martes, 26 de enero de 2010

Fear of the Dark (I) - Cuentacuentos 53

Conduje por la costa a lomos de mi Harley, pensativo, mientras la brisa dulce y cálida que fluye sobre el Mediterráneo se amoldaba a los surcos de mi rostro. Una bonita postal veraniega: las curvas del acantilado, el mar apacible y brillante, y el sol que se desdibujaba lentamente entre el suave oleaje, esforzándose por no dar paso a la noche.

Faltaba poco para llegar a mi destino. Un par de poblaciones más hacia el Sur y se iniciará la misión que me ha sido encargada. Todo será cuestión de aparcar la moto, abrir el sobre y localizar el objetivo. Parece tarea fácil. El Vendrell no es un pueblo tan grande para lograr esconderse de mí, así que no creo que haya ningún problema.

Pienso una vez más y sonrío. Qué gracia, ¿no? Hubo un tiempo en que estuve al otro lado. Recuerdo cuando me dieron un sobre cargado de billetes por dar caza a un hombre extraño que se hacía llamar “El Señor de las Historias”, el mismo hombre enigmático que ahora paga mis servicios. No sé por qué se ha decidido por mí si una vez ya fallé, y él lo sabe mejor que nadie. En fin… lo único que me pone nervioso es no haberle visto nunca el rostro; ni cuando tuve que liquidarlo ni ahora, prestándole servicio. Extraño, sí, pero quizá por eso aún sigue con vida.

Cae la noche. El reflejo de la luna se acuesta sobre una población más grande de lo que imaginaba. El faro de la moto me señala un gran letrero donde un violonchelista me da la bienvenida a su pueblo natal y la gran biblioteca pública se presenta en el último recodo de la zigzagueada carretera. El tramo que cruza la villa se extiende en una inacabable recta despoblada de vida humana, donde las farolas de luz anaranjada mortifican aún más el desolado paisaje de casas desvencijadas y vías de tren en desuso. No me gusta el escenario. Golpe de muñeca y rugido por el tubo de escape, y abandono a toda prisa ese iluminado cementerio de asfalto, dejando atrás el reverbero estruendoso de mi máquina americana.

Al final de esta maldita recta veo unas luces de colores. Parece un bar. Un buen trago no irá mal mientras estudio las instrucciones y demás contenido. A un lado y al otro de la carretera está plagado de coches. Aparcaré frente al local para poder controlar que ninguna persona que no valore su vida se atreva a rozarla. Sólo me llevo el sobre, la cartera, y el machete a buen recaudo bajo la gabardina, regalo de mi última víctima. Pobre desgraciado.

El local parece normal. “Rustic Arms”, reza el letrero gótico que gobierna la entrada, gobernada ésta, a su vez, por dos gorilas vestidos de negro con rasgos de ser primos lejanos del mismísimo Vlad Dracul.

Bonito local. Bonito ambiente. Oscuro, con la música bastante alta y una armadura medieval que me da la bienvenida. La pista de baile pequeña, lo justo para que se entremezclen las hormonas de los alcohólicos que danzan sin sentido con las que intentan bailar a ritmo sin que se les baje demasiado el escote, a tres centímetros del ombligo.

/All I ever wanted

All I ever needed

Is here in my arms

Words are very unnecessary

They can only do harm/

De la izquierda proviene una fuente de luz mayor y más clara. Es la barra. Un buen sitio para empezar el trabajo.

-¿Qué te pongo? –pregunta un joven con aire hermafrodita.

-Jack Daniel’s.

-¿Chupito?

-Vaso de tubo, y bien lleno.

El joven estrafalario hace ademán de servírmelo con hielo pero ve que mi rostro se lo niega frunciendo el ceño. Mientras lo sirve miro la información que contiene el sobre: una fotografía de un joven con el mismo rostro asexuado que el del camarero, y una nota redactada a ordenador. Una nota tan extraña como el propio Señor de las Historias, pidiendo que le sea devuelto “el sobre”. Comenta que es algo tan valioso que da por seguro que el objetivo lo llevará encima. “El sobre”, algo tan sumamente vulgar en otras circunstancias, y por lo que alguien debe morir esta noche. Noto una mano que me roza el hombro y me giro bruscamente.

-Su… su bebida, señor –susurra el camarero contrariado por mi reacción.

Al pagarle observo que el joven mira fijamente la cicatriz que cruza de arriba abajo el lado izquierdo de mi cara. Sus ojos intentan mostrar indiferencia, pero tiemblan. Puedo verlo.

-Accidente laboral –le comento mientras rozo el bulto que la empuñadura del machete que me marcó de por vida, y que asoma bajo el cuero negro de mi gabardina. Entonces le muestro un amago de sonrisa -. No te preocupes. Estoy acostumbrado a que me miren de esa forma.

-No, no… si yo no miraba…

-Por cierto –tendí la mano, y entre mis dedos la fotografía -. ¿Te resulta familiar este chico?

-¿Ese? –contestó entornando los ojos, mostrando que sí le conocía -. Es guapito, ¿no? Un tanto extraño y aburridísimo. Pertenece al club de lectura. Demasiado joven para mí, pero no conozco tus gustos.

Mis gustos, dice el desgraciado. Mis gustos no son culitos de jóvenes depilados ni cuerpos de niñas pintorreadas que gritan con solo verla. A mí me gusta más lo antiguo, lo seguro. Aquello que pagando lo disfrutas, sin preguntas ni un hasta luego, cariño.

-¿Dónde puedo encontrarle?

-Está allí al final –dijo señalando hacia la esquina opuesta, donde un punto de luz iluminaba unos grandes y rojos sillones orejeros que sobresalen por encima de las cabezas sin cerebro que se tambalean por la pista de baile -. Aquél es el punto de lectura, para los más aburridos. Me parece que pierdes el tiempo con él, grandullón.

-Te equivocas. Por cierto… ¿sabes cómo se llama?

-Aquí no nos conocemos por los nombres. Te diré que se hace llamar Hell. Aunque la fuerza del nombre no acompaña del todo al individuo. Si no ya lo verás.

-Iré a comprobarlo –le correspondí con un billete de cincuenta -. Gracias por la información. Y recuerda que a partir de ahora eres mi cómplice.

Abandono la barra, dejando al muchacho con una sonrisa por la propina y esperando que un rato más tarde, cuando acabe mi trabajo, no se sienta culpable por ello. Hell… un nombre corto y con fuerza. A mí me quedaría bien ese apodo. Hell: infierno… allí es donde voy a enviarle.

/Hey Satan, payin’ my dues

Playin’ in a rockin’ band

Hey momma, look at me,

I’m on my way to the Promised Land

Whoo!

I’m on the highway to Hell!

Highway to Hell!/

-¿Hell? –pregunto al chico de la foto que guardo en el bolsillo.

-¿Sí? –responde un ser esmirriado, pequeño y vestido de negro. Su voz es suave y amorfa, como todo él.

Pienso rápidamente que mi indumentaria está muy acorde con la del resto de parroquianos desquiciados y que eso lo mantiene tranquilo.

-Lo siento –prosigue él de repente -. Pero si buscas algo conmigo lo tienes claro. No soy de esos.

-No, no. Tranquilo. ¿Podemos hablar a solas un momento?

El chico/gato negro hace un gesto con la barbilla para que los otros dos contertulianos que le acompañan en la lectura desaparezcan por un instante. Sigo con la mirada el camino que toman y me percato que van a la barra a por algo. Eso está bien, cachorro de presa.

-Verás… me manda un amigo tuyo porque me ha dicho que le debes devolver algo que cogiste por equivocación –así, sin más. ¡Bang! Directo al grano. El chaval hace ademán de llamar la atención pero abro lo suficiente la gabardina para que la prominente y brillante hoja le haga cambiar de opinión -. Y vigila con chillar y arañar, que tengo un tremendo dolor de cabeza. ¿Salimos?

Agarro al chico del brazo y lo aproximo a mi cuerpo. Le doblo en altura y en anchura. Le doblo también la edad. Salimos fugazmente por la puerta de emergencia que da a un descampado cercano a las vías, lleno de sombras y matorrales. Seguramente que el que nos vea pensará que el niño se ha estrenado hoy. Lo lanzo al suelo, en la zona más oscura. Antes de que articule palabra alguna le lanzo un derechazo en toda la boca para que interprete lo que puede ocurrirle si no colabora.

-¿Y bien?

El mocoso extrae un sobre de debajo de su jersey. “El sobre”, pienso. El maldito y jodido sobre. Lo arranco de sus manos y lo observo detenidamente. Un sobre abultado, roñoso y pesado, que había estado lacrado para preservar su contenido a malditas sabandijas como la que está aplastando mi pie para que no escape. Saco lo que hay en su interior y quedo sorprendido al ver que no se trata más que de simples hojas, cientos, de diferentes colores y texturas, en las que hay escritas una sola frase en cada una de ellas.

-¿Se puede saber qué broma es esta? –grité con furia al sentirme engañado.

-No… es una… broma –contestó el muchacho entre sollozos -. Has… venido a por esto… las frases del Señor… de las Historias…

-¡Explícate!

-Son… las frases con las que cada… semana… cientos de personas escriben una historia… que después recoge él en un gran libro…

Maldita sea mi suerte, me digo tragando con asco.

-¿Por qué las robaste?

-Porque… quería descubrir quién era él… y pensé… que aquí dentro hallaría lo que estaba buscando.

-Te equivocaste, pequeño… -susurré, pensando en la vez que yo también me equivoqué al creer que podía dar con él.

-Lo… lo siento… -gimió entre lágrimas, haciendo un intento de avanzar hacia la luz. La luna corta con su haz la distancia que nos separa. Bonito cuadro. Estás en las sombras, chaval… pienso, ¿sientes temor a la oscuridad?

/I am the man who walks alone
And when I'm walking a dark road
At night or strolling through the park

When the light begins to change
I sometimes feel a little strange
A little anxious when it's dark

Fear of the dark, fear of the dark
I have constant fear that something's
always near
Fear of the dark, fear of the dark
I have a phobia that someone's
always there/

La cara del muchacho atemorizado se clava en mis retinas.

Está oscuro.

Está solo.

Esta vez no puedo volver a fallar.

Esta vez… de la hoja resbala una sangre que no es la mía.

martes, 19 de enero de 2010

A pasado tanto tiempo... - Cuentacuentos 52

“Tú y yo nos conocemos, pero ha pasado mucho tiempo. Ha llegado la hora del reencuentro.”

La nota temblaba.

Su mano temblaba.

Igual que su brazo y el resto de su cuerpo.

-¿Quién puede ser? –preguntó su compañero, refiriéndose al mensaje.

-No lo sé, Marcos. No lo sé.

Y era cierto que Tarapiella no se imaginaba quién podía haber escrito esa extraña nota. La caligrafía era exquisita y perfecta, con trazos firmes y uniformes. Los mismos trazos que los encontrados en el cuerpo de la chica. Mírala de nuevo, Tarapiella, por mucho que te duela. Mira ese cuerpo que fue perfecto antes que tu conocido lo estropeara. Estaba en la flor de la vida, la pobre. Podría ser tu hija. O tu joven amante de fin de semana. Porque te gustan así, ¿no? Quizá es por eso que este cadáver te duele más que los dos anteriores: porque te gusta; porque te recuerda a algún revolcón con olor a juventud y bebida como obsequio, y el dinero de la mañana con el que la ayudaste a pagar algo de la universidad. ¿Recuerdas? Se parece tanto que el cuerpo te ha temblado al pensar que era ella. Sí… se parece mucho. Quizá tuviera los ojos verdes también. A saber dónde los habrá arrojado, el muy cerdo. El cerdo que te conoce. No te atreves a levantar la vista y mirarla fijamente a sus ojos vacíos, a sus cuencas profundas y ensangrentadas.

-¿En qué piensas, Tarapiella? –la voz de Marcos lo sacó del pensamiento.

-En nada –mintió, visualizando en su interior el polvo veinteañero -. Bueno, en una chica que conocí el invierno pasado.

-¿Y qué es de esa chica? ¿Se le parece mucho?

-Sí, muchísimo. Supongo que aún debe estar en la universidad.

-¿Una universitaria? –esbozó una sonrisa irónica -. Joder, Tarapiella, ¿le sacabas veinticinco años?

-Treinta. Y se acabó la conversación.

La puerta de la habitación se abrió estrepitosamente.

-¡Inspector! ¡Subcomisario! –gritaba el agente con resuello -. Han encontrado un cuarto cadáver a tres calles de aquí… con otra nota para usted, inspector Tarapiella.

Vaya mañana, Tarapiella.

Vaya lunes, comienzo de la semana…

Vaya 1 de enero…