domingo, 27 de abril de 2008

ADN - Cuentacuentos 41

Es difícil ver un gato negro en una habitación oscura, especialmente cuando el gato no está. Y lo mismo le pasó al inspector M. Hell al llegar a la habitación del crimen: que el muerto no estaba, tampoco. Las persianas estaban subidas y la luz de aquella mañana hacía brillar con intensidad las pequeñas salpicaduras rojizas que campaban como estucado por las paredes. Una gran mancha en el suelo –posiblemente donde debía encontrarse el muerto desaparecido –, y una decena de casquillos esparcidos alrededor. Pensó que se trataba de una broma de su compañera y la llamó para cerciorarse.

¿Sí?

–¿Has comprobado ya los análisis de los restos de sangre?

Estoy a punto de obtener los resultados, Hell. ¿Cómo va por allí? –su voz era acompañada por los pitidos de las máquinas del laboratorio.

–Bien, María –carraspeó y se llevó un cigarrillo a la boca mientras miraba a todos lados –, oye… ¿estás segura que el muerto estaba bien muerto?

¡Claro! –afirmó con una sonora carcajada –¿Por qué no habría de estarlo? ¿Ocurre algo, Hell?

Ocurre que aquí no hay ningún muerto, ¿sabes?

–…

–¿María?

¿No podrían habérselo llevado? Quizá el asesino aprovechara la ausencia de personal.

No hay ningún rastro por el suelo. Ni de ser arrastrado ni de pisadas de nadie. Esto no será una broma de los chicos del forense, ¿no?

Los del forense no han llegado aún, Hell. Acabo de hablar con ellos.

Joder… –tiró la colilla encendida por la ventana y volvió a sentarse en la butaca, mirando excéntrico la mancha del suelo –. ¿Cómo llevas los resultados?

–…

–¿María?

–…

–¿¡Maríaaa!?

Hay algo extraño en los análisis. Algo…

–¿Algo…?

Su código de ADN es muy extraño, Hell. ¿Estás aún ahí?

–Sí, María.

Pues sal lo más rápido posible. Esto no me gusta nada.

–¿Pero qué ocurre?

¡Que salgas de ahí, joder!

El inspector M.Hell se levantó de un salto y corrió hacia la salida. Al cruzar el umbral de la puerta, tras el marco apareció una mano que le golpeó en mitad de la cara. Cuando recobró la visión, la última imagen que quedó plasmada en su retina fueron los dos grandes y brillantes ojos que desaparecían a un lado de su cara, justo antes de notar los fríos colmillos cómo le desgarraban la piel, penetraban en su cuello y succionaban hasta hacerle perder el conocimiento.


Normalmente hay diferentes versiones de lo que se cuenta. Otra de ellas, quizá la mejor, viene desde la otra punta del mapa; desde el otro lado de la línea: María



jueves, 24 de abril de 2008

El Reto de Cuentacuentos - Cuentacuentos 39

“Escritores somos todos”, me afirmó una vez mi padre. No entendí qué era lo que con esa frase quiso decirme. Todo porque le pregunté una vez por qué se pasaba tantas horas escribiendo, encerrado en su despacho, con el piqueteo de las teclas resonando por la estancia como única compañía. Desde muy pequeño que recuerdo la imagen de él, sentado en una silla sencilla, tecleando su vieja máquina de escribir rodeada de cientos, si no miles, de hojas formando columnas que a mi corta edad se me antojaban infranqueables. Supuse que mamá se habría acostumbrado a su clausura, entre cuatro paredes cubiertas por grandes estanterías que, quise pensar desde siempre, soportaban miles de libros.

–Papá –interrumpí para llamar su atención y ver que me interesaba por él –, ¿cuál es el libro que más te ha gustado de todos los que has leído o escrito?

Mi padre cesó el tecleo. Alzó la mirada por encima de las gafas que le pendían de la punta de la nariz y me mostró una gran sonrisa que le iluminó toda la cara. Me hizo un gesto para que me acercara a él y me sentara en su regazo. Se colocó bien las lentes y se atusó su flequillo rebelde que le colgaba sobre los ojos.

–Ay, mi niño –suspiró acariciándome la cabeza con ternura –. ¿A qué viene esa pregunta?

–Pues porque siempre estás aquí encerrado y rodeado de libros y siento curiosidad por saber cuál es el que te gusta más, papá.

–Verás, Edgar. El libro que más, pero que más me gusta, es el que escribo día a día.

–Pero es que siempre estás escribiendo cosas. ¿Qué es lo que escribes, papá?

–Escribo mil historias, cielo –contestó bondadoso sin haber perdido la sonrisa –. Tantas historias como palabras tiene nuestro idioma.

–¿Y por qué escribes? ¿Por qué eres escritor?

–Escribo porque una vez tu abuelo me enseñó que todos somos escritores, solo que no todos lo sabemos.

Me quedé en blanco en ese momento. No sabía qué pensar. Supongo que mi padre vio que mi rostro mostraba tanta ingenuidad que se apresuró a hacerme entender sus palabras.

–Vamos, Edgar. Coge el abrigo que te voy a enseñar algo para que lo entiendas.

Papá fue a hablar con mamá mientras yo subía a buscar el abrigo a mi habitación. Al bajar vi a mi madre con la misma sonrisa que mi padre. Me gustaba verles así de contentos, aunque no supiera del cierto el porqué.

La noche había caído en la ciudad y las calles del barrio eran más oscuras y angostas que cuando volvía del colegio, a media tarde. Íbamos cogidos de la mano calle arriba hasta la plaza mayor. Papá silbaba una melodía que me recordaba a algo que había escuchado cuando era muy pequeño. No decía nada. Cruzamos la plaza casi desierta y nos adentramos por un pequeño callejón que estaba medio camuflado entre las sombras que proyectaban las farolas de gas y la bruma a ras del suelo que flotaba por aquella época del invierno. Hacía frió, pero el entusiasmo que destilaba mi padre me calentaba el resto de mi pequeño cuerpo con el simple contacto de su mano.

A mitad de la altura de la calle había un antiguo edificio casi en ruinas. Una gran puerta de madera oscura y reforzada con grandes remaches oxidados estaba congestionada por dos gruesas columnas de mármol grisáceo. Mi padre golpeó la puerta con timidez. Pensé que quien tuviera que abrir aquél gran portón no habría podido escuchar los golpecitos que dio con el picaporte. Me acerqué a olfatear la madera que desprendía un goloso aroma a linóleo. Justo cuando mi nariz helada tocó la superficie, la puerta se abrió entre quejidos férreos y crujidos añosos. Un hombre alto, muy alto, cubierto con una sotana negra y un gran capuchón que le cubría casi la totalidad del rostro, nos dio la bienvenida agachando levemente su cabeza. Hizo un gesto con el brazo para invitarnos a pasar. Cerró, con la misma suerte de ruidos que se me antojaban las voces de las almas que habían cruzado aquella puerta tan antigua.

Sin pronunciar palabra alguna, lo que me pareció un monje guardián, pasó delante nuestro con un quinqué de luz amarillenta. Nos llevó por un pasillo estrecho y oscuro. Al llegar al final abrió una puerta y nos hizo pasar. Estábamos en una gran sala circular repleta de estanterías y libros por doquier. El hombre le cedió el quinqué a mi padre y desapareció por la puerta, como una sombra más. Mi padre me miró sonriente y se llevó el dedo a sus labios para decirme que no hiciera preguntas. Mi cabeza estaba a punto de estallar de todo lo que por ella fluía. Preguntas. Repuestas hipotéticas a esas preguntas. Y más preguntas. Y… toda la información que mis ojos iban recogiendo que se entremezclaban con esa infinidad de incógnitas a las que mi padre acalló con tan solo un simple dedo. Me hizo un gesto con ese mismo dedo, señalando uno de los muchos pasillos que partían desde esa sala hacia todos los lados. No sabía dónde me llevaba, pero le seguí, perplejo.

El pasillo conducía hasta otra sala circular igual que la primera. Mi padre la cruzó sin mirar a ningún lado y continuó por otro de los pasillos que partían de esta. Y así hasta cruzar tres salas más. Al final llegamos a una en la que mi padre se paró en el centro, dejó el quinqué en el suelo, y se sentó a su lado, diciéndome que me sentara yo con él. Y así lo hice.

–Mira, mi niño –dijo en voz baja –, aquí me trajo una vez tu abuelo cuando yo le hice la misma pregunta. Pregunta que me respondió con la misma respuesta que te he dado a ti. Espero que entiendas las palabras que te he dicho antes y supongo que ahora mismo debes estar digiriendo todo lo que hasta ahora has visto. Pues bien.

Miré a mi padre atónito sin saber qué contestarle. Él se dio cuenta de mi perplejidad y prosiguió:

–Todos somos escritores, aunque no todos lo sepamos. Cada día que pasa es un capítulo que rellenamos en el libro de nuestra vida. Porque cada uno tenemos nuestro propio libro, que vamos escribiendo. Cuando tu abuelo me mostró el mío, y descubrí mi vida escrita en él, fue cuando decidí que quería ser escritor; no para escribir mi vida, porque de eso se encarga el tiempo, sino para escribir mil vidas e historias para esa gente que no conoce su propio libro.

Calló. Me miró con ojos cándidos que brillaban contra la luz amarillenta que nos rodeaba y nos acogía como una gran burbuja protectora. Yo seguí sin decir nada.

–Así que tu pregunta ha encendido de nuevo la llama. Papá me dijo que no todo el mundo conocía este lugar; más bien pocos. Y que quien lo llegaba a descubrir renegaba de su vida para convertirse en escritor; para ayudar a los demás a soñar con las vidas que los elegidos creaban. Tu abuelo fue un gran escritor, Edgar. Igual que su padre y su abuelo. Igual que lo soy yo y que un día tú lo serás; porque a partir de aquí ya no hay vuelta atrás. Así que ahora mismo ponte en pie y descubre cuál es el libro de tu vida.

Miré a mi padre sin saber qué decirle. Quería comprender bien sus palabras pero sabía que no había mucho tiempo para más explicaciones. Ser escritor… no me parecía mala idea. Aunque como él me había dicho: una vez se enciende la llama ya no puede apagarse. Asentí su propuesta y me puse en pie. No sabía muy bien qué es lo que buscaba allí, entre los miles de libros que nos rodeaban en aquella gran sala circular. Pero algo me decía que debía buscar y que lo encontraría; fuera lo que fuese. Caminé por las escaleras y pasillos que rodeaban las estanterías. Rozando los lomos de todos los libros con las puntas de mis dedos. Sintiendo lo que me decían en silencio. Subí al segundo nivel y caminé pegado a la barandilla hasta dar la vuelta por completo. Nada. Llegué hasta el tercer nivel. Vi a mi padre en mitad del círculo que marcaba la luz del quinqué. Él me miraba y me animaba con las manos a continuar buscando. Al subir al cuarto y último nivel vi algo que brillaba en mirad de la oscuridad. Al acercarme me di cuenta que era un libro relativamente nuevo. El resplandor que desprendía era el de sus letras doradas impresas en el lomo. Al leerlas me quedé alucinado: Edgar Higgins Clarke; yo. Lo cogí y pasé sus hojas lentamente escogidas al azar. En ellas habían escritas los pasajes más importantes de los recuerdos que he vivido durante los doce años que llevo en vida. Recuerdos buenos y recuerdos malos. Incluso secretos que nadie más conocía estaban allí escritos. Al llegar al capítulo trece se acababan las letras. Eran todo páginas en blanco hasta su final. Comprendí entonces de qué me estaba hablando mi padre. Entendí que era el libro mágico de mi vida. Mi libro. Mío. Descendí apresurado hasta llegar junto a mi padre y abandonamos aquél mágico lugar. El hombre de la túnica se despidió de nosotros del mismo modo que nos había recibido.

Ya fuera, descendiendo la calle anegada por la bruma, mi padre me miraba feliz.

–¿Has comprendido lo que debes hacer a partir de ahora?

Yo asentí contento, con mi libro a cubierto bajo el abrigo, y con ganas de despertar al día siguiente y poder escribir todas esas historias que mi imaginación recreaba… junto a mi padre.

miércoles, 16 de abril de 2008

En el Dick's - Cuentacuentos 38

La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Derek le miraba de arriba abajo, recordándole más escuálido y huesudo. Martin se sentó a su lado, dejó el sombrero sobre la barra y pidió la misma bebida que su viejo amigo.

–Has adelgazado mucho, Derek –comentó antes de encenderse un cigarro –. Te imaginaba igual de gordo que hace veinte años.

–A ti los años te han cambiado también, Martin. No solo por tu cuerpo, si no, también, por tu rostro, demacrado. Pareces cansado.

–Lo estoy, Derek. Lo estoy.

–¿Por qué abandonaste el pueblo, Martin?

–Porque no quería acabar como vosotros, Derek –hablaba sin mirarle, fijo hacia el espejo de detrás de la barra y controlando el resto del bar por el reflejo –. ¿Están vivos los demás?

–Casi todos están muertos. La maldita guerra nos engulló a todos con ella.

–Pero tú estás vivo, ¿no? –tiró la colilla al suelo y se bebió la copa de un trago. Hizo un gesto con la cabeza para que fuera rellenada –. ¿Quieres otra?

Un negro voluminoso entró en el local, arrastrando un pesado bulto. Lo dejó frente a la barra, al otro lado del pasillo. Se quitó la americana negra que llevaba puesta, tan apretada que incluso Martin podía ver el relieve que los números de su documento de identidad marcados en el bolsillo izquierdo del pecho.

–Ponme un Jack Daniel’s, McDoo –pidió el negro al camarero –. Necesito fuerzas. ¡No veas lo que pesa el muerto!

Risas entre el negro y el camarero.

McDoo colocó las tres copas en fila y las llenó a la vez haciendo un vaivén sofisticado con la botella de whiskey. Una vez llenas, las hizo deslizar por encima de la barra con suaves gatillazos; como el mejor de los crupieres. El negro hizo un juego de muñeca tan preciso que, cuando Martin quiso darse cuenta, se había ventilado el contenido del vaso. Sonrió al camarero con su contrastada dentadura y continuó arrastrando el bulto hasta el final de pasillo.

–Sí, Martin –prosiguió el amigo –. Todos muertos y yo bien vivo. Porque he sabido moverme por este barrio.

–Sé que has sabido moverte, Derek. Ya me lo han comentado.

–Y tú deberías haber hecho lo mismo y quedarte con nosotros.

–¿Para qué? –sacó otro cigarro de su pechera –. ¿Para morir como ellos? ¿O para convertirme en lo que lo has hecho tú?

–No me he convertido en nada, Martin. Sólo he intentado sobrevivir aquí; con los míos.

–¿Y quién son los tuyos, Derek? ¿Quién?

–Sabes que no voy a decírtelo, Martin. No soy un soplón de los tuyos. Aquí la gente me conoce. Te conocen. Y saben con quién deben andar con cuidado y de quién fiarse.

El negro abría lentamente el bulto, mirando a los dos hombres de la barra y escuchando los resquicios que le llegan de la conversación. Martin lo está mirando de reojo por el espejo mientras habla con Derek.

–Sólo dime un nombre importante y me iré de aquí.

–…

–Derek…

–¿Hace mucho que estás metido en esto?

–¿En el cuerpo?

–No, Martin. En este caso.

–Desde que me enteré que la investigación había llegado hasta aquí; hasta este maldito pueblo.

–¿Y qué pensaste cuando supiste que yo estaba metido en el ajo? –ahora fue Derek quien pidió la siguiente ronda.

–Pensé que habría alguna equivocación. Cuando vi tu nombre en la ficha no pude creerlo, pero al llegar aquí y preguntar a los viejos conocidos, me resigné a la verdad.

El negro extrajo del bulto un enorme contrabajo, lacado a la perfección y pulido con mimo. Sus enormes dedos golpearon las cuerdas con fuerza para hacer que la caja de resonancia temblara sus notas. Unos dedos que no habrían cabido en el agujero del gatillo de una pistola cualquiera. Por la puerta del Dick’s entraron tres hombres trajeados, cada uno portaba maletín –uno de ellos parecido a la funda de una metralleta –, con sus Pork Pie’s cubriéndoles la cabeza. Eran amigos del negro, de su banda de jazz. A Martin se le antojaron más amigos de Derek, por las pintas. Subieron al escenario sacando sus instrumentos metálicos de los estuches y engrasando bien los pistones de las trompetas y saxo; todo un lujo dorado entre sus manos. La música empezó a sonar tímida y lenta.

–Pues ya ves que tus informes no se equivocan, Martin. ¿Qué vas a hacer entonces?

–Debería entregarte al comisario Roberts.

–¿Y?

–…

–Martin… ¿y?

El cansado inspector Martin se acabó la copa, miró de soslayo a su antiguo amigo del alma y abandonó el taburete en dirección a la puerta, dejándolo allí sentado con la incógnita que le depararía el futuro. Su rostro expresaba tranquilidad, pero en su interior, la ira le corroía al debatirse entre el bien de la ley y el mal de la amistad. «¡Joder!», pensó. Veinte años para darse cuenta de la mierda que se había tragado su pueblo, su barrio, su gente. Derek era en único amigo que quedaba en las calles que le vieron crecer. Entregarlo al comisario sería como borrar todo recuerdo vivo de su infancia.

Esa noche la pasó tirado en la cama, despierto, con los ojos anegados en lágrimas mientras se fijaba en su placa del departamento y pensando en que la mañana siguiente llamaría a comisaría para confirmar que no había encontrado al sospechoso.

miércoles, 9 de abril de 2008

El Silencio - Cuentacuentos 37

La oscuridad lo envolvió todo, y supo que cuando volviese la luz todo habría cambiado. Deslizaba la mano por la pared tentando encontrar el interruptor. Se escuchó un crujido proveniente del otro lado de la sala. Un segundo después cayó algo al suelo y un monótono sonido aquejado llegaba a sus oídos con debilidad.

–¿Stephane?

Clarisse se apegó a la pared moviendo los brazos con rapidez, buscando el maldito interruptor.

–¡Stephane! –gritó aterrada al no escuchar su voz –Dios…

Pero ni siquiera Dios le contestó. La única persona que podía hacerlo era su marido, pero callaba. Clarisse intentaba ver algo en la oscuridad. Avanzaba horizontalmente hacia la derecha, donde ella recordaba –creía hacerlo – que se encontraba la puerta. No muy lejos de ella debía estar la llave que encendía la gran lámpara de araña que presidía la estancia. Después de algunos pasos notó que sus piernas le temblaban, que sus brazos no respondían con exactitud a las órdenes de su cerebro, y su respiración se hacía cada vez más dificultosa. Por fin consiguió llegar a tocar algo con sus dedos. Algo que la hizo detenerse y tantear, arriba y abajo, para descubrir qué era aquello. Paseó su mano temblante por el relieve de madera hasta darse cuenta que era la librería. El miedo, la ira, el pánico, la impotencia. Todo junto acrecentó sus movimientos involuntarios, consiguiendo que la estantería cediera y cayera al suelo, creando así una nube invisible de polvo almacenada en los cientos de libros que ahora estaban desparramados. Un polvo viejo que no hizo más que agudizar el penoso esfuerzo de Clarisse por respirar.

El monótono ruido de vaivén seguía oyéndose, cada vez más lento y más débil.

Clarisse intentó avanzar hacia el mismo sentido pero tropezó con la estantería caída; haciendo que ésta la hiciera caer también. Su cuerpo yacía sobre los libros y se movía de un lado al otro, apoyando las manos sobre sus lomos y resbalándose al intentar incorporarse. Escuchó un nuevo ruido que provenía desde fuera del salón: alguien estaba golpeando la puerta principal y unas ráfagas luminosas se deslizaban como cuchillas por debajo de la puerta.

–¡Socorro! –gritó la chica –. ¡Estoy aquí dentro!

Por las ventanas se introducían también otros haces de luz pero la frondosidad de las cortinas no dejaba pasar la claridad suficiente como para poder ver algo desde dentro. Clarisse intentó escapar de la montaña de libros sobre la que estaba, resbalando de pies y manos, hasta que al fin logró tocar la tupida alfombra que cubría el suelo. Un fuerte estruendo se internó por el pasillo hasta llegar a los oídos de la joven. Tras el fuerte estrépito se escucharon pasos. Muchos pasos ligeros que se acercaban al salón y unas ráfagas que enfocaban el denso y polvoriento ambiente que flotaba por la casa. Unos puntos de luz aparecieron por la puerta. Uno de ellos apuntaba a la joven, acentuando su rostro de pánico lleno de lágrimas; otro zigzagueaba por el aire, otro más que apuntaba hacia el techo. Éste último se quedó congelado en un punto y el resto siguieron la trayectoria hasta unirse con él.

–Oh… no… –dijo una de las voces que apuntaba con la linterna.

Clarisse se giró para mirar qué estaban enfocando. Junto a la lámpara de cristales que pendía del techo había una gruesa soga que se movía lentamente de un lado al otro. Más abajo estaba, colgando de ella, Stephan, su marido; con el pelo alborotado y un largo hilo de saliva que le llegaba hasta su pecho despojado. Estaba completamente desnudo y tambaleándose como un gigantesco péndulo, rozando con la punta de los pies la silla que meneaba tumbada en el suelo.

Clarisse ahogó un grito que hubiera despertado al mismo diablo.

miércoles, 2 de abril de 2008

d'Almagro - Cuentacuentos 36

(Dedicado a Aarón, mi "socio")


La mano no me tiembla mientras acerco la cerilla al cigarro que cuelga de mis labios. Tampoco me importa que vea el resplandor que ilumina mi rostro en ese momento. Mejor. Así podrá ver mi cara en dos ocasiones: ahora, tranquila bajo el fulgor amarillento del fósforo; y más tarde, enloquecida y brillante por el destello de mi Colt, cuando le abra un agujero en mitad de su cabeza.

La lluvia cae con furia sobre el tejado de chapa. El golpeteo de las gotas me martillean la cabeza –demasiado whiskey en el Dick’s –, y el sonido de los pasos que marcan los tacones de Clarisse se confunden con el chapoteo. De mi boca salen grandes cantidades de humo y vaho que crean una nube densa, desapareciendo acto seguido cuando intentan abrirse paso por la cortina de agua. Clarisse se pone a mi lado, resguardándose de la lluvia.

–¿Qué tal estás, cielo? –me pregunta secándose la cara; esa cara de muñeca de porcelana, cubierta de rizos pelirrojos.

–Vivo, Clarisse; si es a eso a lo que te refieres.

–No bromeo, cariño –dijo con cara de cabreo, posiblemente figurada –. Pensé que habría ocurrido algo peor.

–¿Algo peor? –le sonreí a la vez que dejaba salir en humo de mi boca lentamente, como largos colmillos que buscan su cuello –. Tú sabías que aquello era una trampa, muñeca. Lo que no esperabas es que saliera ileso del encuentro.

–¡Eso es mentira!

–¿Mentira? –dije señalando al futuro cadáver que estaba metido en su coche, vigilándome –. Pregúntale a aquél esbirro qué hace vigilando mi casa. Pregúntale a Patrick –si es que es su verdadero nombre –, por qué quería hacerme desaparecer anoche en los muelles. Supongo que se habrá llevado una sorpresa al ver que el cuerpo que flotaba cerca de los diques era uno de los dos matones que me siguieron. Supongo que tú también te habrás llevado una sorpresa, ¿no? Estaréis preocupados por lo que le debió pasar al que le acompañaba, el otro cabrón. Pues te diré dónde no está: no está ya en este mundo, cielo. Es más, creo que ahora se dedica a la desinfección exhaustiva de maleteros. Más concretamente en el maletero del Mustang del mismo Patrick. Aunque claro… no creo que ayer por la noche me viera meterlo en su coche, ya que estaba haciendo saltar los muelles de su cama con una furcia cualquiera –miré de soslayo a Clarisse y vi su cara de estupor –. Bueno, tanto como una cualquiera no, porque eras tú, ¿no, fulana?

Clarisse levantó la mano para abofetearme por mi grosería, pero se detuvo a medio camino, cuando notó la punta helada de mi estilete atravesarle tanto piel como carne; desde la papada hasta la lengua. Debía asegurarme que no gritara, y la mejor forma de hacerlo era cerrándole la boca como un pincho moruno. Intenté disimular haciendo ver que la besaba, por si el matón del coche estaba mirando la escena por el retrovisor. La besé –como tiempo antes lo hubiera deseado –, hasta que los finos hilos de sangre que le brotaron por la comisura de los labios dejó en mi boca el dulce gusto de la venganza. Me cubrí en las sombras para dejar su cuerpo tirado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas abiertas, como una simple puta; lo que era para mí.

Esperé el tiempo que hizo falta hasta que el esbirro se cansara de mirar por el espejo sin ver nada. La ventanilla de su lado estaba un par de dedos bajada y por la ranura abierta se deslizaba una cinta de humo. Se estaría aburriendo y querría matar su tiempo fumando. Eso iba a hacer yo ahora: matar su tiempo. Matarlo a él. Me acerque hasta la puerta del coche enfundado en mi gabardina. Las solapas del cuello levantadas y el sombrero caído hacia delante para cubrirme de la lluvia, para esconder mi rostro. Al llegar a la altura de la ventanilla y piqué un par de veces el cristal con el cañón de mi Colt, ya preparada.

–Perdone –le dije con cortesía –. ¿Tiene usted fuego?

El gordo matón se giró lentamente con cara de pocos amigos. No debía gustarle que le molestaran cuando estaba de servicio. Intentó mirar a través de la sombra en la que estaban ocultos mis ojos.

–¿Fuego?

¡Bang!

El cristal de la ventanilla saltó por los aires, hecho añicos. La cabeza del gordo cabrón fue a parar sobre el asiento del copiloto, con un agujero abierto en mitad de su cabeza y emanando un chorro de sangre que cubría parte de su cara –aún con los ojos abiertos –, hundida por el peso de lo que, a mi parecer, en aquel mismo instante, se me antojó una enorme sandía que perdía poco a poco su zumo rojizo.

No fue culpa mía, él fue quien dio la señal: dijo ¡fuego!, ¿no?

Las ventanas del callejón empezaban a abrirse. Curiosos que no les importa si una bala sale perdida e impacta en su vacía cabeza. Pobres vecinos míos.

Me metí deprisa por el portal del edificio y subí las escaleras corriendo. No quería que saliera la casera, con rulos y el batín de satén rosado, a pedirme el dinero del alquiler que hace un par de meses que no pago. Seguro que se habrá despertado a causa del disparo y que, frente a ella, estaría el televisor de gran pantalla anunciando algún producto que, jura y perjura, la hará rejuvenecer.

El apartamento estaba oscuro. Crucé el salón sumido en la penumbra para observar desde la ventana lo que ocurría en la calle. Algunos vecinos habían salido ya al exterior y estaban mirando hacia el coche. Sus caras reflejaban una suerte de asombro y miedo. El lugar olía a muerte. El salón olía a muerte, también. ¡Maldición! Escuché un sonido metálico a mi espalda a la vez que se encendía la luz. Al girarme, allí estaba él, con su sonrisa sardónica de cerdo americano.

–Lo has hecho bien, Vincenzo –me dijo, apuntándome con el arma –. Muy bien. ¿Ese era el sonido de una Colt?

Asentí.

–Pensaba que los sicilianos utilizabais vuestras patrias Beretta.

–Así es –contesté, mostrándole mi pistola aún humeante –. Pero aquí los cerdos son más grandes y gordos, como el del coche; por eso debo utilizar un calibre mayor para hacer salir los sesos de vuestras inmensas y mórbidas cabezas. ¿Has encontrado el regalo que te dejé anoche mientras te cepillabas a la difunta Clarisse?

–¿Qué le has hecho a Clarisse, hijo de puta?

–Está claro, Patrick: tú me quisiste joder a mí ayer por la noche mientras ella se te jodía a ti en tu cama. Yo la he jodido a ella hace un rato. Es una cadena de favores, Patrick. Un círculo vicioso.

–Estás muerto, puto siciliano de mierda –se puso en pie rápido, lleno de ira, apuntándome con el cañón hacia la cabeza –. Pide tu último deseo antes que tus sesos se desparramen por encima de esta mierda de alfombra italiana.

Lentamente, y con el arma en alto para que pudiera verla, saqué del bolsillo interior de la americana un fino cigarrillo que me coloqué en los labios, apretando con suavidad y mirando al cerdo fijamente.

–Claro, Patrick –le dije sonriendo –. ¿Tienes fuego?

–¿Fuego?

¡Bang!

¡Bang!

Sonaron las campanadas de las dos de la madrugada en alguna iglesia evangelista, perdida entre la maraña de callejones sucios y malolientes de aquella asquerosa ciudad.

Mientras, en el callejón, la lluvia seguía cayendo y haciendo su música a ritmo de muerte.

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