lunes, 8 de febrero de 2010

Sigue el juego (II) - Cuentacuentos 54

-Cuando te vi supe que no ibas a darme problemas –le susurré al oído mientras limpiaba la hoja ensangrentada en su asquerosa camiseta gótica -. Ahora duerme tranquilo.

Abandoné el lugar bordeando ese local pervertidor de juventud. Al volver a pasar por delante de la puerta de entrada me encontré de nuevo con los dos porteros. Les hice una leve inclinación de cabeza, a modo de despedida. Cuando me disponía a atravesar la carretera, uno de ellos, el de la cara más angulosa y la cabeza rapada, me lanzó un grito:

-¡Eh, tú!

Ya estamos… los dos niñatos han dado el aviso y éstos quieren acabar la noche en una nevera inoxidable y un cartelito colgando del dedo del pie. Me giro lentamente hacia mi derecha, ocultándome la mano a su vista mientras empuñaba una vez más el pesado cuchillo. Hoy vas a hacer extras, le digo a “mi pequeño”. Miro fijamente al calvo afilado y veo que no se mueve.

-¿Sí? –pregunto, para ver cómo reacciona.

-Bonita moto, ¿eh? –dice sonriendo -. ¡Anda que no debes fardar con ella!

-Sí… -serás hijo de puta… -. Es una buena moto, sí.

-¿Y te vas solo? ¡A una moto como esa le hace falta una tía despampanante!

-No ha sido mi noche de suerte –le contesto y empiezo a cruzar la carretera -. Esto está muerto hoy.

Y dejo a los dos chimpancés blancos riéndose y frotándose las manos. Arranco la moto y desaparezco de ese asqueroso pueblo, con un habitante menos.



Misión cumplida, por ahora. Al menos tengo en mi poder ese maldito sobre, que intentaré utilizar como moneda de cambio para poder averiguar quién es mi misterioso cliente. El viaje será largo. Madrid. 535 kilómetros me separan de la próxima reunión. Quizá allí encuentre mi objetivo y logre matar dos pájaros de un tiro. Y, aunque la curiosidad me apremia, me corroe por dentro, es tarde y debo descansar.

Otro golpe de muñeca y enfilo la costa hasta Sitges.



-¡Vaya! -dice sorprendida -. ¿Conseguiste lo que buscabas?

-Sí. No fue demasiado dificil.

-Entonces... ¿qué tal si tomamos el café que prometiste antes de irte? Ya sé que es muy tarde y debes estar cansado, pero seguramente que seas la única persona no bebida que sigue despierta, y un poco de charla me aliviaría la noche.

Marina es una belleza de 27 años que desperdicia las noches del fin de semana trabajando en este agujero, y todo para poder costearse los estudios. Te invitaría a venirte conmigo, preciosa. Pero acabaríamos muertos los dos.

-Ves preparando ese café -le digo -. voy a ponerme algo más cómodo.

Al bajar de la habitación huelo el aroma del café, que se desprende desde la habitación contigua a la recepción. Allí está Marina, sentada en un mullido sillón y esperando mi compañía.

-Mira -me dice mientras sirve el café -. eres un tipo un poco extraño, ¿sabes? Apareces aquí desde no sé donde, y en moto. Apenas llegas, dejas tus cosas y preguntas por ese pueblo de mala muerte, a medianoche. Y antes de irte me prometes un café. Eres simpático y reservado. Quizá eso me atrae de ti. Y no creas que soy de labia fácil para decirte estas cosas, pero... tú no serás traficante de drogas, ¿no?

Mi media sonrisa casi la convence de que así es. Pero no creo que quede convencida.

-Y si lo fuera... ¿llamarías a la policía?

-¡No! -exclama sonriendo -. La verdad es que me da igual si eres un camello, un poli, o todo lo contrario. Esto es Sitges, guapo. Y aquí te acostumbras a ver y a conocer de todo.

Parece una chica maja.

Vamos a probar.

-Verás... soy un busca-personas.

-¿En serio? -pregunta con una carcajada -. ¿Y eso de qué va?

-Me piden que busque a alguien por algo, lo consigo y lo hago desaparecer.

Mi rostro, serio al desvelar mi secreto, hace que crea cada palabra que acabo de pronunciar. No se inmuta ni se mueve. Me mira fíjamente a los ojos sin pestañear. Sabe que es verdad.

-Pero no te preocupes -prosigo -. No entras dentro de mi misión. Es más, ya me has ayudado bastante indicándome como llegar a ese pueblo.

-Yo...

-No te sientas culpable.

-¿Antes me has dicho que has encontrado lo que buscabas?

Asiento con la cabeza.

-Eso quiere decir que...

Vuelvo a asentir con la cabeza.

-Dios...

-No metas a Él en esto, que ya hizo bastante.

-¿Y ahora?

-Ahora nos tomaremos el café con tranquilidad, charlaremos todo lo que haga falta y me iré a descansar. Mañana tengo un largo camino hasta Madrid y no quisiera quedarme dormido sobre la moto. Cuando me vaya, nos daremos un par de besos y, si quieres, incluso puede que vuelva a visitarte.

-¿Y si mientras duermes aviso a la policía?

-No lo harás.

Marina se levanta como un resorte al escuchar las campanillas de la puerta de entrada. Me mira fijamente y coloca un dedo sobre sus labios. Desaparece tras el marco.

Un minuto de silencio que se posterga hasta un segundo, y un tercero.

De pronto vuelve a aparecer frente a mí con un pequeño paquete entre sus manos.

-¿Hanibal Thuris?

Le confirmo que soy yo.

-Esto es para ti.

En el paquete había escrito mi nombre.

En el reverso: “SDLH”.

Miro a Marina y pienso: el juego no ha acabado.

3 comentarios:

Jara dijo...

como siempre , consigues que aquí esté enganchada, pero quiero más, esto se me hace muy corto!

Carlos dijo...

El que va a llamar a la policía y despertar al juez de guardia si hace falta soy yo como nos dejes sin continuación!

Un abrazo quillo

-taticha- dijo...

Jo, qué tensión :)