lunes, 31 de mayo de 2010

Quizá viví en el nº7

Hoy he transitado por esa amarga calle llamada melancolía. Lo que he visto, a lo largo de sus muros, me ha dejado un regusto ácido de felicidad. Son recuerdos que llevo grabados en un corazón al límite de sus revoluciones, y que pide un descanso, un paréntesis, para retomar ese aire del que una vez se alimentó.

Me siento atrapado en un círculo cada vez más ancho, con más cabida, pero tan estrecho que me ahoga. Y ese círculo fue creado por mí mismo. ¿Y ahora qué?

Busco una grieta en alguna de las millonésimas esquinas de este círculo imperfecto que sólo un imperfecto ha podido crear. Quebrantarlo, rasgarlo, y poder asomar la cabeza al mundo que me enseñó a respirar con la mirada, a vivir con mi cuerpo y a soñar despierto. Un mundo en el que estuve una vez y añoro volver a pisarlo.

Mientras tanto dejo que el tiempo me vaya rozando las mejillas y se introduzca en el peso que ya carga mi espalda, un peso que espero dejar cuando llegue al final del camino. Un camino tan largo y tan recto que no se aprecia un simple meandro en el horizonte.

Qué lástima… que fuera yo quien eligiera ese arduo camino. Los errores hay que pagarlos hasta las últimas consecuencias. Soy penitente de mi presente y profeta de mi futuro. El pasado es algo tan lejano y tan reciente, que su simple pensamiento me transmite el calor que una vez me dio… y que anhelo.

La cama me llama. Se desnuda ante mí para mostrarme su cuerpo mullido y fresco, blanco inmaculado, para acariciarme y hacerme soñar en las cosas que viví.

Maldita melancolía, que me hace recordar las cosas buenas y me las echa a la cara para demostrarme que pasaron ya.

Buenas noches… quien quede con vida.