lunes, 28 de enero de 2008

Chowarit el guerrero (V) - Eyeth.

A medida que avanzaba por el estrecho sendero, el batir de las alas del cuervo blanco hizo que Chowarit mirara hacia el cielo. Las ramas de los árboles iban desapareciendo cuanto más trecho caminaba, dejando que la clara luz irradiara sobre las rocas que cubrían el lecho del río. Descansó un momento y aprovechó para beber el agua fresca que descendía con calma.

No muy lejos escuchó un chapotear repetido. Procedía de detrás del siguiente recoveco, oculto entre hierbas, cañaverales y el tronco de un árbol que debió caer tiempo ha, incrustado en el barrizal de la ladera.

El guerrero se sumergió en el agua y cruzó el cauce sin salir a la superficie; midiendo sus movimientos para no alertar de su presencia. Se agarró de la hierba para poder arrastrarse por el barro y se acercó sutilmente sin erguir su cuerpo. Allí, entre cañas y plantas, distinguió la figura de una joven desnuda. Sobre una roca había dejado sus pertenencias: una túnica oscura, un arco pequeño y un cubil lleno de flechas. “Una guerrera”, pensó. Caminó agazapado hasta la roca y se sentó a observar a la joven nadadora. Su cuerpo sobresalía por la superficie mezclándose sinuosamente con el dibujo del agua.

La mujer se zambulló un largo rato. Las ondas desaparecieron y el guerrero esperaba que retornara a la superficie. Pero no salía del agua. Se acercó a la orilla para ver qué había pasado con la chica. Miró y no vio nada, nadie.

-¿Qué quieres? –se escuchó a su espalda a la vez que algo puntiagudo apretaba su nuca.

El guerrero quedó paralizado, entendiendo que se trataba de la chica y que lo que se clavaba en su cuello era la punta de una de sus flechas.

-No quiero hacerte daño, mujer. Solo te miraba.

-¿Quién eres, guerrero?

-Soy Chowarit, hijo de Glaüch, hechicero primero de Storga.

-¿Y cómo un hechicero puede tener un descendiente? ¡Está prohibido!

-Eso fue antes de nombrarle en el cargo, mujer. ¿Quién eres tú?

-Mi nombre es Eyeth, capitana de las amazonas de Inquiria.

-¿Y qué haces aquí sola sin ningún vasallo?

-Abandoné el poblado sin apoyo de ninguna de mis súbditas.

Chowarit se giró lentamente para ver a la capitana. Estaba de pie frente a él, con el arco en alto, tenso, a punto de ser utilizado. Veía sus músculos igual de rígidos que la cuerda de cola de caballo al estar estirada hasta su máxima extensión. La miró de arriba abajo. Continuaba estando desnuda y mojada. Al guerrero se le antojó preciosa en ese momento. Nunca antes había visto una mujer desnuda, y menos de tan lograda belleza.

-Baja la flecha, mujer. Y enfúndate en la túnica antes que tu bello cuerpo sea agredido por el frío.

Eyeth se sonrojó al sentir que su cuerpo desnudo era observado, no sólo por un guerrero, si no por un extraño. Desistió el amenazarle y caminó a recoger su vestimenta. El guerrero no le quitó la vista mientras se vestía. Notó una sensación en su entrepierna que no conocía hasta entonces. El deseo de poseerla creció en su mente.

-¿Por qué abandonaste el poblado sola?

-¿No sabes nada de lo que ha ocurrido?

El guerrero negó con la cabeza a la vez que se sentaba frente a ella. La amazona percibió el bulto que pronunciaba el cuero que tapaba las partes más pudorosas del chico.

-Krhan, brujo de Inquiria, se ha sometido a las órdenes de Ülrôf.

-¿Ülrôf? –pronunció afligido el guerrero –. La última vez que vi a mi padre iba a su encuentro.

-¿Tampoco sabes nada de tu padre?

El guerrero, consternado, esperó a que la capitana le explicara todo lo que él no sabía.

-Hace dos ciclos, el brujo Ülrôf convocó una asamblea con los otros tres brujos, hechiceros, del reino. Krhan, de Inquiria; Mälstrôm, de Erwit; y Glaüch, tu padre, de Storga.

»Se convocaron los cuatro para formar una alianza y poder combatir contra los demás reinos que ocupan las Tierras del Norte. Ülrôf quería crear la Hermandad de la Alta Torre. La primera misión consistía en hacerse con el poder de los respectivos poblados, engañando con hechizos a sus señores feudos. En Inquiria, igual que en Erwit y Fyijan, nuestros señores han sido vencidos y el poder ha pasado a manos de los brujos.

»Tu padre asistió también a la asamblea, pero no accedió a someterse a las órdenes de Ülrôf. Sabía que si el poder de los cuatro pueblos conseguía unificarse bajo la mano del lado oscuro, la paz nunca nos sería devuelta; entrando en una guerra continua contra los demás reinos y haciendo que perecieran cientos de habitantes. Sumiendo a la Gran Tierra en un período de destrucción y aniquilación.

»Ülrôf, aunando su poder con los otros dos atemorizados brujos, acabó con la vida de tu padre y, según contó el oráculo de mi tribu, antes de caer en sucias manos, se llevaron consigo las almas de todo tu poblado.

-Cierto. Pero yo conseguí devolverles sus almas y romper el hechizo que lanzó hacia mi pueblo. Todas menos…

-Todas menos la tuya, ¿cierto?

-¿Cómo sabes eso?

-Porque antes tenía mucho poder sobre mi poblado. Al ser la capitana de las amazonas, las vigilantes de mi gente, gozaba de la confianza de los altos cargos, entre ellos Krhan y el oráculo. Sé que Glaüch tenía un hijo, y que por ser hijo de un hechicero, su alma sólo podía ser encarcelada en la esfera de Ülrôf. Tu alma es fuerte, guerrero, por eso eres especial.

»Poco después comprendí el mal que se estaba creando con la Hermandad y desistí en apoyarles. Intenté crear un grupo de proscritas, guerreras bajo mi mando, pero me dieron la espalda al contarle a Krhan mis intenciones. Desde entonces huyo de mi poblado, mis enemigos, mis… seres queridos. Todos están sometidos bajo las órdenes de Krhan, y éste bajo las de Ülrôf.

-Voy en busca del brujo para acabar con su vida y recuperar mi alma. Pensaba que encontraría a mi padre, pero ahora ya…

-Ahora ya es inútil su búsqueda, pero no debes detenerte con esa misión tan especial que los Dioses te han adjudicado –contestó Eyeth cogiéndole de la mano –. Aquí tienes una nueva aliada, si quieres mi ayuda.

-No voy a poder hacer esto solo, capitana. Así que, si estás dispuesta a perder la vida en el intento, seas pues bienvenida -agachó la mirada al suelo -. Siento mucho haberte observado mientras tomabas tu baño –dijo sonrojándose.

-Ya vi que lo que recreaba tu mente era algo bueno -sonrió -. No te preocupes. Yo tampoco he visto nunca un hombre desnudo. Comprendo que el calor pudiera contigo.

Pasaron la tarde acomodando el lugar para poder descansar. Colocaron cañas y hierba para amortiguar la dureza del suelo abrupto. El guerrero observaba a la mujer cómo cogía algunos peces blandiendo una de sus flechas.

Pronto la noche cayó y, con ella, el crepitar de las ramas quemándose lentamente entre las llamas de la hoguera en la que habían los peces que iban a comer. El sonido del río acompañaba los últimos resquicios de las brasas humeantes, encercadas en un círculo de piedras del que salía una fina y titubeante columna de humo que se perdía en el techo negro estrellado.

Cuando tan sólo quedaba la única luz pálida de la luna, el cuervo blanco reposaba sobre la rama de un árbol cercano y unas sombras se movían lentamente entre gemidos de placer.

sábado, 12 de enero de 2008

Stonehenge - Cuentacuentos 31

(Dedicado a Brian)


Pasaron varios días hasta que alguien cayó en la cuenta de que los sueños habían desaparecido. Cuando comprendió lo que ocurría decidió presentarse ante el Supremo para hacerle llegar la noticia de su descubrimiento.

Ataviado con la negra capa, ocultado bajo el gran capuchón, abandonó la aldea montado a lomos de su fiel compañera de viajes.

–Vamos, Swothie –le susurró a la mula –. Antes que despunte el alba debemos llegar.

El animal rebuznó con suavidad y emprendió la caminata lenta y tosca que los llevaría más allá de las colinas verdes.

La noche se presentaba despejada y fría. Las estrellas mostraban el camino con su luz tenue, azulando las sombras de los recovecos de los incontables meandros que surgían en su avance por el sendero. La ascensión no era fácil para una mula de tan avanzada edad, pero Brian sabía que podía confiar en ella; como lo había hecho durante su corta vida. Vaciaba los fardos lentamente para aligerar el peso que soportaba el animal, comiendo y bebiendo lo que se le antojaba y tirando al camino lo que no podía tragar, dejándolo a merced de los animales que poblaban aquellos lares.

Al cabo de muchas horas, justo en el momento que los primeros rayos de luz despuntaban por el horizonte, la majestuosidad del astro rey asomaba por la negra silueta recortada de Stonehenge. Brian experimentaba en su cuerpo una sensación de alegría y miedo a la par. Los escritos que dejaban sus antepasados en el Gran Libro de la aldea explicaban los contados y atrevidos encuentros que los más osados habían ostentado con el Supremo. Tan sólo unos pocos –muy pocos –, consiguieron salir de los agujeros de Aubrey con vida; ya que se paga con ella la ira del Supremo si es molestado por nimiedades impropias de un ser como él. Brian sabía que su petición, su noticia, no dejaría indiferente al amo y señor de aquellas tierras. Respiró hondo y se armó de valor. Animó a su querida Swothie a avanzar esos últimos metros que los separaban del milenario y sacro lugar. Una vez allí, bajo el primer dintel, descendió de la mula y penetró donde la oscuridad aún gobernaba.

Del pequeño zurrón extrajo las cuatro piedras preciosas de la aldea. Las dispuso sobre el altar del rezo tal y como indicaba en las litografías del Gran Libro. Apoyó una de sus rodillas en el suelo, agachó la cabeza, y pronunció un salmo en la Alta Lengua.

Esperó en silencio, escuchando el silbido del viento perfilando la silueta de la arenisca azulada que se alzaba a su derredor.

El viento trajo consigo palabras inteligibles que Brian se esmeraba por traducir. Pero su esfuerzo fue en vano. Volvió a rezar el salmo invocatorio.

La corriente se acentuó, recorriendo cada espacio libre de piedra, deslizándose con brusquedad sobre la superficie del altar. Brian vio entonces cómo las piedras de la aldea comenzaban a moverse formando círculos, levitando a escasa distancia de la roca; y una voz le habló en estruendosa aparición.

–¿Qué quieres, mortal?

–Ya sabes a lo que he venido, Señor –contestó Brian con firmeza –. Vengo en busca de los sueños perdidos de las gentes de mi aldea.

–Brian Edward Hyde –dijo en tono misterioso –. ¿Por qué crees que debería escuchar tu suplica?

–Porque eres el Señor que a todos nos rodea; porque es tu deber cuidar de los que creen en ti y porque sin los sueños, los niños de la aldea, del condado y de la comunidad, no crecerán pensando en la felicidad. Y porque yo, insignificante ante tu poder, te lo imploro.

–Eres bueno de corazón y valiente en tu decisión, joven. Pero si has venido hasta aquí para invocarme, sabrás que has de pagar un alto precio para poder marchar.

El joven afirmó bajando aún más la cabeza.

–Dime cuál es mi castigo por hacer felices a los demás.

–Tu castigo, por la osadía con la que me has invocado, será viajar por los valles de tu extensa comunidad, haciendo que los niños de las incontables aldeas vuelvan a soñar, a recobrar la ilusión. Vagarás por los senderos en total solitud, recitando cuentos y repartiendo magia con tus palabras hasta el fin de tus días. Acepta o deja la vida. Es mi decisión.

–Acepto, Señor.

–Ve, pues. Que los caminos de los bosques hagan de guía en tu cometido.

La voz se desvaneció con el cese del viento. Brian colocó con suavidad las piedras en su escarcela y abandonó el sagrado lugar montado en la que, a partir de aquél momento, se convirtió en su perpetua compañera de caminos.

Oculto bajo el gran capuchón, se tambaleaba a merced del animal con un solo pensamiento: de por vida sería un solitario Cuentacuentos.

jueves, 3 de enero de 2008

Conversaciones - Cuentacuentos 30

-Los muertos no necesitan aspirina, cariño.

-¿No papá?

-No mi amor. Ve a dejarlas de donde las has cogido.

-Se las voy a dar a mamá.

-Espera…

Pero la niña ya salió de la habitación, corriendo lo que sus cortas piernas de seis años le permitían avanzar. Llegó hasta su madre y le tiró del velo. Ésta se inclinó para escuchar el susurro de su hija. De sus ojos salieron las últimas lágrimas que aún no había conseguido derramar. El hijo mayor arropó a la madre entre sus brazos y la abuela se llevó a la niña a dejar el bote en su sitio.