lunes, 14 de julio de 2008

La vuelta - Cuentacuentos 42

La interrogación sin punto no sería más que una curva peligrosa, pero esta curva, en esta historia, es demasiado virulenta para poder salir sano y salvo de ella. En cierto modo, el ángulo descendente del signo era el preludio de la peor caída jamás concebida en mi carrera como detective privado; más si al final de ese signo cargado de preguntas, la única respuesta con la que he topado, sea el duro golpe tras esa caída.

Desde esa maldita mañana en que la rubia del vestido rojo, la misma que hacía tambalear sus curvas y mis ojos siguiendo el compás de ese ritmo cardíaco, entró en el despacho entre volutas del humo que desprendía su fino cigarrillo, y ocultaba levemente su rostro bien maquillado. Su perfume pronto invadió la habitación cargada mi propio humo de las horas muertas, que las aspas del ventilador del techo no hacían más que marear de un lado al otro.

–Supongo que usted es un buen investigador privado –dejaron escapar sus labios.

–Supongo que usted es una belleza en apuros –contesté mirándola a los ojos, de vez en cuando allí donde se pierde el color de la piel entre el escote –. Dígame qué es lo que desea.

–Necesito encontrar a mis tres hijos, cuanto antes.

Las palabras de la mujer, narrando la historia, haciendo su súplica, flotaba en el aire, mezclándose con el humo cada vez más espeso. Cuando cesaba su charla era para absorber una calada del cigarrillo sin fin, que instantes más tarde dejaría escapar hacia mi rostro con una dulzura melosa. Su historia era más larga que su vestido, que ocultaba tan sólo las partes más prohibidas de su cuerpo, para mí, más prohibido. Me tendió tres fotografías con sus tres hijos en ellas. Dos chicas, un chico; poco más. Las chicas debían rondar los primeros años de los veinte. Otras bellezas, al igual que la mujer que me lanzaba el humo de su cigarrillo, que poco después supe que no era la madre natural. Una historia convencional con personajes convencionales: marido muerto, viuda postiza y exuberante en busca de sus tres terneros hijastros que algo le habían robado, sin especificar. “Pocas preguntas”, me señaló. Pocas respuestas obtuve. Y el interrogante sin punto que empezaba su declive hacia lo más profundo de las calles de Barcelona. Curvas de mujer, curvas emocionales; ningún punto de inicio en algo sin pies ni cabeza. Todo ello era una pregunta constante con muchos interrogantes.

–¿Hasta dónde está dispuesto a llegar? –me preguntó, seductora.

La insinuación era peligrosa para una respuesta correcta: –Hasta donde su talonario me lo permita.

Marchó del despacho dejando tras de sí un rastro de perfume y tabaco; dejando también en mi mente, no sólo ese peligroso interrogante, sino, también, imágenes tabúes para la mente de cualquier hombre con un letargo cese procreador.