas cantidades del whiskey que destilaban en las casernas donde comía con sus compañeros. Los problemas económicos y la ebriedad con la que aparecía eran las causantes de las palizas que, tanto mi madre como yo, recibíamos gratuitamente de sus manos. Hasta que una noche mi madre murió a causa de una enfermedad entonces desconocida. Eso fue la gota que colmó el vaso de licor de mi padre. Sus borracheras aumentaron y las palizas que recibía mi pequeño cuerpo fueron más seguidas. Me ponía en pie a las seis de la mañana a manotazos para llevarme al granero tirado por los pelos y no me dejaba salir de allí hasta el anochecer, cuando volvía con la cara desencajada por el alcohol.

Una tarde, cuando el sol se perdía por el horizonte, dejando un haz de luz rojizo, vislumbré una pequeña sombra sobre la lápida de piedra donde estaba enterrada mi pobre madre. Esa figura caminaba a lo largo del perfil, de un lado a otro. Curioso, me acerqué a ver de qué se trababa y cando apenas quedaban veinte metros la sombra quedó inmóvil en el centro. Me observaba con ojos brillantes. Cuando di un paso más ésta abrió las alas, amenazante. Lanzó un graznido que se perdió en la llanura y emprendió el vuelo directo a mí. Salí corriendo para refugiarme en casa y notaba el aleteo como se iba acercando. La puerta estaba abierta; sólo tenía que sortear los tres escalones del porche y ponerme a salvo. Escuché otro graznido tan cerca de mi cabeza que perdí el control de mis piernas al llegar al primer escalón cayéndome de boca al suelo. Me tapé la cabeza esperando lo peor. Notaba el fuerte aleteo cómo removía el aire, agitando mi pelo. Al cabo de unos segundos cesó y noté como sus garras tomaban posesión de mi cabeza. Allí permanecí inmóvil con un gran cuervo sobre mí y sin moverse. Esperé a ver su reacción, pero no se movía. Pasé mucho rato paralizado, quizá una hora. No quería menearme y provocar la furia del animal. Podía ver por el rabillo del ojo su enorme y puntiagudo pico negro. Desde esa distancia daba la impresión de ser un arma mortal. El pájaro agachó la cabeza e hizo rozar su pico en una de mis orejas dejando escapar un graznido casi imperceptible. Yo estaba temblando, con los ojos cerrados y apretando mis manos contra la cara.

Al rato escuché a lo lejos el ruido de la furgoneta destartalada de mi padre esquivando los surcos del camino con poca destreza. Imaginé que volvía borracho una vez más y que al encontrarme allí tirado en el suelo, atemorizado por un simple cuervo, la paliza estaba asegurada. El motor se apagó. Oí como abría la puerta y farfullaba algo con insultos de por medio. Oí también el sonido metálico del mecanismo de carga de su querido rifle M1 Garand.

-¡Maldito bicho! –vociferó a unos veinte pasos de distancia. –Voy a pegarte a la pared de la casa.

Mi cuerpo entró en un temblor mucho más pronunciado al pensar en que mi padre estaba apuntando al pájaro que había sobre mi cabeza estando borracho. No podía creerlo. Si ni siquiera acertaba a mear en la taza aun estando encima de ella, ¿cómo pensaba dar en el blanco a esa distancia?

-¡Papá! –le grité desesperado. -¡No dispares por favor! ¡Que puedes darme a mí!

-¡Cállate, desgraciado! –contestó con una voz más que ebria. –En lugar de estar ahí tirado tendrías que haberte quedado en el granero trabajando.

Noté cómo las garras del cuervo se aferraban a mi cuero cabelludo sin hacerme daño alguno. Batió sus alas sin moverse de mi cabeza y lanzado graznidos aterradores. Pensaba en lo peor: que mi padre decidiera disparar y que acertara en mi cráneo, esparciéndolo por todo el porche y estucando la pared.

-¡Maldita seas, bestia del demonio! –escuchaba los pasos de mi padre acercarse, vacilantes. -¡Te voy a matar!

-¡No! –fue lo único que salió de mi garganta entre los sollozos y el nudo que me la apretaba.

Las garras del cuervo abandonaron mi cabeza con un fuerte aleteo. Tras esto, un disparo. Y tras el disparo una nube de astillas rebotándome en el pelo; había disparado a la pared. Volví la cabeza al escuchar los gritos de mi padre y vi como el cuervo estaba ahora en su cabeza picoteándole los ojos. Haciendo que la sangre se resbalara por toda su cara mientras él movía los brazos intentando ahuyentarle. El animal elevaba el vuelo y volvía a la carga. Mi padre se arrodilló en el suelo tanteando con la mano en busca del rifle mientras gritaba de dolor llevándose una de sus manos al ojo. El pájaro dejó caer de su pico algo pequeño que quedó aplastado en el suelo. Cuando Morey, mi padre, consiguió encontrar su arma, la levantó con las dos manos apuntando al aire con ella. En ese momento vi que el cuenco de su ojo izquierdo estaba vacío y me vino a la cabeza la imagen de lo que antes había soltado el cuervo de su pico. Éste se postró sobre su cráneo y lo picoteó repetidas veces con furia hasta abrirle una brecha de la que regaba sangre hacia su rostro. En un último intento por zafarse del animal apuntó hacia la parte alta de su cabeza y apretó el gatillo. Yo cerré los ojos a causa del ruido; y así permanecí hasta que el eco del disparo se disipó más allá de las colinas. Tras esto, silencio. Un silencio que me tranquilizaba y me intranquilizaba a la par. Cinco, diez, incluso quince segundos pasaron antes de que decidiera abrir los ojos y mirar qué había ocurrido. Y justo en el momento que los abría escuché el revoloteo de las alas de ese pájaro endiablado como se acercaban a mí y descendió hasta posarse sobre mi hombro. Volví a cerrarlos de nuevo.

Mi padre, pensé. ¿Por qué no escuchaba sus quejidos, su voz alcohólica? El cuervo me rozó la oreja con su pico –entonces ensangrentado. -, y me dio dos o tres golpecitos.

Abrí los ojos e intenté ponerme en pie sin asustar al animal, pensando en lo que le vi hacer a mi padre. Mi padre.

Giré la cabeza lentamente hasta que en mi campo de visión entró el cuerpo de Morey arrodillado en el suelo, inclinado hacia delante y aguantado por la escopeta, introducida por el boquete que se había hecho en mitad de la frente al dispararse él mismo.

El cuervo lanzó un graznido e hizo mover lentamente sus negras alas. Rozó una vez más su pico, esta vez en mi mejilla, y salió volando hasta reposar sobre la piedra de la lápida de mi madre. Allí permaneció inmóvil mirándome con sus ojos brillantes.

Pero eso pasó hace ya cuarenta años. El único recuerdo que me queda es el cuerpo del cuervo que hice disecar y que ocupa un lugar en la librería de mi casa. Voy a colgar este panfleto en su pico.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Relato del concurso de Terror en Cuentacuentos.

Visto que mi relato no estaba entre los cinco finalistas, y dejando pasar unos días de reflexión para las votaciones del ganador, publico aquí mi historia para que el que pase pueda leerla, si lo desea.

Henry

Henry se presentó ante la puerta a la hora que ponía en la carta que le enviaron de ese mismo restaurante. Por fin iba a tener un trabajo de cocinero después de la mala época que ha pasado desde su último puesto –vendedor de perritos calientes a la puerta del cine. –y entraría a formar parte de una auténtica sala de la gastronomía de élite. Según le comentaron, ese era un restaurante al que sólo iban mujeres de la alta sociedad de Dólar Town (barrio de alto nivel social de su ciudad).

Danko, un alto y corpulento maître de cocina venido de la Europa de Este, le dio la bienvenida. Iba ataviado con una chaqueta de blanco inmaculado con su nombre bordado sobre el bolsillo de la parte izquierda. Lucía un delantal con una gran mancha rojiza en su parte derecha. Le presentó al resto del grupo de la cocina. Todos los demás eran de su país también. Le comentó que lo del anuncio era preferiblemente para alguien nacido en la zona con conocimientos sobre cocina americana. Él era idóneo para el puesto.

Le proporcionaron la ropa nueva y bien planchada y le hicieron pasar a una antesala para que se cambiara mientras uno de ellos tomaba sus datos así como su peso, estatura, complexión y si padecía alguna enfermedad. Henry se extrañó pero no hizo ninguna pregunta al respecto. Necesitaba el empleo y no quiso perder la ocasión por una tontería así. Acto seguido le indicaron su puesto de trabajo y una carta con el menú que se serviría esa noche. Habían preparado algo especial para una reunión de las chicas más bellas y adineradas. Era la mejor ocasión para demostrar que era un cocinero que sabía estar a la altura de cualquier circunstancia.

-No te asustes por los platos que has de preparar, ¿de acuerdo? –le comentó Danko mientras abría la puerta de la cámara de los fiambres para mostrarle el género. –Aquí guardamos las mejores piezas para este tipo de clientes. Rara vez piden otra cosa. Intentamos satisfacerles lo mejor que podemos sin preguntar ni rechistar por nada.

El maître encendió la luz del interior y los tubos fluorescentes parpadearon varias veces antes de conseguir establecerse. Henry vio una decena de cuerpos colgados y envueltos en grandes bolsas de plástico. Los ganchos penetraban por la parte inferior del cráneo y unes churretones de sangre congelada recorrían la espalda hasta el momento de su coagulación.

-Pero… -el muchacho se dio cuenta que eran personas humanas las que colgaban de los garfios. -¿Esto es alguna broma?

-No, Henry. Es el trabajo que tendrás que hacer tú. Ya te comenté que es para una clase muy especial de señoritas que se dejan enormes sumas de dinero en este local. Además, si les ha gustado la manera como los has cocinado, reclamarán verte en persona para agradecértelo y obsequiarte por tu trabajo bien hecho. ¿Quién sabe? Quizá requieran tus habilidades en más de una ocasión.

-¿Pero no es ilegal? –preguntó mientras observaba la cara de uno de los muertos cómo le miraba a través del plástico, con la boca y los ojos aun abiertos.

-Nadie se va a enterar nunca de lo que ocurre aquí, a menos que seas tú quien lo cuente por ahí. En tal caso discutiríamos sobre ese tema. ¿Pero dejarías escapar un sueldo de 2300$ por tener que cocinar carne humana una vez al mes?

Al oír la espeluznante cifra, Henry cogió la carta de platos y se dirigió a su puesto de trabajo sin hacer más preguntas. De primero habían pedido una sopa de la casa. Danko le comentó que era libre de inventar la receta para realizar el plato. Así que Henry echó mano de su originalidad y preparó una gran marmita llena de agua y la puso sobre el fuego mientras pedía a Florín, el pinche más joven, que le descolgara un cuerpo anciano de carne dura. Lo tendió sobre la mesa y lo abrió en canal desechando sus vísceras y pulmones en un cubo metálico que darían de comer a los perros más tarde. Despedazó la caja torácica y la introdujo en el agua, ya caliente, con un par de puerros y cebollas para que cogiera gusto. De segundo iban a pedir unos entrecotes muy poco hechos, de la casa también. De los dos muslos cortó la zona más tierna y la dejó macerar en una mezcla de sangre rebajada con unas gotas de jerez, vainilla y vino tinto importado de la zona de La Rioja española. De la zona de los bíceps y tríceps desgarró toda la carne para pasarla por la picadora, salteándola con un poco de ajo y perejil, para hacer de acompañamiento a la sopa que los camareros sirvieron rápidamente.

Acabó pronto el segundo. Colocó sobre unas fuentes de porcelana los entrecotes al punto (más bien casi crudos), y los regó con una salsa, mezcla de mostaza y de la parte más blanda del hígado, que su abuela le enseñó a hacer en su rancho de Arizona cuando Henry no era más que un niño. Los camareros entraron a buscarlos afirmando, con rostros de gratitud, lo buena que les había parecido la sopa. Henry estaba contento pese a lo extraño que podía resultar ese trabajo. –Si sólo se trata de una vez, de vez en cuando, no tengo porqué incomodarme. –Pensó. Si en los hospitales del California extraen órganos sin pleno consentimiento de los familiares y en otros países de Asía es normal hacer cosas por el estilo… ¿Qué hay de malo si la gente que lo come está de acuerdo? -¡Y encima pagan bien! –se autoafirmó entusiasmado.

Los camareros tardaron un poco más en hacer acto de presencia en la cocina trayendo con ellos los platos lujosamente vacíos. Volvieron a comunicar el éxito entre las comensales de esa noche y les habían pedido que fuera el propio cocinero quien les llevara el postre para agradecerle así la buena comida con las que las ha hecho disfrutar.

-Henry –le dijo Danko al chico. –, llévate contigo esta taza de chocolate fundido y este bol de nata montada. Ofréceselo a ellas que te lo agradecerán.

Henry se limpió bien las manos y la cara, cogió los dos recipientes y atravesó la puerta que comunicaba con el comedor. Allí se quedó parado al ver la sala. Una gran luz central que enfocaba tan sólo la mesa que era ocupada por unas verdaderas bellezas de mujeres. Éstas se giraron para observarle y le hicieron señales para que se acercara sin vergüenza. Observaba, mientras se acercaba a la mesa, la decoración de la estancia: cuadros antiguos de cuerpos desnudos pintados al óleo; cortinas de ante verde, de gran pesaje y robusta tela, coronando los ventanales que daban al patio exterior; las paredes forradas de tela de terciopelo rojo burdeos que daban al ambiente un calor excepcional, acompañado todo con un exuberante fuego a tierra envuelto en relieves salientes de un mármol nunca visto.

Las mujeres, con unas ropas tan ceñidas que exaltaban sus voluptuosidades, rodearon al chico acariciándole y desnudándole poco a poco.

-Deja que te hagamos disfrutar tanto como lo has hecho tú con nosotras esta noche. –dijo la morena del pelo liso.

Lo hicieron estirar sobre la mesa, entre las copas de vino, y embadurnaron su cuerpo con la nata y el chocolate desecho. Henry no salía de su asombro. Las chicas empezaron a lamerle el cuerpo lentamente hasta que acabaron con el último resto de dulce que había en el rincón más escondido de su cuerpo desnudo. De las caricias suaves pasaron a tiernos arañazos por los costados. Una de ellas recorrió con la lengua las piernas del chico hasta llegar a su zona genital. Paseó los labios en torno a su erecto pene y se lo introdujo en la boca, haciendo que Henry exhalara un fuerte suspiro de placer. Pero ese suspiro pasó a ser un grito aterrador al notar un desgarro y que la chica que estaba chupando se erigió con su órgano arrancado entre los dientes. Henry miró hacia su cuerpo y vio como un chorro de sangre salía despedido hacia arriba. Las chicas abrían las bocas para que ese reguero les cayera en su interior. Pasearon sus manos ensangrentadas por sus caras y cuerpos semidesnudos y se excitaban más aún. Le arrancaron las extremidades con brutalidad entre tirones y mordiscos. Cuando más sangre desprendía su cuerpo más espeluznantes eran sus gritos de dolor. Otra de ellas introdujo sus largas uñas por el ombligo del cocinero hasta que consiguió traspasarlo. Otras metieron también sus dedos por el mismo agujero hasta que consiguieron desgarrar la zona del estómago dejando a la vista sus entrañas frescas. Un gorgoteo salió de la boca inundada en sangre de Henry. Ladeó la cabeza y sus ojos se clavaron en la puerta que comunicaba a la cocina. Su última imagen fue la silueta de Danko que lo miraba, apoyado en el marco, mientras se limpiaba las manos con un trapo y le sonreía.


miércoles, 14 de noviembre de 2007

Chowarit el guerrero (I) - Cuentacuentos 22

El camino era tan estrecho que se hacía difícil caminar erguido sin caer. Estaba agotado y sus piernas comenzaban a fallarle. Avanzaba lo más rápido que podía gateando por aquella cima rocosa y a cada paso que daba escuchaba desprenderse los pequeños peñascos ladera abajo. Miró a su espalda para ver cómo los Erwits le acortaban la distancia. Esos malditos guardianes de Guerko, el poseedor del secreto del ojo brujo, el mago de los magos, con sus espadas afiladas con las piedras de Workig capaces de cortar el grueso collar que aún lo mantenía con vida.

El sendero continuaba estrechándose. No debería medir más de dos pies de ancho. La ladera de la izquierda descendía bruscamente hasta el gran cañón de los Muérigos, tierra de los Erwits; a la derecha un acantilado se perdía entre la niebla roja, bajo esta había el agujero de Clerwot que conducía a la garganta sin fin. Chowarit sabía que caer por alguno de los dos lados sería el fin de su vida y de la de todo el reino de Storga que le otorgó la confianza de poder liberarlos. Atisbó un ensanchamiento antes de la escalera de piedra que ascendía a la torre de Fyijan, su objetivo. Quería llegar hasta ese espacio para poder enfrentarse a los dos guardianes sin miedo a perder el equilibrio. Colocó bien recta la enorme espada a su espalda y corrió con firmeza sin mirar al vacío. Los tenía tan cerca que podía escuchar sus gruñidos. Justo cuando su pie más adelantado pisó la tierra ancha se desprendió el trozo de roca que aguantaba el peso del otro. Su cuerpo basculó unos instantes y pudo clavar sus dedos en la tierra batida antes de precipitarse por completo. Con un esfuerzo sobrenatural consiguió elevar su cuerpo y caer de lado sobre el suelo arañándose el torso con los peñascos salientes. Lanzó un suspiro, se puso en pie y esperó, espada en alto, a la llegada de sus enemigos.

El más adelantado se abalanzó sobre él de un gran salto. Chowarit rodó por el suelo en dirección opuesta sesgándole una de sus piernas a la altura del tobillo y haciendo que cayera al suelo envuelto en bramidos. Al levantarse volvió a blandir la pesada espada sobre su cabeza haciéndola descender con tanta furia que, al contacto de la hoja con el pecho del guardián, sus pies se elevaron del suelo. Arrancó el arma del cuerpo inerte de su enemigo y se giró para enfrentarse al segundo. El otro Erwit estaba a poca distancia del guerrero mirándole con sus ojos vacíos, inmóvil. Chowarit levantó la cabeza para observar la altura de ese ser sin alma. Debía medir un metro más que él. Sus brazos le llegaban casi hasta las rodillas y eran fuertes y grandes. El rostro era inexpresivo. El guerrero levantó la espada para mostrarle al guardián la sangre de su otro compañero que ahora goteaba por la inmensa hoja de acero brillante. Al verla, el Erwit abrió lentamente la boca y tensó los músculos del cuello para lanzar un gruñido tan aterrador que sería escuchado desde lo más alto de la torre Fyijan, alertando a Guerko, el más poderoso de los magos de las tierras de la niebla. El guerrero quería evitar que supieran de su visita. El guardián levantó su cabeza aspirando todo el aire posible para lanzar su grito y el joven guerrero aprovechó ese momento para correr hacia él y saltar con la espada en alto para alcanzarle el cuello. El Erwit no vio como avanzaba ni como saltaba, tan solo notó el frío acero traspasar su garganta y el calor de la sangre introduciéndose en sus pulmones impidiendo el grito. Momentos después su cuerpo se desplomó como un árbol cortado, desparramándose sobre la tierra batida y levantando una ínfima nube de polvo amarillento. Clavó su espada en el suelo y ofreció a los dioses los cuerpos muertos de sus enemigos arrodillándose, apoyando su frente contra la tierra y abriendo los brazos en forma de cruz. Al levantarse extrajo de su cinto una pequeña bolsa de cuero y esparció un poco del polvo verde que contenía sobre sus frentes. Miró hacia los escalones de piedra, colocó la espada a su espalda y ascendió lentamente intentando recuperar sus fuerzas.

Los alrededores de la torre estaban desiertos. Una capa mugrienta de musgo cubría las piedras con la que estaba construida y una puerta tosca de madera y hierro bloqueaba su entrada. Alzó la vista hasta ver la única ventana que había en la torre. En ella reposaba un cuervo blanco vigilante. El animal agachó la cabeza para fijarse en el recién llegado. Abrió las alas y graznó tres veces, luego desapareció hacia el interior. Chowarit escuchó un estallido metálico tras la puerta. Acto seguido se abrió una de las alas chirriando a su movimiento y apareció una larga alfombra roja que conducía hasta la mitad de la estancia. Allí, bajo la columna de luz que entraba por el techo, se encontraba la silueta de Guerko, el mago de los magos. Avanzó hacia él con paso vacilante y se detuvo a escasos metros de distancia.

-Me alegra que hayas conseguido llegar hasta mí, Chowarit; aunque si he de serte sincero me sorprende.

-¿Pensabas que la magia que empleas con tus Erwits sería suficiente para acabar con un guerrero de la corte de Storga? – inquirió el joven caminando al derredor del mago. –Llevo seis lunas combatiendo contra todos tus ataques y lo he conseguido. ¿Qué me das a cambio?

-¿Qué me das tú, joven Chowarit? –le preguntó con sorna señalándose el cuello. -¿Me darías tu collar de Kriskor?

-Sabes que si dejo mi cuello al descubierto sería la única manera que tendrías para acabar con mi vida, ¿no? –respondió con sonrisa perniciosa. –No puedes hacer nada contra mí, Guerko. Ni siquiera con tu negra magia puedes matarme mientras sea el portador este collar.

El mago se acercó a una mesa que contenía algo cubierto con un manto rojo. Levantó este y dejó al descubierto un espejo enmarcado entre garras. Hizo un gesto para que el joven se acercara a observarlo. Dio unos pasos atrás y esperó. Chowarit se acercó sigilosamente sin apartar la vista del mago, con la mano empuñando su espada a la espalda. Vio que tras el cristal del espejo había una nebulosa extraña que mostraba infinitas caras grisáceas revelando su sufrimiento.

-He aquí las almas de todos los habitantes del reino de Storga, guerrero. ¿Vienes en busca de su liberación, no?

-El brujo Nmrat me enseñó la manera de romper el maleficio, maldito mago. –extrajo otra bolsita de cuero de su cinto y se la mostró alzada. –Son los polvos del azufre que se desprende de los huesos de las Shikras, las diosas de la niebla.

-¡Exacto! –exclamó el mago frotándose las manos. Introdujo una de ellas bajo su capa negra y la extrajo con una esfera de cristal. –Pero solo sirve para el espejo de las almas comunes y esto que sostengo en mi mano, esta bola de cristal tan reluciente, contiene una de ellas; la tuya. ¿El viejo Nmrat no te explicó qué hacer contra el hechizo del ojo brujo?

-¡Maldito seas, Guerko! –el rostro del guerrero cambió al ver que se trataba de la esfera de Ülrôf. El único hechizo que era imposible romper si no era el propio Ülrôf quien lo hacía.

-Maldito estoy hace tiempo. Y maldito estás tú también ahora. Sabes del poder de esta esfera y que si por alguna razón se agrietara o rompiera, el alma que posee se desvanecerá entre la niebla roja y tu cuerpo perderá la vida. Así que dame el collar y te devolveré lo que te pertenece.

-Si me despojo del collar mi cuello estará a tu merced y sabes que es la única manera para acabar conmigo aunque también es la única manera de acabar contigo. Estamos creados de la misma costilla.

-Sí, pero yo tengo la esfera en mis manos y si bien mi magia es anulada por ese collar puedo dejarla caer al suelo. No te protege de la magia de Ülrôf.

El guerrero abrió el saquito y depositó su fino polvo sobre la palma de la mano. Miró al mago esperando su aprobación.

-Deja entonces que los libere a ellos y acabemos esto entre tú y yo. Los dos solos. El que pierda lo hará para siempre.

-Adelante. –consintió Guerko.

Chowarit sopló el polvillo sobre el espejo de las almas comunes y tras un estallido salieron de él miles de rostros nebulosos. Sus ojos se fijaban en él al pasar por delante e iban desapareciendo por la puerta de la torre en dirección a sus cuerpos, a algunas lunas de distancia. Hecho esto se giró hacia el mago mientras se guardaba la bolsita en el cinto. El mago no se dio cuenta que al llevarse las manos al cuello para desabrocharse el collar llevaba escondidos en una de las palmas unos cuantos clavos de sílex. Paseó esa palma por el interior y miró a su enemigo.

-Deja la esfera sobre la mesa y cúbrela con el manto. Yo te lanzaré el collar y a partir de entonces que el dios de las cruces abatidas decida quién quedará en pie.

El mago hizo caso del guerrero. Depositó la bola sobre el manto y lo cerró a conciencia. Se apartó de la mesa unos pasos y esperó a que el joven cumpliera con su parte, sabiendo que una vez se hubiera colocado el collar sería invencible frente a él. Chowarit lanzó con fuerza el pesado collar y el viejo se agachó cuando a punto estuvo de dejarlo caer al suelo. En ese momento el guerrero emprendió una carrera hacia el manto y Guerko se apresuró a colocárselo. Lo hizo con tanta furia que no vio los clavos de sílex hasta que penetraron su cuello desquebrajándole la piel. Profirió un grito de dolor mientras se retorcía intentando deshacerse del collar. Chowarit tuvo el tiempo suficiente para llegar a la mesita, recoger el manto y atárselo a la correa que aguantaba la espada que ahora sostenía en la otra mano. La alzó sobre su cabeza y corrió hacia el mago gritando lo más fuerte que su garganta le dejaba, invocando al dios de la muerte blanca. El hechicero se echó atrás cuando consiguió arrancarse el collar convertido en trampa, lo lanzó al suelo y levantó la vista para buscar al guerrero pero este ya estaba basculando la espada en busca de su cuello. No había conseguido abrir la boca cuando notó que su cráneo chocaba contra el suelo. Tuvo tiempo de ver su propio cuerpo caer primero de rodillas para terminar estirado en el suelo emanando un caudal por donde hacía unos instantes tenía su cabeza. Al poco rato su cuerpo desapareció en una densa nube blanca.

Chowarit descendió por el desfiladero y caminó esas seis lunas hasta llegar a su hogar, el reino de Storga. La gente corrió a aclamarlo pero él deseaba llegar a su choza y poner a salvo su frágil alma cubierta con un manto.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Celsius - Cuentacuentos 21

“-¿Qué haces?

-Ver porno. ¿Y tú?

-Pensar en ti.

-¿Con un cuchillo en la mano?

-Estaba cortando zanahorias.

-Ah, claro. Y mientras estabas cortando zanahorias con un cuchillo pensabas en mí; que gracioso. ¿En alguna zona en particular o en todo mí, en general?

Clara se acercó a Isaac lentamente, mostrándole su cara de niña mala que tiene ganas de jugar. Pasó por detrás del sofá y se reclinó a su lado.

-En realidad tenía ganas de matarte. –le contestó mientras le colocaba la hoja del cuchillo frente a los ojos. –Pensaba que te gustaría saberlo antes de que lo hiciera. Que después me dices que no te aviso de nada.

-¡Vete a freír espárragos! –vociferó mientras apartaba el cuchillo de un manotazo.

Clara se marchó hacia la cocina soltando carcajadas. Era una chica irremediable. Le encantaba gastar ese tipo de bromas aun sabiendo que eran de mal gusto. Abrió la nevera para mirar que había para beber que estuviera decentemente fresco. El calor de ese agosto era insoportable y el poco dinero que tenían para subsistir no les permitía gastarlo en reparar el aire acondicionado. Una botella de cola a punto de acabarse y un par de latas de cerveza. Optó por lo segundo. Continuó preparando la comida. Tiró las rodajas de zanahorias a la sartén y esperó que el aceite las dorase. En el comedor, Isaac se estaba empapando de sudor entre el calor de la estancia y el porno que miraba. Era un chico sin remedio. Un salido, como dice Matilde, su hermana pequeña. Isaac escuchó el sonido del gas que se libera al abrir una lata de cerveza.

-¿Qué estás bebiendo, cariño?

-Una de las cervezas que quedan en la nevera.

-¿Me traes la otra?

-Mueve tu culo y levántate a cogerla tu mismo.

-¡Anda y que te jodan!

-¡Ya me gustaría que me lo hicieran!

Isaac acabó por quitarse los pantalones y dejarlos sobre la camiseta, a un lado del sofá. Se levantó a abrir las persianas para dejar correr el aire y se acercó a la cocina a por esa lata fresca. Clara, su mujer, llevaba tan solo un camisón sin nada debajo. El sudor hacía que se le trasparentaran los pezones. Él se le acercó por la espalda y le paseó la mano por encima del izquierdo.

-¿Se puede saber qué haces?

-Es que te veía tan sensual que…

-Si estoy caliente no es gracias a ti, sino a esta maldita ola de calor que nos va a dejar a todos secos. No vas a calentarme tú con las pintas que me llevas. ¿Son los mismos calzoncillos o tienes cuatro pares iguales?

El aceite empezó a crepitar de manera escandalosa. Una brisa de aire caliente se introdujo por la ventana de la cocina. Clara abrió la boca para poder respirar algo mejor e Isaac abrió la nevera para aprovechar ese aire y enfriarlo un poco.

-¿Y si dejamos la puerta de la nevera abierta, cariño? –le preguntó el chico mientras introducía su cabeza en el interior. –Se está fresquito aquí dentro.

-Haz el favor de cerrarla. Poco dinero tenemos para que nos suban la factura de la luz. Además, por la tele dijeron que esto duraría menos de una semana. Ya llevamos cinco días así y parece que no para de subir. ¿Se acabará de un momento a otro, no?

-Eso espero. Esta mañana he tenido que salir a buscar agua al supermercado protegido con un paraguas. No había casi nadie por la calle y los que había iban igual que yo. Alguno incluso iba tan solo con el bañador y las chancletas para no quemarse los pies en el asfalto.

Isaac volvió al comedor. Observó que las aspas del ventilador del techo no hacían más que remover el ambiente caldeado. Colocó bien la sábana que cubría el sofá y se estiró para continuar mirando la tele. Por la pantalla se veía el plató del telenoticias vacío y una pequeña pantalla digital mostraba un mensaje repetidas veces.

Alerta roja por la ola de calor. Alerta roja por la ola de calor. Alerta…

El olor a humo hizo que el chico se levantara para ver qué ocurría en la cocina. La sartén estaba humeante. Corrió a quitarla del fuego pero este estaba apagado. Escuchó una leve explosión a su derecha. Otra más, y otra. Al girarse vio como los huevos que había en la cesta de aluminio estallaban solos. La temperatura aumentó unos grados más y le costaba respirar. Cada bocanada de aire aspirado le quemaba la garganta. Se giró para dirigirse hacia la nevera y encontró a su mujer con la cabeza metida en ella.

-¿No decías que no hiciera eso? –preguntó con dificultad. –Déjame un lado, cariño. Este calor nos va a matar.

Al intentar apartar a su mujer su cuerpo inerte cayó de espaldas al suelo. El rostro de Clara era horroroso. Tenía las venas del cuello y de la cabeza hinchadas. Su cara inflada de un color tirando a morado y su boca abierta con la lengua tiesa hacia fuera. El chico se echó hacia atrás golpeándose la espalda contra el mármol de la repisa. Apoyó las manos sobre este y el calor que irradiaba hizo que las quitara rápidamente. Los nervios hicieron que necesitara oxígeno en sus pulmones y respiró agónicamente ese aire abrasivo. Su mente empezó a nublarse y caminaba tambaleándose hacia el teléfono. Unos metros antes de alcanzarlo perdió las fuerzas y cayó de bruces al suelo. Se esforzaba en abrir la boca al máximo para poder insuflar algo de oxígeno aunque le quemara los pulmones. Estiró las manos para arrastrarse, clavando las uñas en las rendijas de las baldosas. Su cuerpo experimentaba una sensación asfixiante. Se quemaba por dentro. Tenía que intentar llegar al teléfono y marcar el número de urgencia. Faltaban dos metros y sus fuerzas le abandonaban. En sus ojos veía la mesita del aparato muy borrosa. Notaba la presión en su cabeza y como los globos oculares se hinchaban con cada palpitación de su corazón. Estiró el brazo intentando alcanzar la mesita para hacerla caer y vio su piel, llena de ampollas, como se tornaba de un marrón rojizo y sus músculos se quedaban lentamente tiesos. Sacó la lengua y palpó el aire con ella, le ardía. Un olor a chamusquina flotaba en el aire. Dejó de notar su cuerpo justo antes de entrar en combustión. La conflagración se propagó lentamente bajo su piel haciendo que se retorciera convertida en pequeños jirones chamuscados. Olió el hedor a plumas de pollo quemadas cuando su corto pelo rebelde prendió en una llamarada bajando por las patillas llegando a derretirle las orejas. Su cuerpo quedó ennegrecido y humeante.”

-¡Joder! –exclamó Marc. -¿Vaya historia más buena, no?

-¡Vaya! –contestó Ivan mientras cerraba el libro. –Tengo ganas de leer más. Quizá esta noche, antes de irme a la cama.

-Oye, preséntame a tu abuelo. Debe ser una persona genial. ¿Ha escrito más libros como este?

-¡Ivan! –entró su madre gritando. –Te tengo dicho que no leas las cosas del abuelo. Trae ese libro aquí ahora mismo.

-No te lo puedo presentar –le susurró a su amigo antes de devolvérselo a su madre. -, está encerrado en un centro psiquiátrico.

-¿Y qué hace allí?

-Dicen que es un pirómano.


Hell.