lunes, 22 de febrero de 2010

Lapin à la Bourgignon - Cuentacuentos 56 (IV)

-Me he cansado de esperar.

-¿Se puede saber qué estamos esperando, Hanibal?

-No lo sé, pero me está cansando.

La pareja estaba en la cúpula del hotel Hesperia. Un restaurante con mucha clase, donde el servicio transitaba elegantemente y no se escuchaba el murmullo del resto de comensales. Hanibal hizo un rápido recuento de las personas que ocupaban las mesas del local y pensó que debía haber unas cien, como mínimo. Marina, en cambio, disfrutaba de la vista panorámica que se podía otear desde esa altura; panorámica que cubría los trescientos sesenta grados en torno a la ciudad de Barcelona. Los dos estaban nerviosos, cada cual a su manera. Cada cual tenía motivos para no lograr distraer su mente del propósito que les había llevado a aquel lugar; incluso sin saber ni el qué ni el porqué.

-¿Desean tomar algo los señores? –preguntó un exquisito y cortés camarero, elegantemente ataviado con un delantal largo hasta los pies y un fino y pulcro bigote afilado.

Hanibal se temía que la espera sería larga y debía aprovechar el momento.

-¿Qué nos recomienda?

-El conejo a la Bourgignon deleitará su paladar, maridado con un excelente vino de la Borgoña francesa. Aunque si desea…

-Traiga dos platos de eso mismo –atajó rápidamente -. En lugar de vino traiga agua.

-Voy a aprovechar para ir al baño –comentó Marina -. Así, mientras traen los platos, curioseo un poco por ahí, a ver qué tal es este local. A ver si encuentro algo extraño también, que nos de alguna pista.

-Ten cuidado, Marina. Por favor.

Antes de desaparecer, Marina le dio un fugaz beso en los labios. Hanibal recordó la calidez de esos labios que había estado mordiendo con énfasis la noche anterior. Una noche de arrebato sexual y descarga de tensiones que los dos acumulaban, llegando a un salvaje orgasmo que puso fin un par de cigarrillos y un atento aviso por parte de él.

Hanibal notó un zumbido en el bolsillo de la camisa. Era el móvil que le avisaba de un mensaje recibido.

“Ahora que estás solo, espero que disfrutes del conejo, más bueno que el de la chica”.

Se levantó de repente y miró a todos lados, escudriñando las caras del resto de comensales. El ruido al arrastrar la silla hizo que parte de los adyacentes se giraran para observarle. Todos podían ser cualquiera, menuda estupidez, Hanibal. Rápido. Piensa qué debes hacer. Quizá sí que el conejo esté mejor que el de la chica, pero la chica ahora no está contigo. Y Hanibal que teme lo peor y corre disparado hacia los baños, en busca de Marina. Abrió de un golpe la puerta del lavabo de señoras mientras metía una de sus manos en el bolsillo; mano que apresaba con fuerza la empuñadura de su pequeña Colt. Allí estaba Marina, enjuagándose la cara con agua y mirando expectante a su hombre con cara de pánico, reflejado en el espejo. Se acercó hacia ella sin dejar de vigilar todos los ángulos.

-¿Qué ocurre, Hanibal?

-Vamos a la mesa. Ahora te lo explico.

Los dos salieron lentamente del baño. Primero él, vigilando a ambos lados del pasillo. Luego ella, cogida de su mano. Al llegar a la mesa encontraron los platos humeantes sobre el mantel. Unos platos deliciosos acompañados de una botella descorchada del vino francés y otra botella de agua. Todo estaba perfectamente colocado y alineado. Justo en medio de la mesa había un paquetito encintado con un lazo rojo y una nota escrita a mano. Marina miró a Hanibal, y éste no dejaba de mirar a su derredor. Nada parecía más extraño que antes. Todo estaba en calma. Los comensales disfrutando de la alta gastronomía del local, elogiando los platos del chef y brindando con copas llenas de caldo tinto. Todo normal.

Se sentaron lentamente. Hanibal cogió la nota y empujó el paquete hacia Marina, para que ésta lo abriera.

“Disfrutad del plato y del vino. Cortesía de mi gentileza. Después continuad con el juego”.

Marina ya había abierto el paquete y extraído de su interior una llave y un llavero con un número de serie de cinco dígitos. En el reverso había otra combinación de números: 5446. Miró a Hanibal y le comentó que parecía una llave de un apartado de Correos. Debía serlo porque el primer número era el 08080, código postal de la ciudad condal.

-¿Lo encuentran todo bien los señores? –preguntó de nuevo el camarero que les atendió al principio -. El chef les desea una grata estancia en el restaurante.

Hanibal se giró hacia la puerta que comunicaba con la cocina y se encontró en el marco de ésta a un hombre grande y orondo que levantaba una copa de vino y le guiñaba el ojo a modo de guisa.

-Por cierto –prosiguió el camarero -. Uno de los botones ha traído el paquete y la nota. Ha dicho que lo habían dejado en recepción hace un rato.

-¿Cómo puedo localizar a ese botones?

-Es difícil saberlo. La gerencia del restaurante es aparte de la del hotel. Y son más de trescientos trabajadores –le comunicó con una sonrisa afable -. Y ahora, disfruten de la comida.

Hanibal estaba desconcertado. Cada vez más.

Marina, en cambio, levantó la copa llena de vino para brindar con él.

-Hagamos caso al camarero y disfrutemos del manjar. Ya seguiremos con esto más tarde.

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