martes, 16 de diciembre de 2008

El subconsciente de Poe - Cuentacuentos 44

Y ahora sóplale a la luz. Apaga ese calor que desprende la llama y borra de la habitación las sombras que proyecta el resplandor. Haz que desaparezcan las imágenes juguetonas que saltan y danzan, oscuras contra la pared. Que se ahoguen en penumbra los textos que sostienes entre las manos; y con ellos, las fantasías y personajes que mantienen tu mente despierta a esas horas noctámbulas, tiznadas de la melancolía que te reflejan esas historias que nunca llegaste a vivir.

Aparca la lectura y bórrala con un resoplido hacia la tenue luz. Resignación, alivio o añoranza, pero haz que hálito que exhalen tus pulmones sirvan para abrirte el camino al sueño; y que ese sueño se convierta en fantasía, y continúe la que dejarás al cerrar las tapas de la sabiduría recogida en hojas perpetuas. Porque un libro infunde fantasía, pero fue creado a partir de fantasía. Aprovecha tus sueños para que, cuando luzca de nuevo el sol, esa fantasía que se recreará en tu interior la imprimas en el legado que dejarás al resto de la humanidad. Porque fantasía es sueño. Y tú, como tus libros, naciste a raíz de un sueño, creciste siguiendo un sueño, y harás soñar a millones de personas; postergándolo incluso cuando llegue el día que sueñes por última vez.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Se cayó... - Cuentacuentos 43

Se cayó… torpemente abalancé mis manos en pos de su cuerpo minúsculo y frágil; pero fui más lento que ella. Se cayó ante mi mirada perdida en la nostalgia de recuerdos lejanos, abstraído en aquella voz que me llamaba dulzura. Y al tocar el firme estalló ese cuerpo blanquecino débil, sin vida, separándose el cuerpo de la cabeza; que fue rodando lentamente hasta mis pies. Esos ojos negros me miraban, entonces, a través de mi propia mirada, traspasándome las pupilas, helándome la visión. Sus labios permanecían sellados ante el dolor que soportaba mi corazón al ver su rostro fragmentado, quebrado en millones de pequeñas celdas amorfas, agrietados pómulos de tersa y fría suavidad. Me agaché para observarla de cerca, intentando ver esa lágrima invisible que se hubiera dibujado bajo sus ojos extintos si en su interior hubiera un atisbo de vida. Acaricié suavemente la superficie de su barbilla de porcelana. Mis dedos, electrizados por una sensación extraña, percibieron el frío que había soportado después de tantos años encerrada en el armario de esa lóbrega alcoba.

Levanté su cuerpo por una de sus tersas piernas y recogí la cabeza con cuidado; atento a que un mínimo movimiento en falso desbaratara del todo el sinfín agrietado de su rostro. Volví a meterla en la caja, donde había permanecido estas tres décadas, esperando volver a ver la luz; y la encerré en su vetusta cárcel de madera. Al cerrar las puertas me vi reflejado en ambos espejos. La imagen que me devolvieron no era la de aquél mozalbete rechoncho y tímido. La imagen que me hizo ver fue la de un hombre degradado por una enfermedad tan común como insalvable: el paso de los años.

A mis pies quedaban tan sólo las marcas de mis propias pisadas sobre la montonera de polvo añejo y los dos pequeños huecos que creó la muñeca al caer de entre mis manos.