miércoles, 26 de diciembre de 2007

El Pacto - Cuentacuentos 29

-Esta iba a ser una navidad diferente. –se dijo Carlos a sí mismo golpeando el volante de su querido y sempiterno Cadillac Allante Convertible destartalado.

El barrio estaba desierto. La gente estaba en sus casas celebrando la cena de Nochebuena. Todos menos él, que esperaba en un oscuro callejón, con el motor del coche encendido y humeante por la condensación del frío que envolvía la ciudad.

-Se lo prometí a Laura. –repetía una y otra vez. –Se lo prometí a los niños.

Al alzar la vista pudo ver una sombra alargándose por el suelo. Al final de esa sombra se unía una figura esbelta de igual negrura. Se acercaba lentamente al coche y Carlos intentó contener el temblor que sus manos repercutían sobre el volante al hacerlo sonar con un redoble. La luz de una farola dejó al descubierto parte del hombre que caminaba. Una levita oscura como su sombra y un sombrero de copa que ocultaba la totalidad de su rostro. Se acercó a la ventana del conductor y esperó que éste bajara el cristal.

-¿Eres Carlos? –preguntó el hombre del sombrero.

-Sí, suba.

Pese a llevar un sombrero de tan alta envergadura, el hombre se introdujo con mucha versatilidad. Carlos intentó ver su rostro por el espejo retrovisor pero las sombras caían justo encima de la tez del recién llegado.

-Salga del callejón, por favor. –pidió desde atrás. –Y continúe circulando por este lado del canal.

Carlos tomó la salida a la derecha y dirigió el coche por el carril más lento, aunque las calles estuvieran absentas de tráfico. Las luces de navidad adornaban pobremente ese lado de la ciudad. Al otro lado del río la vida era mucho más alegre, más próspera, con más sueños que cumplir.

-Carlos Egea Salinas, ¿no es así?

Carlos asintió con la cabeza intentando, fallidamente, poder ver su rostro por el espejo.

-Requieres mi presencia para que te ayude en este tema tan… ¿cómo lo llamarías tú, Carlos? ¿Pernicioso?

-No tiene porqué ser tan malo, según se mire, señor.

-Quieres pasar al otro lado del río para poder aspirar a ser alguien en esta vida, Carlos. –por el espejo pudo verse un fugaz brillo. –Te gustaría que Laura, Paul y Clarise tuvieran una vida mejor. Aquí la vida lleva el camino de la decadencia marcado en su futuro y sabes que las deudas del juego van a acabar, primero con tu vida, luego con la de ellos. Me pides que te brinde la oportunidad de cambiar, dándote lujos y dinero, y una vida provechosa también; y me llega al corazón que lo hagas por los seres que más aprecias, pero eso tiene un precio, Carlos; y bastante alto.

-Lo que sea para sacar adelante a mi familia. Le juro que no volveré a beber, ni a jugar. Trabajaré en lo que haga falta y cambiaré mi vida por ellos. Se lo juro, señor. De verdad.

-Pues, lo que sea, será tu última oportunidad de ganar en el juego. –comentaba mientras dejaba caer una pistola sobre el asiento del copiloto. -¿Conoces el juego de la ruleta rusa?

-¿Qué? –preguntó asombrado, al igual que nervioso.

-No pensabas que iba a ser cosa fácil, ¿no? Cambio de vida, de una manera u otra. Aparca aquí mismo.

-Pero es que…

-No hay vuelta atrás ahora ya. Coge la pistola y elige a quién vas a disparar primero.

Carlos aparcó el coche en el primer hueco que vio. Agarró con poca destreza la pistola del asiento de al lado. Notó el frío del metal y cómo su palma experimentaba nervios electrizantes. Miró a su acompañante esperando que le diera paso a comenzar. Su rostro continuaba oculto entre las sombras.

-Adelante. –dijo su anónimo pasajero. –Haz girar el tambor y elige turno.

El hombre golpeó el arma con la palma de su mano para hacer girar el lugar donde, según las reglas del juego, sólo reside una bala. Cuando el tambor hubo parado, este se paró también, pensando. Al cabo de unos segundos decidió levantar el arma y apuntar con un gesto ágil al hombre que ocupaba la parte de atrás. Apretó el gatillo sin contemplaciones pero un sonido sordo le comunicó que en ese hueco no había bala.

El sudor brotó por su frente al girar el cañón hacia su cara. Temblando, abrió la boca poco a poco para meterse el hierro negro en ella. Su lengua tocó sin querer el metal y un regusto ácido se escampó por su paladar. Cerró los ojos con fuerza y apretó el gatillo una segunda vez; con el mismo resultado anterior. Suspiró aliviado.

-No tenemos toda la noche, Carlos. –dijo el hombre con tono sarcástico. –Espabila.

El jugador volvió a apuntar al otro hombre y esta vez ni siquiera pensó en el aturdidor ruido que provocaría el disparo, haciéndole cerrar los ojos por el miedo. Tal y como frenó el recorrido, encañonando en la parte alta de la cabeza, apretó una vez más el gatillo sin tener suerte.

-Dos a uno, continúa.

Volvió a meterse el cañón en su boca. Sus dientes se apoyaron esta vez sobre el hierro, apretando para no sentir dolor cuando la bala traspasara su cráneo. Oprimió el gatillo y escuchó el ruido sordo. Se alegró, pero le duró poco al pensar que quedaban dos disparos y que en uno de los huecos se alojaba la bala que acabaría con la vida de uno, el otro quedaría en pie.

La sombra del hombre asintió para darle paso nuevamente. Carlos levantó el arma, ahora temblando de miedo. Tenía la sensación que el gatillo estaba más duro esta vez. Sus dedos no conseguían hacerlo ceder. Estaba cagado. Con un esfuerzo sublime apretó el gatillo sujetando la pistola con las dos manos. El “clic” vacío volvió a sonar. Una ira arrebatadora se apoderó de él y en lugar de girar el cañón volvió a disparar al otro hombre, una y otra vez; pero de la pistola no salió bala ninguna. Carlos se echó a llorar mientras el otro soltó carcajadas.

-¿De verdad pensaba que iba a jugar así con alguien tan mentiroso y tan poco honrado como tú? Desgraciado… antes quité todas las balas.

-L… lo siento. –contestó mirando al revolver. –Acabe conmigo de una vez; pero que sea rápido, se lo suplico.

-No aún. –contestó el extraño. –Voy a concederte lo que me has pedido sin esperar nada a cambio, por ahora. Vivirás con tu familia en la parte alta, al otro lado del río como me pediste, con riqueza y bienestar, pero…

-¿Pero?

-Pero algún día vendré a buscarte para que me devuelvas el favor, y ese día no te podrás negar porque si lo haces, todo lo que has conseguido desaparecerá con la misma rapidez; cayendo en las sombras.

Tras esto, una densa nube amarillenta inundó el coche. Un fuerte hedor a azufre aturdió a Carlos hasta dejarle dormido. Al despertar se encontró estirado en la parte trasera de un Aston Martin que su cuero apestaba a nuevo, y sus hijos golpeando la ventanilla para despertarle mientras sonríen.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Chowarit el guerrero (IV) - Cuentacuentos 28

-No me gustan nada las cosas nuevas. –dijo en voz alta al cuervo.

Habían caminado por el bosque durante dos lunas, a penas con unos momentos para el descanso. Cuando los rayos del sol comenzaban a introducirse por entre la frondosidad de los árboles, vio ante él un arco pétreo medio escondido por la hiedra. Era una arcada puntiaguda de roca grisácea donde algunos rostros sepulcrales, tallados sobre la misma piedra, le daban la bienvenida con sátira. Chowarit no había visto ese arco ninguna de las veces que cruzó el bosque de Grenwortk y esa novedad no le alentaba demasiado. El cuervo se posó unos instantes sobre la calavera que gobernaba la parte más alta, estiró sus alas y lanzó tres graznidos.

-Lo sé, animal del demonio. –dijo el guerrero al pájaro. –No perdamos más tiempo.

El cuervo alzó el vuelo y desapareció por encima del arco, hacia la luz que penetraba entre las ramas. El guerrero rezó un salmo refiriéndose al tótem que vigila su poblado, pidiéndole astucia, fuerza y valor. Se besó la palma de la mano y levantó esta hacia el cielo a modo de saludo. Empuñó su gran espada y se acercó al oscuro agujero que penetraba la bóveda.

Asomó la cabeza y en su interior sólo había oscuridad. Allí dentro, la frondosidad era tan espesa que sólo unos pocos rayos de luz conseguían llegar a posarse en el suelo. Atento, con la espalda apoyada en la piedra de una de las columnas, miró una última vez atrás para cerciorarse que no le siguiera nadie. Delante sólo había un manto de hojas oscuras y ramas secas que hacían de camino entre los árboles tan extraños que floraban en aquél lugar. El silencio era sepulcral.

Chowarit permaneció inmóvil a la escucha de alguna señal que le indicara que alguien le esperaba allí. Algún enemigo que no hubiese conocido nunca; pero nada más que una leve corriente de aire, silbando entre las ramas de los negros árboles, era lo que le acompañaba en ese mutismo. Dio un paso y escuchó el crepitar de la hojarasca bajo su pie. Cerca de allí escuchó el mismo sonido. Pensó que se trataba de la voz que devolvían las piedras. Dio tres pasos más y recibió el mismo sonido desde el mismo lugar que antes. Relajó sus músculos para no perder fuerzas inútilmente. Pero de pronto se escuchó el crepitar más seguido, primero como pasos y poco más tarde cómo estos se acercaban a la carrera. El guerrero miró hacia el lugar de donde procedía el ruido pero no veía a nadie. Alarmado, empezó a correr hacia delante, intentando alejarse lo suficiente de esas pisadas para poder esperarle con la espada preparada. Sorteó árboles, ramas y troncos que se cruzaban por su camino lo más ágilmente que pudo; sin dejar de escuchar el crujir a su espalda. Se iba acercando. Chowarit intentó correr más deprisa sin apreciar siquiera los cortes que las espinas de las ramas practicaban en su cuerpo. Pudo divisar a cierta distancia una gran columna de luz que se proyectaba sobre algo que no lograba visualizar bien. Corrió lo más deprisa que sus músculos le permitieron hasta que un tronco medio salido de la tierra hizo que cayera de bruces al suelo; estirando toda su altura sobre la hojarasca. Temió que su perseguidor se abalanzara sobre él estando de espaldas; rodó por el suelo –a la vez que soltaba algún gemido cuando las ramas puntiagudas de suelo penetraban su piel. –, y se levantó arrodillado a la espera del encuentro. El crepitar que le perseguía cesó también.

Se puso en pie y caminó hacia el centro de la luz mientras miraba al derredor en busca del fantasma que le perseguía, sin ver indicios de él.

Bajo la columna de luz descansaba una mesa de piedra blanca tallada. Su superficie era extremadamente lisa. Chowarit nunca había visto nada parecido. En sus cuatro esquinas habían ancladas cuatro correas de cuero y en una de las puntas, el residuo de una gran mancha rojiza que no llegó a desaparecer del todo.

-Una mesa de sacrificios. –se dijo el guerrero en voz baja mientras paseaba los dedos por dicha superficie. –Qué extraño material…

De pronto, la brisa que silbaba entre las ramas aumentó su intensidad, dando paso a transformarse en una corriente; de la corriente a una ventisca, levantando a su paso las hojas que cubrían el suelo, haciendo que el crepitar se escuchara por los cuatro costados de donde estaba el guerrero. Éste se subió a la mesa de ofrendas y blandió su espada con maestría, acabando el gesto con la hoja a un lado de su rostro. Hojas y ramas volteaban a su alrededor ocultando el resto del bosque a sus ojos. Giraban a gran velocidad a cierta distancia de la mesa. Chowarit miraba atónito hacia todos lados, esperando que algo le sorprendiera de un momento a otro.

-¿Qué buscas? –emitió una voz que giraba con el viento.

-Busco seguir mi camino, espíritu. –contestó el guerrero.

Una risa bucólica resonó por el centro del torbellino. Una ráfaga cruzó por un costado del guerrero hiriéndole con rasguños ese lado del torso. Chowarit daba vueltas sobre la mesa buscando a su oponente sin éxito. Otra corriente le golpeó el rostro inclinándoselo hacia atrás. El guerrero atacó con su espada a la nada. La carcajada volvió a resonar.

-¿Y cuál es el fin de ese camino, mortal? –dijo la voz.

-Debo encontrarlo primero para saberlo.

Un tercer ramalazo pasó entre sus piernas haciendo que perdiese el equilibrio. Chowarit cayó de espaldas sobre la mesa dándose un fuerte golpe en la cabeza. Sobre él se apareció una figura etérea formada por hojas y polvo. Un gran rostro incorpóreo que le miraba atentamente.

-¿Quién te manda a despertarme?

-El oráculo. –contestó el guerrero. –Me reveló que debía cruzar el bosque para encontrarme con la Torre, pero este camino no lo había flanqueado antes.

-¿Has cruzado ya Grenwortk otras veces?

-¡Dos! – corroboró. –Y si dejas que continúe mi camino será una tercera.

-Muchos lo han intentado ya. Observa.

Sobre la cabeza del guerrero se formó otro pequeño remolino, trayendo con él algunos huesos y calaveras. Danzaban entre ellas como luciérnagas en la noche. Chowarit pensó en las leyendas que escuchó de boca de los sabios; en todos los guerreros que desaparecieron al intentar encontrar el secreto del bosque maldito.

-Yo no busco tu secreto, espíritu. Tan sólo debo cruzar el camino para llegar a la Torre y acabar con la misión que me han encomendado.

-¿Y de qué trata tu misión?

-Ya te lo he dicho. No lo sé hasta que no la encuentre.

La cara etérea profirió un bramido aterrador mientras se lanzaba contra el guerrero, atravesando su cuerpo con un fuerte vendaval. Chowarit se agarró de las correas para no caer al suelo. Notaba como ese viento se introducía en su cuerpo y salía por debajo, atravesando también la piedra del altar.

-¿Cómo es posible? –gritó el ente, volviendo a dar forma a la enorme cara fantasmal. –No tienes alma, guerrero.

-Mi alma fue arrancada por un maleficio, espíritu. Ülrôf me la arrebató y ahora debo encontrarle para poseerla de nuevo.

-¿Ülrôf? –aulló. –Él fue quien me despojó de la vida, condenándome a esta forma impalpable y haciéndome vagar por este lugar por el resto de los tiempos.

-¿No eras así antes? –preguntó el guerrero.

-Yo fui un joven guerrero, al igual que tú. Servía a la corte de Fyijan como caballero. Ülrôf sabía de mi amor hacia una joven aldeana de la que él quería sus cuidados. Justhilien, hija del Triwar el herrero, se negó a concederle lo que pedía para no romper nuestro amor. El brujo nos engañó, adoptando la forma del monje Ypsion, para llevarnos hasta este lugar con la intención de unirnos y así no poder perder nuestra alianza. Una vez unidos nadie puede cortejar la mujer aunada. Ülrôf, bajo la engañosa forma, ató a Justhilien a esta mesa y conjuró a una de las fuerzas de la naturaleza para apresarme mientras él sacrificaba a mi prometida.

Chowarit comprendió entonces las manchas rojizas del altar.

-A mí me condenó a aliarme con esa fuerza y poder guardar este lugar, pero la rabia me ha convertido en el huraño que soy. Tan sólo busco la venganza hacia el brujo. Cada vez que alguien penetra en este, mi mundo, acabo con su vida sin contemplaciones. No sé si se trata él o de otra persona; bien podría atravesar Grenwortk con otra imagen, como hizo con la del monje. Hasta que no acabe con él no podré romper esta maldición.

-Pues deja que marche en su busca; tú no puedes hacer nada desde aquí. –le espetó el guerrero. –Debo llegar a la Torre para encargarme de él.

-Sea así. –contestó el espíritu.

El viento desapareció de inmediato haciendo que la hojarasca y las ramas cedieran al suelo lentamente. Un claro mayor se abrió desde los árboles dejando penetrar la luz suficiente para que el guerrero pudiera ver ante él un largo y marcado camino que conducía hacía alguna parte.

-Sigue por el camino de la luz, guerrero. –dijo el ente. –Al final encontrarás el arco de la vida, el contrario al que has traspasado anteriormente. Al cruzarlo volverás al verdadero camino. Que tus dioses sean benévolos contigo y te ayuden a resistir en tu misión.

El guerrero abandonó el lugar santiguándose hacia la mesa. Caminó por el sendero que la luz amarillenta marcaba con fuerza. Mientras, recordaba las palabras de Eschna y lo que predijo el oráculo sobre el viento. Éste, amainado, ya no era problema para continuar con la profecía de su búsqueda. Estaba dispuesto a llegar hasta el brujo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Juego de creatividad, Cuentacuentos 27

-¿Hay alguien ahí?

Marcos caminaba por la oscuridad que se había apoderado del pasillo. Arrastraba una de sus manos por la pared mientras blandía la otra hacia delante buscando algún obstáculo que sortear. Hacía frío en el edificio. Los grandes ventanales de las salas que ocupaban la planta de arriba apenas sostenían un cristal intacto con el que retener el viento que arreciaba esa noche.

El camino de vuelta a casa se vio truncado por la lluvia que sorprendió a Marcos montado en su bicicleta. Quedaban aún un par de kilómetros para llegar y notaba cómo la intensidad aumentaba hasta casi borrar el camino de delante de sus propios ojos.

La casa del páramo estaba a pocos metros de donde se encontraba. Sólo debía cruzar la cadena que marcaba el camino cerrado que conducía hasta el viejo caserón y poderse guarecer del temporal. Al llegar al porche, dejó su bici apoyada junto a un ventanuco y esperó sentado en un oxidado balancín a que la tormenta amainara.

Echó un vistazo hasta donde terminaba la galería, viendo sus ventanas rotas y las paredes con pintadas que algunos chicos del pueblo habían hecho a su paso por allí. Se fijó en la puerta tapada por una decena de tablones, cómo dos o tres de ellos estaban mal clavados.

Del tejado caía una cortina de agua que no dejaba ver apenas la llanura que se extendía frente a él. Escuchó un chapoteo rápido sobre la hierba y una niña apareció entre el velo de agua. Se quedó quieta, mirándole con ojos temerosos. Su vestido estaba empapado y dejaba ver su cuerpo desmirriado.

-Hola. –dijo Marcos.

La niña volvió a correr, esta vez hacia la puerta, y desapareció por entre los tablones mal sujetos.

-¡Eh, espera! –gritó el chico.

Se dirigió hacia el agujero por donde se esfumó la niña y miró adentro. Una gran sala dominaba la vista. La tenue luz del atardecer llovizno dejaba una claridad pobre que penetraba por las rendijas. El chico consiguió entrar por la brecha con algunos problemas, arañándose un poco los brazos. Una vez dentro de la casa caminó despacio hacia el salón buscando a la niña.

Ésta estaba al otro lado, mirándolo fijamente, a los pies de una escalera que conducía al piso superior. Su aspecto era deplorable.

-Soy Marcos, vecino del pueblo de al lado. –comentó mientras se acercaba a ella. – ¿Cómo te llamas?

La niña se giró y corrió escaleras arriba, desapareciendo una vez más de su vista.

Marcos se acercó y miró hacia el final pero los escalones desaparecían en la oscuridad a medida que alzaba la vista.

-Ni hablar. –susurró. –No pienso subir por ahí.

Paseó la vista por la estancia y vio una gran librería al otro lado. A ambos lados colgaban unas fotos de los antiguos propietarios del caserón: la familia Castro. Le sonaba ese nombre porque salió en el periódico hacía unos años por algo de lo que no llegaba a acordarse. Revisó los pocos libros que poblaban las estanterías y se fijó en un cuaderno que sobresalía más que el resto. Lo cogió y se sentó en una silla a hojearlo.

Algunas fotografías estaban enganchadas en su interior, acompañadas de comentarios escritos a mano. No lograba discernirlos con claridad ya que la luz había menguado considerablemente. Al menos pudo fijarse en las fotografías. En ellas salían grupos de niños sentados en una especie de habitación extraña. Todas eran iguales y, en cada una, los niños eran diferentes.

Escuchó unos pasos corretear por el piso de arriba y dio un respingó en su asiento.

-¡Que me dejes! –dijo una voz desde arriba. Era la voz de una niña suplicando entre sollozos y gritos. – ¡No quiero más! ¡No!

Marcos se levantó de un salto y corrió hacia las escaleras, subiéndolas a grandes zancadas.

Al llegar arriba pudo ver como una luz se escapaba por debajo de una de las puertas. La abrió de golpe y vio a una mujer anciana cómo sostenía a la niña entre sus brazos mientras la amamantaba. La pequeña se soltó de la teta para mirarle, enseñándole una bucólica sonrisa. Marcos quedó paralizado ante la visión. La anciana golpeó con un gran palo sobre una mesita para hacer romper la lámpara que proyectaba la luz hacia el techo.

De nuevo, oscuridad y pasos al derredor de Marcos sin rozarle siquiera.

-¿Hay alguien ahí?

Marcos caminaba por la oscuridad que se había apoderado del pasillo. Arrastraba una de sus manos por la pared mientras blandía la otra hacia delante buscando algún obstáculo que sortear. Hacía frío en el edificio. Los grandes ventanales de las salas que ocupaban la planta de arriba apenas sostenían un cristal intacto con el que retener el viento que arreciaba esa noche. La lluvia había cesado, pero el agua que caló por las ropas del chico hacía que tiritara.

De pronto, un fuerte golpe hizo aterrizar al chico contra el suelo y tras eso, la pérdida de consciencia.

Al abrir los ojos notó como su cabeza le daba vueltas y un dolor pronunciado que le pinchaba en las sienes. Se incorporó con torpeza al escuchar unas voces a su lado. Allí estaban la anciana, sentada en una mecedora, y la niña, sobre el regazo de la vieja.

Ésta última se acercó a Marcos sonriéndole. Él se echó atrás como pudo para zafarse entre las mantas, hasta que su espalda llegó al final de su escapatoria, apoyándose en la pared.

-¡No te acerques a mí! –le gritó el chico.

-No te preocupes. –comentó la anciana desde su sitio. –No te hará daño.

Marcos dejó que la niña apoyara sus manos a los pies de la cama sin desviar la mirada.

-¿Qué hacen aquí?

-Eso mismo me preguntaba yo. –contestó la vieja. -¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes que esto es propiedad privada?

-Es que fuera llovía. –contestó mientras pensaba alguna excusa para salir de allí cuanto antes. –Pero ha dejado de llover.

-Sí, pero no puedes salir ahora. Te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza y debes reposar.

-Pero mis padres me estarán esperando.

-No te preocupes por eso, Marcos. Ya hablaré yo con ellos.

-¿Cómo sabe mi nombre? –preguntó atónito el muchacho.

-Ella lo sabe todo. –contestó la niña que no dejaba de mirarle sin moverse del final de la cama.

-¿Y tú quién eres?

-Me llamo Lilith. Y ella es la señora Marta Castro.

El chico tembló al escuchar ese apellido. No recordaba aún de qué le sonaba, pero sabía que de nada bueno.

-Ahora estás en cuarentena y te va a zurcir por la parte de atrás, ¿verdad, Marta? –preguntó la niña esperando la aquiescencia de la anciana.

-¿Zurcir? –preguntó Marcos, cada vez más estupefacto.

-Sí, zurcir. –le repitió Lilith moviendo arriba y abajo la cabeza. –Como hizo conmigo, mira.

La niña se dio la vuelta y levantó su vestido enseñando una larga cicatriz que recorría la columna vertebral hasta desaparecer bajo la tela. Mientras, la vieja se había colocado al lado de Marcos. Le agarró del brazo y le clavó una jeringuilla, causándole un dolor tan agudo que no pudo ni hacer salir el sollozo que le quedó atrancado en la garganta. Poco a poco volvía la oscuridad otra vez; ahora con unas risitas de fondo y con la sensación de que algo frío recorría su espalda, haciéndole sentir un leve cosquilleo.

Luego, la oscuridad y el silencio.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Especial navidades, propuesta de Yasi - Cuentacuentos 26

Un haz azulado cubre con su vago resplandor un punto recóndito en algún lugar del norte; muy al norte. El frío es lo único que recorre los bosques, adentrándose en ellos, rozando con su helada brisa la corteza de los pinos. Las bajas temperaturas obligan a sus habitantes a permanecer encerrados en sus casas al abrigo de la chimenea. Contrastando la oscuridad, cientos de luces brillan en el interior de las casas; a un lado del gran lago helado. En el otro lado, con la única luz de la aurora boreal, una figura arrastra una tela cargada de troncos. El surco que deja sobre la nieve señala el recorrido, perdiéndose en el bosque. Se detiene a respirar unos segundos. Su cabeza queda escondida en una densa nube de vaho. Murmura algo para sí mismo y reanuda la caminata que le lleva hasta su cabaña.

Una vez allí deja el montón al lado de la chimenea y la recarga con un par de troncos bien gordos. Revive la llama con el fuelle y se sirve un vaso de vino con especias para quitarse el frío del cuerpo.

-Hoy es el día, señor. –dice una voz al otro lado del sillón.

-Lo sé, amigo. Lo sé. –contesta el viejo, ronroneando.

-¿Quiere que empiece a hacer los preparativos? –de detrás aparece una figura pequeña con grandes orejas verdes y un sombrero puntiagudo.

-¿Compraste lo que te pedí? –Le preguntó; tras esto dio un sorbo al vino.

-Todo, señor… -contestó cabizbajo.

Un timbre telefónico perturba la tranquilidad de la sala. El viejo se acerca a la columna central y descuelga el auricular del aparato que pende de la madera.

-¿Sí?

-¿Qué tal, gordinflón? –dijo una voz al otro lado de la línea. – ¿Me reconoces?

-Espera un segundo. –el viejo tapa el auricular con la mano y dice a su compañero. –Baja al sótano y espérame allí.

-¡Como ordene el señor! –dijo el otro.

-Señor Bush. –prosiguió con el teléfono. –Pensaba que se olvidaría de mí este año.

-Ya ves que no, viejo. Te llamo para que me confirmes que te ha llegado el paquete que te envié hace un par de semanas.

-Así es. –el viejo miró el paquete, aún por abrir, que había sobre la mesa. –Uno nuevo, como cada año.

-¿Te lo has probado ya?

-No aún. Pensaba hacerlo esta noche, después de la cena.

-Pues espabila que tienes mucho trabajo por delante, viejo.

-Señor Bush… -carraspeó la garganta un par de veces. – ¿No podría conseguir a otra persona que hiciera este trabajo? Estoy muy viejo ya y no sé si mi cuerpo…

-Además de viejo te estás volviendo chalado. –una carcajada sale del auricular. – ¿Crees que otro estúpido sería capaz de hacer lo que tú haces?

-Pero, señor…

-¡Ni peros ni pollas! –gritó. –Si sigues vivo es gracias a nosotros, así que, ¡cumple con tu cometido! ¡Ah! Y no te olvides empezar primero por visitar a mi hija, ¿de acuerdo?

-Como usted ordene, señor. –dicho esto colgó el teléfono y se acabó el vaso de vino, ahora casi frío.

Se acercó a la lumbre para entrar un poco más en calor y paseó la mirada por las fotografías, dibujos, figuras,… que colgaban sobre la chimenea. Antiguos obsequios que los niños de todas las épocas le habían regalado.

Hizo volcar un poco más de vino en el vaso y bajó las escaleras que conducían al sótano. Allí estaba Rudölph esperándole sentado en una silla con los pies colgando. Su eterna sonrisa había dado paso a una mueca de desilusión. Sus largas orejas estaban ahora reposando sobre los hombros.

El viejo terminó el vaso de un largo sorbo que le costó tragar. En su garganta se formaba un nudo que crecía a cada paso que daba por la estancia. Rudölph lo seguía con la mirada, callado.

Se subió a una silla y pasó la cabeza por el lazo de cuerda que colgaba del techo, colocándosela con paciencia bajo su barba.

-¿Estás seguro que es de calidad? –preguntó al pequeño amigo.

-De la mejor, señor. Como usted me mandó.

Deslizó el lazo hasta notar la presión de la cuerda y esbozó una sonrisa al mirar a su pequeño amigo verde. Tiró dos o tres veces para cerciorarse de la sujeción y respiró tan hondo como sus ancianos pulmones le permitieron.

-Que pases una feliz navidad, amigo.

-Usted también, Santa. –le contestó mientras de sus ojos brotaban tantas lágrimas que pronto lo vio todo borroso.

-How, how,… ¡Crack!

Chowarit el guerrero (III) - Cuentacuentos 25

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. Había pasado más de un ciclo lunar desde que abandonó el poblado y la hojarasca ya cubría casi la totalidad del suelo que pisaba. Del cuervo blanco que predijo la bruja no había ni rastro.

Estaba sentado sobre sus rodillas trabajando con afán sobre una prenda. Un lobo le había proporcionado el alimento de la noche anterior y ahora trataba su piel para poder utilizarla de ropaje. Raspaba con una piedra de sílex para arrancar la sangre que quedó pegada al despellejarlo y poder secarla con el escaso tiempo que el sol permanecía sobre su cabeza.

Decían los sabios que en el bosque de Grenwortk ocurrían cosas extrañas y que los más valientes intentaban encontrar sus secretos sin volver a saber nada más de ellos; pero hasta ese momento, el único que ha conseguido cruzarlo, no una, sino dos veces, era él. Esta vez era la tercera y no había salido aún: permanecía allí desde hacía más de veintiocho lunas buscando a su guía.

De pronto, un ruido le apartó de su labor. El crepitar de las hojas secas al ser aplastadas sonaba a su espalda. Bajó lentamente una de sus manos hasta notar el tacto de la empuñadura y esperó. El ruido cesó.

-¿Qué quieres de mí? –preguntó el guerrero sin girarse. Esperó una respuesta pero no hubo tal.

-¿Quién eres? –insistió.

Al girarse vio caer dos o tres hojas en un mismo lugar. Allí no había nadie. Movió los ojos de un lado al otro buscando algo que pudiera haber causado el ruido pero no vio nada. Tan solo los árboles que le rodeaban y el manto amarillento de las hojas que éstos habían perdido, eran su única compañía. Pensó en otros lobos y que se hubiesen acercado al oler la carne muerta del que cazó la noche anterior. Pensó también en alguna extrañez surgida en el interior de su cabeza.

Al volver a su tarea escuchó otro ruido. Esta vez en lo alto. Levantó la mirada para escudriñar los árboles y no vio más que ramas peladas entrelazadas entre sí enmarañando el azul del cielo.

-¡Eschna! ¡Nmrat! ¡Dioses de las cruces abatidas! –gritó al aire. – ¿Es esta alguna señal?

Una sombra se proyectó en el suelo cruzándolo a escasos pasos de él. Volvió a mirar hacia arriba pero no había nada. Sin embargo, la sombra continuaba moviéndose entre el manto de hojarasca. Chowarit agarró la piel y se la puso sobre los hombros, atándola en torno a su cuello, y empuñó su espada a la espera. Cuando esa sombra se detuvo al fin, un graznido reverberó en el silencio.

Delante de él, sobre una roca puntiaguda, reposaba el cuervo blanco que Eschna predijo. El mismo que vio en la torre de Fyijan antes de enfrentarse a Guerko.

-Eres tú, extraño pájaro. –le habló al cuervo. –Tú, el que me harás de guía.

El cuervo lanzó un segundo graznido. Abrió las alas y emprendió el vuelo pasando sobre su cabeza. Volteó tres veces encima de él y se dirigió hacia el norte.

Chowarit supo entonces que empezaba el destino que el oráculo le había anunciado.