martes, 20 de enero de 2009

20-01-1959 - Cuentacuentos 47

–Hace tiempo comprendí que más vale la pena pensar en uno mismo.

–¿Por qué dices eso?

–Porque es así, cariño –dijo, agachando la cabeza para concentrarse en la carta que estaba escribiendo–. Porque es así…

–No te entiendo.

–No hay nada que entender.

–Pero siempre has estado a nuestro lado. Siempre has pensado en los que te rodean. ¿A qué viene esa conclusión tan precaria?

–¿Otra vez? –dijo mirándola por encima de las gafas–. Pues porque es así, y ya está.

–Claro. Ya me explicarás cuándo decidiste pensar en ti mismo. Porque habrán pasado muchos años, ¿no crees?

–Pues sí, cariño. Mañana hará cincuenta años y unos pocos meses.

–¿Mañana?

–Sí, mañana. Es nuestro aniversario de bodas, ¿olvidaste?

–¡Claro que no! –contestó enojada–. ¿Cómo voy a olvidarme? Son nuestras bodas de oro. Mañana hace cincuenta años que me casé contigo. Y firmaría cincuenta más si pudiese. Pero continúo sin entender a qué viene tu comentario. ¿Cómo que “unos pocos meses”?

–Porque hay algo que nunca te he explicado.

–¿Y vas a hacerlo ahora?

–Verás… Ya sabes cómo me había tratado la vida antes de conocernos, ¿no?

–Claro. Bastante mal, según contaste.

–Pues bien. Pocos meses antes de casarnos, yo no te conocía más que de verte caminar por el barrio, portando la lechera metálica que cada mañana ibas a rellenar a casa del Matías. Sabía quién eras, pero sólo de oídas. El mismo día que me despidieron, volví a casa para continuar escribiendo. Creía tanto en aquella novela que me daba igual tener trabajo que no tenerlo. Pero me hacían falta fondos para subsistir. Y sabiendo quién eras, y la fortuna que disponía tu familia, accedí a ofrecerte mi amor eterno por un simple cambio.

–Pero…

–Así es, querida. Pero no es todo. Deja que continúe –se colocó bien las gafas y prosiguió hablando sosegadamente–. Nunca te he engañado, lo sabes bien. Y ya sé que no es nada romántico lo que te estoy explicando. Pero fue así, tal y como te cuento. Gracias a ti, y a tu callada ayuda económica, logré publicar la novela que nos hizo más ricos de lo que eras tú entonces. A partir de ahí todo salió rodado. Necesitaba ese empujón para poder vivir de mi sueño y tú me lo prestaste a modo de amor ciego. Y te lo he agradecido durante cincuenta años. Dándote una vida plena y enriquecida; dándote también dos hijos preciosos a los que hemos sabido criar con buen ejemplo y temple. Nunca nos ha faltado de nada, ni hemos pasado por malos momentos. ¿Cierto?

–Sí… –contestó abatida.

–Y gracias también a tu deseo de ser una buena ama de casa, he tenido todo el tiempo del mundo para poder continuar escribiendo y publicando todas las novelas que nos han permitido vivir esta vida llena de confort y bonanza. Nunca he tenido queja de ti, y te lo he agradecido como mejor he sabido hacer. Siempre me has cuidado y mimado como jamás nadie lo había hecho hasta entonces. Fue por eso, por verte feliz, por lo que nunca te había explicado nada de esto. Pero estoy cansado ya de guardar este feo secreto, que me lleva carcomiendo desde hace tanto tiempo… ¿entiendes ahora?

–No sé qué decir… Me has dejado entristecida.

–Lo siento, cariño. Pero debía hacerlo.

–¿Y ahora qué?

–Ahora desearía quedarme un momento a solas mientras acabo de escribir esta carta. ¿Podrías prepararme un café bien calentito? Luego, si quieres, te explicaré el final de esta historia.

La anciana se levantó del butacón, perpleja. Se acercó a su marido y le dio un ligero beso en la frente. Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Su confusa cabeza retrocedió las imágenes de cincuenta años atrás, mientras descendía las escaleras lentamente. Al llegar al primer rellano escuchó un estallido procedente del piso de arriba. Se llevó las manos a la boca hasta que el eco del disparo desapareció de la estancia. Luego, inmóvil, notó como sus ojos temblaban y dejaban escapar unas lágrimas confusas; tan confusas como lo era ahora toda su vida pasada.

lunes, 19 de enero de 2009

Uña y Carne - Cuentacuentos 46

Tengo un amigo escritor al que le gusta llevar la contra en muchas ocasiones. Aunque a veces gana él, a veces gano yo. Es una especie de rifirrafe que llevamos desde hace muchísimos años; y que aún hoy en día seguimos disputándonos.

Mi amigo escritor le gusta sentarse a crear novelas de misterio y suspense. Son los dos géneros con los que más disfruta. Cuando escucho que llega con prisas, se apodera de la silla y enciende el editor de textos; y huelo su café siempre humeante; y se enciende el primer cigarrillo para acabar de abrir su mente, buscando ideas para atacar esa hoja en blanco, o ese capítulo que tiene a medio hacer y que yo nunca le dejo terminar como él desea. Me divierto con él, y viceversa; supongo.

Cuando consigue retomar el hilo de la historia es cuando entro yo en escena y le digo que no, que por ahí van mal los tiros; que podría hacerse de esa otra manera. Y él que borra lo que escribe y teclea lo que yo le comento; a regañadientes.

–¿Pero qué no lo ves? –le digo–. ¿No sería mejor hacerlo ir por el otro lado?

–¿Pero qué puedo hacer salir por el otro lado que quede bien ahí?

–Pues el sospechoso de los dos capítulos anteriores. Ese bajito, calvo y tartamudo. ¿No podría él tener algo que ver?

Y mi amigo el escritor que se enciende otro cigarro y piensa si es buena idea o no, lo que le he comentado. Él sabe que esa historia está inventada ya en su cabeza; y que entre los dos la hemos hecho cuajar con suavidad. Pero se empeña en hacer las cosas a su manera sin escuchar la experiencia de quien sí sabe cómo conducirla. Y al fin cede su rebeldía y hace caso a la voz amiga.
Somos como uña y carne, pese a los malentendidos que llevamos a diario. Y los dos formamos parte de algo que nace a raíz de nuestro esfuerzo.

Él, mi amigo, es el que escribe la historia; y yo, su fiel compañero, soy quien la narro.

martes, 13 de enero de 2009

Eterno - Cuentacuentos 45

–Una tras otra, las flores se fueron marchitando con el suave roce de mis dedos. ¿Ves? La condena no ha cesado. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, pese a los siglos, la costumbre se me hace extraña. El tiempo logró devorarme por completo aun dejándome vivo para verlo. Es así. No hay más. Pero no me tengas miedo. Pasa, ven; siéntate a mi lado y disfruta de poder estar junto una vida increíblemente abnegada.

»Aquí donde me ves, no tengo edad. No recuerdo el día que nací; aunque hace tanto… que dudo que nadie jamás lo supiera con exactitud. Mis ojos lo han visto todo, y lo verán por fortuna o desgracia. Podría hablarte de las mil y una cosas in-imaginarias para una mente como la tuya; para un cuerpo como el tuyo que tan solo ha sobrevivido unos pocos años. Tampoco recuerdo experimentar algún tipo de sentimiento por nada ni por nadie; ni siquiera he logrado saber qué es el sufrimiento humano del que tanto prodigan los libros que he ido leyendo a lo largo de mi eternidad. Soy inmune a todo. Porque soy eterno. Y en este mundo, en tu mundo, sólo hay tres seres eternos: Dios, el Diablo y Yo. Pero Yo soy real, como puedes comprobar. Aquí no hay Dios que te ampare ni Diablo que te dañe; pero Yo sí estoy a tu lado. Puedo rozarte con mis dedos sin marchitar tu hermosa belleza. Y hablarte, escucharte; oler tu fragancia de doncella y ver esos labios carnosos pidiendo deseosamente que sean mojados. Dame tu mano. ¿Lo notas? ¿Notas el frío de mis manos? ¿De mi cara? ¿De mi cuerpo? ¿Percibes algún latido bajo este torso helado? No… claro que no. Mi corazón se paró el mismo día que dejé la mortalidad para volverme eterno como las rocas. Eso es: mi corazón se convirtió en roca en ese maldito momento. Y nadie ha conseguido jamás hacerlo latir de nuevo. Tampoco serás tú quien lo haga palpitar ahora.

»No puedo ofrecerte mi amor; menos mi corazón. Lo único que está en mis manos es hacer que me acompañes a lo largo de una vida sin fin, y hacer que conozcas aquello que nadie será capaz de conocer jamás. La decisión debe salir de tus labios.

–¿Cómo lograrás hacerlo?

–Con un ínfimo y casi imperceptible beso en tu cuello.