jueves, 18 de febrero de 2010

Éste no llama dos veces (III) - Cuentacuentos 55

-Aunque tú no lo creas, el cartero no tuvo la culpa.

-¿Entonces?

-Sabía demasiado y eso no es bueno para mí. Ahora tampoco lo es para ti.

Marina se agarró con fuerza al cuerpo del motorista para no caer de la moto. Menuda locura, pensaba mientras el aire golpeaba suavemente su cara. No era normal en ella hacer las cosas por impulso. Reconoce que no es guapo (y menos con esa cicatriz en la cara), pero tiene ese algo de misterioso y villano que tanto atrae a las adolescentes. Dudó por un instante pero miró a su alrededor, sospesó su pasado tranquilo y aburrido, y decidió regalarse unas buenas vacaciones con emociones.

-Tampoco era un cartero. Era un simple chico que cumplía con el recado.

-Sí, Marina... sí. También podía haber sido el chico que nos hubiera liquidado en cuestión de segundos.

-¡Qué exagerado!

-Mira. En este oficio tienes que desconfiar de todo el mundo. Es la única manera de seguir con vida. ¿No te estarás arrepintiendo ahora, no? Porque te bajas aquí mismo y te llamas a un taxi.

La chica se mordió la lengua, diciéndose a sí misma que sería mejor mantener la boca cerrada, y vigilar los comentarios. Debía hacerle caso en todo lo que le dijera y aprobar -al menos no cuestionar- los métodos utilizados por el motorista.

La ciudad de Barcelona no era más que una red impresionante de pequeñas luces que quebraban la oscuridad. No faltaba mucho para llegar al destino. Una vez entrados en la circunvalación, descenderían hasta llegar al monumento a Colón, subirían por el lateral de la rambla y penetrarían por un estrecho callejón hasta llegar a la taberna irlandesa que Marina había propuesto. El local estaba aglomerado de pelirrojos que gritaban con euforia, siguiendo el partido de rugby que enfrentaba su selección con la eterna rival Francia.

-¿Por qué venimos aquí?

-Me parece un lugar idóneo para planear lo que debemos hacer. Está lleno de guiris que no nos conocen de nada, y encima están embobados con el partido.

-Está bien…

-¿Sí? –preguntó Marina con alegría al ver que su proposición es aceptada -. Entonces… ¿volvemos a mirar el paquete?

Y el paquete ya había sido abierto antes de partir de Sitges. Antes de zigzaguear por los acantilados de las costas del Garraf. Antes, incluso, de que al mensajero se le pasara por la cabeza apoyarse en la pared de enfrente del hostal para fumarse un cigarro con tranquilidad, para acabar de rodillas en el suelo y exhalando el humo por el agujero que se le abrió en el cuello.

Dentro del paquete se alojaba un sobre cerrado y otro paquete más pequeño. Hanibal optó por abrir la carta y dejar el bulto metido en su caja; pegando su oreja a la caja para confirmar que no se escuchara ningún sonido mecánico. La carta explicaba las siguientes instrucciones:

Mañana por la mañana desayuno en lo alto del hotel Hesperia. A las diez. Mesa reservada para dos personas. Allí recibirás más instrucciones.

Y ahora tenía la otra cajita entre sus manos. Le daba vueltas. Pensativo. Marina se mordía los labios, ansiosa a que se decidiera abrirlo. Justo cuando estaba rompiendo el precinto, los gritos de euforia del gentío le hicieron dar un buen respingo.

-¡Me cago en la…!

-¡Venga, Hanibal! –gritó más nerviosa la chica -. ¿Quieres abrirlo de una vez?

Sin perder más tiempo le arrancó de un tirón el plástico –y con él parte del cartón-, dejando al descubierto su interior. Hanibal extrajo su contenido y lo depositó sobre la mesa.

-¿Un móvil? –preguntó Marina, confusa.

-Exacto. Y supongo que ahora debemos esperar a mañana, a que suene este aparato y recibamos más instrucciones.

-Pues vaya… ¿Y ahora qué?

-Nos tomaremos algo aquí, tranquilamente, y buscaremos algún sitio donde dormir. ¿Conoces la ciudad?

-Como la palma de mi mano.

-¿Y ese hotel Hesperia?

-Sí. Es ese nuevo que hay a las afueras. En lo alto hay una enorme cúpula, como un platillo volante de cristal, que es el restaurante.

-Perfecto.

Marina se sacó de la mochila su teléfono e hizo un par de llamadas.

-¿Qué haces? –preguntó él.

-Pues buscando alojamiento para esta noche. ¿Habitaciones separadas o una doble? Podríamos pasar por una pareja sin llamar la atención, ¿no?

-Pide una doble. La mejor que tengan, y con cama cómoda. Que esta noche debemos descansar.

-Sí –contestó Marina guiñándole el ojo -. Pero para eso deberemos cansarnos primero, ¿no?