miércoles, 26 de marzo de 2008

La Plaga - Cuentacuentos 35

Supo que había sentido miedo cuando miró hacia atrás sin que ninguna causa lo justificara. Fue tan sólo el reflejo del él en el cristal del escaparate. Le miraba con los ojos muy abiertos y oscuros, la boca caída y babeante; mostrando una grotesca sonrisa hambrienta.

No podía creer lo que estaba ocurriendo en el pueblo. La gente se había vuelto loca de la noche a la mañana y le daba la impresión que sólo él, y los pocos compañeros con los que habló por internet, eran los únicos que se habían librado de aquella extraña rabia. Incluso su hermana Penélope, pobrecilla… Marcos corría hasta la siguiente bocacalle con la imagen de su hermana pequeña intentando morderle, con la cara descolocada; y cómo tuvo que deshacerse de ella con lo único que había en aquel momento al alcance de su mano. “Espero que me perdone”, pensó, mirando la sangre reseca de sus manos.

Al doblar la esquina vio a un grupo de tres o cuatro personas que caminaban con la cabeza gacha, lanzando gruñidos inteligibles. Marcos se paró justo a la altura de la señal de tráfico e intentó disimular quedándose inmóvil. Por la esquina de enfrente bajaba la señora Higgins con la cesta de la compra en una de las manos y la vista ocupada en un panfleto de las ofertas que los grandes almacenes ofrecían para festejar el día del padre. “Menudo regalo le he dado al mío”, pensó de nuevo al recordar el cuerpo de su hermana pequeña cómo caía sin vida al lado del de su madre, y cómo el gran cenicero de mármol intentaba rebotar sobre el parquet cubierto de sangre. “¿Qué le digo? Feliz día del padre, papá. Como mamá y Penélope se han vuelto unas asesinas locas las he tenido que matar a golpes”, bromeó para sus adentros, por el pánico.

La señora Higgins se detuvo un momento a mirar algo que llevaba en el cesto. Los cuatro perturbados se separaron entre ellos formando un cuadrado sin dejar de avanzar. La vieja retomó su camino hacia ellos. Desde donde estaba Marcos podía escuchar los sonidos que emitían de sus bocas; algo parecido a un código a base de gruñidos. “¿Qué coño estarán diciendo?”, se preguntó. La mujer pasó a través de ellos y el que iba más en cabeza se giró de repente y la agarró del pelo sin miramientos. Los dos de atrás comenzaron a darle patadas y puñetazos hasta hacerla caer al suelo. Luego saltaron sobre ella para mordisquearla y arrancarle jirones de piel y carne con los dientes. Al poco rato, la mujer no era más que un amasijo de carne desperdigada sobre un cuerpo irreconocible; y algunos trozos de tela que el viento ondeaba a su merced.

–¡Eh! –gritó el chaval desde su posición –. ¡Hijos de puta! ¡Venid aquí si tenéis cojones!

El grupo dejó el cuerpo de la vieja tendido en el suelo y se incorporaron mirando hacia el chico. Sus caras y ropas estaban empapadas de sangre. Sus ojos eran completamente negros. Avanzaron lentamente hacia él dejando un rastro rojizo por el suelo. Uno de ellos masticaba algo duro todavía. De pronto se detuvieron mirando más allá. El chico no entendía qué pasaba hasta que escuchó el mismo sonido inteligible a su espalda. Presa del miedo, se giró lentamente temiendo lo peor.

Allí detrás estaba su padre, lanzando gritos de rabia con los mismos ojos.

martes, 18 de marzo de 2008

La llamada del ocaso - Cuentacuentos 34

Llegó la oscuridad, y con ella una lágrima resbalando por su mejilla fría como el hielo, firme como el yunque que afila a golpe de martillo su corazón incandescente.

Sus ojos vieron el ocaso de la vida lúcida y bienaventurada que habían acaecido. Consiguió elevar sus almas hasta el más alto de los pedestales, triunfado sobre el mal con cuerpos empobrecidos. Surcando las derrotas en pos de la libertad de la raza humana, esgrimiendo, con coraje, el ultraje de los poderosos. Su cuerpo se tornó yermo al dolor de sus bífidas lenguas. Escamas coloridas que ocultan cómo el horror camina de la mano del miedo; solapando sus menguas con sangre, gritos y furia. No podía ver más en sus ojos que el odio a sí mismo, a ellos mismos.

Juró, bajo la tutela del más alto, que jamás volvería al lugar profano. Decidió abdicar con sus allegados y fieles el camino de espinas que guardaba la luz al final. Pero sus plegarias no fueron escuchadas por quienes la obligaron a olvidar y reprimirse al mundo terrenal que pisa. No consiguió hacerlo y eso la sumió en un estado pesado desalentador. No vio otra solución para este mundo. Volvió al mismo lugar que un día abandonó.

Pandora se sentó en lo alto de las escalinatas desde donde podía vislumbrar los confines de la tierra; allí donde el principio del mar no es más que una ancha línea que fusiona con el horizonte. Hasta donde alcanzaba su vista no veía más que sangre y muerte. Hombres abominados sedientos de venganza, hambrientos del cólera que la codicia les pedía desde su interior. Horrorizada, apretó sus ojos mientras acariciaba el suave tacto del marfil de la tapa. Sus dedos zigzaguearon a través del relieve de sus formas hasta que notó el ínfimo frío que emanaba del pequeño seguro de latón. Respiró hondamente, hizo correr la varilla y abrió lentamente la caja.

Abrió de nuevo los ojos, asustada. La oscuridad había llegado, y con ella una lágrima resbaló por su mejilla y las sombras de cuatro jinetes abandonaron el interior del cofre para cumplir con lo pactado desde el día que fueron invocados en su cautiverio.

martes, 11 de marzo de 2008

Cortando por lo sano - Cuentacuentos 33

–Me dijiste: “Los árboles son vividores pretéritos en otoño que en primavera camuflan su pasado con hojas verdes y, si son presumidos, con flores de cualquier color”; ¿lo recuerdas?

Agachó la cabeza sonrojada. Intentó mirarse los dedos de los pies que asomaban por las puntas de sus zapatos veraniegos. Estaba nerviosa y, ahora, confusa y escandalizada interiormente con ella misma. Sus manos temblaban nerviosas escondidas tras su espalda. Podía notar el sudor que desprendía la palma de su mano al pasar la yema de los dedos.

–Y continuaste: “Y nosotros, como esos árboles, dejamos caer nuestras hojas como caen nuestras prendas. Pero nuestro amor es perenne; tenemos lo bueno de ellos en según qué caso”; supongo que también lo recuerdas, ¿no? Al igual que el castaño que señalaste a lo lejos, sobre la colina; aquél tan grande y hermoso que gobernaba la cima a la vista de los curiosos, que quisiste comparar con nuestro amor y que juraste que dejaríamos de querernos el día que ese árbol quiera dejar su vida, recoja sus raíces y deje envejecer su tronco hasta dejarlo hueco; como me has dejado ahora a mí por dentro.

Clara levantó la cabeza y Miguel vio cómo sus ojos estaban impregnados en lágrimas. Un velo rojizo los cubría volviéndolos brillantes, acristalados. Ella no tenía fuerzas para contestar a sus preguntas. Él sostenía con rudeza el vasto mango del hacha; la miraba con el mismo odio que miró a su padre la vez que vio darle una paliza a su pobre madre, encastrada en la esquina de la habitación. El cuello estaba en tensión y sus labios apretados con la máxima fuerza posible, conteniendo las palabras que pasaban por su mente; unas palabras que ni siquiera él quería escuchar pronunciar de su boca. Se echó un paso hacia atrás y levantó el hacha hasta colocársela sobre el hombro.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó Clara horrorizada.

–“El día que el árbol acabe con su vida acabará también nuestro amor”; ¿recuerdas? Pues voy a ahorrarle el sufrimiento. Espérame aquí si quieres; si no, vete.

Clara vio como Miguel emprendía la ascensión por la ladera que llevaba hasta la cima de la colina donde reposaba el centenario castaño, con el hacha reposando sobre el hombro y el filo mirando hacia el cielo.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Todo por un sueño - Cuentacuentos 32

–Soy el mendigo que sólo acepta sueños –contestó con mirada perdida –. Deambulo por las calles que todo el mundo pisa pero que nadie mira la huella que deja en ella. Y huellas hay tantas como vidas recorren estos parajes de asfalto y hormigón. Soy uno más, aunque sé que no paso desapercibido a la vista de la gente. No me importa que me reprochen que no haga nada con mi vida. ¡Qué sabrán ellos! Ellos. Ellos sí me importan a mí, pero no se dan cuenta. Un hombre, ataviado con gabardina y maletín, con la vida pendiente del reloj y el trabajo antepuesto a cualquier otro quehacer cotidiano, pasa por mi lado suspirando, aquejándose porque sus endebles piernas ya no aguantan el ritmo de la vida de comercial, lanza un “ojalá hubiera…” y ese “ojalá hubiera” lo anoto en mi roñosa libreta de apuntes. Con ella, y las pocas limosnas que las escasas almas caritativas dejan en mi tazón de lata, me voy a tomar un café con leche bien calentito, me siento en la última silla de la terraza para no molestar al personal del interior y escribo en las hojas que quedan libres sobre ese hombre de la gabardina y el sueño que desea y que convierto para él. Quizá no sea feliz en su vida real, pero sí en la que me invento. Quizá, también, mi relato no le sirva de gran ayuda ni le haga bien para su ser, pero lo dejo ahí, una vez terminado, sobre la mesa, con la esperanza que alguien lo coja, lo lea, y, por un instante, sienta algo diferente a cuando ha llegado. Y así lo continúo haciendo. Desde hace ya muchos años que sólo voy recogiendo los sueños de las personas y los convierto en realidad de tinta y papel.

–¿Y cómo era antes?

–¿Antes? –preguntó, pensó y soltó una carcajada –. Antes no era muy diferente a ahora. Pasaba muchas horas escribiendo en un piso mediocre que aún debe sostenerse en pie, a tres calles de aquí. Nunca llegaron a publicarme nada y los cajones y armarios empezaban a ceder al peso de tanto papel escrito. Me di cuenta que escribía por amor al arte y quería que la gente me leyera. Antes era alguien con un piso, un nombre y un sueño; ahora no tengo piso y he olvidado mi nombre, pero al menos he cumplido mi sueño. Ahora continúo escribiendo y la gente me lee más que antes.

–Del anonimato a ganador de un premio tan prestigioso como el Tusquets. ¿Ya sabe en qué va usted a administrar el dinero conseguido con dicho premio?

–¡Por supuesto, joven! –sus ojos brillaron cuando asomó su sonrisa –Voy a comprarme una caja de bolígrafos y un centenar de libretas; y con lo que sobre para cafelitos en el bar que desde hace veinte años me reserva la última mesa de la terraza.